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Burrón y cuenta nueva.

Por Alejandra Eme Vázquez:

Todos tenemos códigos personales, y qué maravilla. Nuestro mundo individual de referentes comienza a alimentarse desde antes de tener conciencia, y por eso a veces podemos sorprendernos a nosotros mismos recordando algo que ni sabíamos que sabíamos, o reaccionando inesperadamente ante estímulos casuales o inducidos cuyo poder puede a veces llevarnos a sitios específicos de nuestra historia con todo y los sentimientos “originales”, que suelen conservarse intactos.

Pero una cosa son los recuerdos que parecen agazaparse para salir al paso en cualquier momento y otra distinta son los referentes que no dejan nunca de estar presentes, hagamos lo que hagamos. Cosas de las que sabemos tanto sin esfuerzos, que cuesta trabajo darnos cuenta de que no todo mundo las conoce igual: tan naturales nos son. Así me pasa, como a muchos mexicanos, con la Familia Burrón, referente obligadísimo para explorar una parte de mí, de nosotres.

Qué tanto me habrán determinado los Burrón mi idea de país, de familia, de clases sociales, es algo que no alcanzo a descifrar, pero estoy segura de que ahí está. Su universo tiene un rango amplísimo que pasa por todos los estratos socioeconómicos e incluso llega hasta el Inframundo con el genial conde Satán Carroña y compañía; hay historias truculentas como la de Ruperto Tacuche y “artistas consagrados” como Alubia Salpicón o el (anti)poeta Avelino Pilongano, ejemplo a seguir de tantos y tantos aunque sea involuntariamente.

Ahora mismo me sorprende la facilidad con que los nombres, las genealogías y las anécdotas brotan al pensar en los burrones. No es necesario repasar ni hacer memoria y en mi caso personal, lo más bonito es que comparto esos referentes justamente con mi familia más cercana: no dudamos en usar frases y alusiones que no necesitan explicación, y el vocabulario Vázquez debe mucho a la historieta de Gabriel Vargas. Cuando mi hermana o yo salimos con mi madre a contonearnos por el centro, invariablemente nos sentimos Borola y Macuca; cualquiera que haga gala de excesiva sumisión es apodado “Gamucita” y así, hasta el nunca acabar.

Hay algo en la Familia Burrón que es muy nuestro, de todos, incluso de quienes no la conocen. No sólo es reírse de las situaciones serias de desigualdad y explotación, sino la idea de instaurar referentes propios que parecen explicar, o modelar, algunas vertientes reconocibles en “lo mexicano”, como toda la producción cultural que data de aquellos años. La diferencia es justamente la idea de familia que desarrolla: un núcleo alrededor del cual se ramifica un modo de ser que transforma todo lo que toca. A tal grado, que si Borola y compañía van a visitar a la tía rica en París, por ejemplo, los franceses se adaptarán al lenguaje, las referencias y el universo del Callejón del Cuajo. Lo escribo y me parece chovinista hasta la médula, pero ¿cómo negar que la propuesta de hacer que todos se adapten a nuestros códigos resulta irresistible, al menos como un desliz de la conciencia global que el mundo actual nos obliga a tener?

Siempre cuesta trabajo ser críticos ante estas cosas que parecen parte de nuestro código genético. En mí, los Burrón activan esos ojos que los devoraban cada semana sin pensar si los roles ahí planteados eran o no cuestionables, que claro que lo son, y en demasía; justamente por eso resulta valioso reconocer que con ellos muchas generaciones aprendimos a pensar en la espiral que significa ser una familia en México, por lo pronto. En cada cómic se contaba una historia de principio a fin que casi siempre resultaba mal, pero

que en resumidas cuentas dejaba a los personajes en el mismo sitio en el que me los había encontrado al inicio. Un poco como ahora podemos entender a Los Simpson o a cualquier narrativa familiar que traigamos a la memoria: para funcionar, debe haber un punto de partida al cual regresar.

Ese punto de partida es la idea de familia, una comunidad que desarrolla afectos pese a las condiciones adversas y las diferencias de caracteres. Evidentemente, la conclusión no lleva a reproducir el modelo del matrimonio Burrón-Tacuche, cuyos estereotipos no la librarían ya ante la diversidad que hoy hemos alcanzado; en todo caso, lo que yo me quedo de sus andanzas es la extraordinaria sensación de tener un universo al que puedo entrar cuando lo quiera o necesite, con un lenguaje propio, una cohesión ideal y una bienvenida permanente. Ahí está lo realmente familiar y hay momentos en que uno desea reconciliarse con la idea de que pase lo que pase, hay lazos que te hacen único.

La nostalgia por la pura nostalgia es absurda, porque ata a lo que ya ni siquiera existe. Yo no quiero volver a leer a los Burrón como cuando era niña; intenté hacerme de los libros que los recopilan, pero desistí a la primera: yo ya no leo igual, resulta forzado, “ya no es lo mismo”. Si se intenta revivir algo es porque en principio ya se ha dado por muerto, así que lo mejor que podemos hacer con el recuerdo es dejarlo en ese estado, usarlo como herramienta que nos ayude a darnos nuevas explicaciones a lo actual y sobre todo, agradecerlo. Así que gracias, burrones, por darle tanto a mi código personal. Y qué maravilla.

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