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Cambiar la conversación

Por Nerea Barón:

Cuando Angélica y yo llegamos a San José del Pacífico, Oaxaca, nos encontramos con una pequeña comunidad hippie. Se trataba de una pareja de hombre mexicano y mujer belga que residían ahí con sus dos hijos y que auspiciaban a un sinfín de viajeros: chicos de toda la República, una joven argentina, una mujer francesa, por decir algo de lo poco que vimos.

La puerta de su casa estaba siempre abierta y cualquiera que entrara era invitado a sentarse en el círculo, en donde rolaba un porro hacia la izquierda y un tambor hacia la derecha. Todos parecían estar familiarizados con los cantos medicinales a la Madre Tierra y a nuestros abuelos ancestrales, así como con la compartición; no podía ser de otra manera, el espacio era reducido y la mente estaba ocupada en asuntos más urgentes, como observar la neblina, aprender a tejer y charlar.

Hubo un breve intercambio de historias personales y, más aún, de tradiciones. La mujer belga habló del camino rojo, Angélica del camino chamánico; la francesa sacó un libro sobre cuarzos y alguien más se puso hablar de ángeles. La conversación era líquida y fluía.

Mientras que el occidental se desespera buscando cómo pronunciar La Verdad con mayúsculas –tratado filosófico mediante– ahí las verdades se acomodaban con mucha mayor flexibilidad y gracia. Al final había convicciones en común, como que entonar una canción de gratitud de hecho aflojaba un poco el nudito del pecho; como que una casa con una puerta abierta era señal de que no estábamos solos todavía, o como la certeza fulminante de que esas cosas que eran tan importantes en las ciudades pavimento, realmente importaban poco.

Contó la mujer belga que su hermana se dedicaba a tratar con víctimas en zonas de guerra. «Las dos luchamos por la paz, pero desde lugares opuestos. Ella tiene la personalidad para separarse afectivamente de eso, es alguien que no se enamora y eso la hace ideal para su trabajo. A mí me destrozaría. Yo en cambio creo que para fomentar la paz hay que cambiar la conversación; ya hay demasiado dolor en el mundo».

Acompáñense estas palabras de una voz dulce al fondo cantando un mantra. Acompáñense de varios pares de pies descalzos, todos sucios. Acompáñense de chocolate de agua y una niña de seis años, Shanti (om, Shanti, om), jugando con cortezas de árbol. Acompáñelas con un corazón cobijado y sonría.

Me pareció que la mujer gozaba de gran sabiduría. Imaginé a estos viajeros desperdigándose por el mundo, pidiendo rides y riendo con su natural ligereza, liando tabaco para compartirlo con un extraño mientras se protegían de la lluvia en algún techo. Y me imaginé a mí misma, ahí sentada en medio de ellos, como de hecho lo estaba.

Sentí un poco de esperanza: no sé si algún día desarrolle el carácter que se requiere para el activismo; no sé siquiera si me interese desarrollarlo, pero sé que algo sí puedo hacer: aprender a cantar, proteger mi sonrisa del dolor y siempre y cada vez con mayor frecuencia, cambiar la conversación.

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