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Brexit Revisited

Por Oscar E. Gastélum:

“Quienes queremos a Inglaterra lo hacemos con amor personal, como si se tratara de un ser humano, no de una forma eterna. Algo inexplicable y algo íntimo hay en la idea de Inglaterra, algo que dejan traslucir los austeros versos de Wordsworth, la recta y cuidadosa tipografía de ciertos libros y el espectáculo del mar, en cualquier lugar del planeta.”

Jorge Luis Borges

Hace apenas una semana publiqué una columna en la que hablaba sobre las consecuencias que acarrearía un divorcio entre Reino Unido y la Unión Europea, y debo confesar que, a pesar de las ominosas encuestas, en ese momento estaba convencido de que el electorado británico actuaría con mesura y se mantendría como el socio incómodo y perpetuamente inconforme de la Unión Europea. Pero lo impensable ocurrió y hoy escribo estas líneas en un mundo muy diferente al de hace apenas unos días, un mundo en el que tanto Reino Unido como el proyecto europeo parecen heridos de muerte.

Responsables de este desastre sobran, pero si de encontrar culpables se trata, sin duda debemos empezar por señalar a David Cameron, un Primer Ministro que pudo haber presidido sobre dos largas décadas de gobiernos conservadores, y pasar a la historia como el líder que moderó a los Tories moviéndose hacia el centro en temas sociales como el matrimonio igualitario, y consolidando de paso la unión del reino al ganarle la batalla al independentismo escocés. Pero Cameron prefirió arriesgarlo todo: su legado, su lugar en la historia, y la salud económica, política y social de la nación a la que encabeza, organizando este pesadillesco referéndum para aplacar la necedad irracional del ala euroescéptica de su partido.

Embriagado de soberbia y ambición, Cameron confió ciegamente en que ganaría esta peligrosa apuesta, pero terminó perdiéndola miserablemente. Esa imperdonable imprudencia sumió a su país en un torbellino de incertidumbre política, económica y social que parece no tener fin y que, como se preveía, acabó afectando al mundo entero. Cuando empecé a redactar este texto, la orgullosa Gran Bretaña, esa que siempre se caracterizó por ser un auténtico pilar de estabilidad, sufría la humillación de ver su calificación crediticia degradada, mientras la poderosa libra esterlina cumplía un día más desplomándose en el abismo y un tsunami imparable seguía arrasando a las principales bolsas de valores alrededor del mundo.

No, la historia no será clemente con David Cameron, ya que las generaciones futuras no podrán entender su miopía, ni perdonar su monumental fracaso. Y podemos anticipar, sin temor a equivocarnos, que será merecidamente recordado como uno de los peores primeros ministros que hayan gobernado a Gran Bretaña, pues su irresponsabilidad no sólo dividió a Europa (y habrá que ver en qué medida, pues Reino Unido podría desencadenar un efecto dominó que destruya por completo el proyecto de integración europea) sino que muy probablemente terminará destruyendo a Reino Unido, al obsequiarle un pretexto perfecto al nacionalismo escocés (y quizá también al irlandés) para insistir en su independencia.

Pero Cameron no es el único culpable de esta pesadilla. No podemos olvidar a Nigel Farage y a Boris Johnson, los rostros más visibles del bando antieuropeo. Farage es el impresentable líder de Ukip, partido de la ultraderecha británica, un demagogo racista y xenófobo de medio pelo. Y Johnson es el inescrupuloso, sofisticado y excéntrico exalcalde conservador de Londres, un político oportunista que se siente muy cómodo disfrazado de bufón inofensivo. Pero a pesar de las diferencias, ambos decidieron unir fuerzas y apelar a los instintos más primitivos del sector más pobre y menos educado de la población, lucrando con el miedo, la frustración y el resentimiento de la clase trabajadora, vergonzosamente abandonada por la izquierda no sólo en Gran Bretaña sino alrededor del mundo.

Pero en lo que más se parecen ambos personajes es en su repulsiva mendacidad. Y es que la campaña a favor de Brexit brilló por sus promesas fatuas y por las mentiras descaradas con las que una pandilla de demagogos irresponsables encabezada por Boris y Nigel defraudaron a los británicos más pobres e ignorantes, es decir, precisamente a aquellos que resultarán más afectados por la larga crisis que se avecina, y que más se habían beneficiado con los subsidios financiados por la Unión Europea. Johnson soñaba con reemplazar a Cameron como Primer Ministro, pero sus mentiras quedaron expuestas inmediatamente después de su pírrica victoria y un poderoso sector de su partido, y buena parte del electorado, harán hasta lo imposible por frustrar sus ambiciones.

Y ya que hablamos de los  liderzuelos ineptos, mediocres y cretinos que arrastraron al abismo a mi amada Gran Bretaña, a Europa y al mundo entero, es indispensable mencionar a Jeremy Corbyn, el vejete reaccionario, puritano y dogmático que se apoderó del venerable Partido Laborista hace menos de un año y que, según una investigación de la BBC, no se conformó con no mover un dedo a favor de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, a pesar de que esa era la posición oficial del partido al que encabeza, sino que boicoteó activamente la campaña. Y es que la ultraizquierda reaccionaria a la que Corbyn representa detesta el proyecto europeo casi tanto como la ultraderecha, su hermana gemela, pues lo considera un vehículo del malvado “imperialismo capitalista neoliberal”.

Justo antes de redactar estas líneas, el gabinete de sombra de Corbyn renunció en masa como protesta ante las injustificables acciones y omisiones de su líder y con el paso de las horas las dimisiones al interior del partido se elevaron a 54, una cifra sin precedentes. Y para rematar la revuelta interna, Corbyn perdió de calle un voto de confianza por 176 a 40. Pero a pesar de esta inédita crisis partidista, el corbynismo ha decido aferrarse al timón del Titanic poniendo al Partido Laborista al borde de la extinción. Algo que no debería extrañarle a nadie pues esta secta mojigata, autoritaria y antisemita, aliada y admiradora de Putin, del chavismo y del islamismo radical, detesta la democracia liberal casi tanto como a la Unión Europea, pues su verdadero enemigo es la aborrecida civilización occidental, fuente, según ellos, de todo lo malo que sucede en el mundo.

Ante este caótico panorama político y económico el futuro de Reino Unido luce ominosamente incierto. Cameron es un cadáver político que decidió renunciar y desentenderse de la dolorosa e ineludible transición. Johnson, Farage y el resto de la caravana antieuropea lucen tan desconcertados y confundidos como el perro que por fin alcanzó a un auto en movimiento, y es obvio que no tienen ni la menor idea de qué hacer con su inesperado “triunfo”. Mientras que el laborismo, la “muy leal oposición de su majestad”, está en manos de una momia necia y obtusa, que es incapaz de ofrecer un proyecto opositor viable y está decidida a destruir al partido antes que renunciar.

En lo social la crisis no es menor, pues la irresponsable campaña a favor de Brexit removió emociones primigenias que se creían superadas y desató una ola de xenofobia y racismo indigna de una de las naciones más civilizadas del planeta. Además, el resultado del referéndum recrudeció los afanes independentistas de Escocia e Irlanda del Norte, que se sienten arrastradas a un destino que no eligieron. Y, por si todo esto fuera poco, reveló varias divisiones internas profundísimas. La que existe entre el rezagado norte y el próspero sur, la que separa las grandes ciudades como Londres, Liverpool, Manchester, Bristol, Glasgow y Cardiff de las zonas rurales, y la generacional que divide a los electores más viejos y nostálgicos de los jóvenes que, a pesar de ser mucho más capaces de apreciar las virtudes de una sociedad plural y diversa y de tener muchísimo más qué perder con este resultado, lastimosamente no salieron a votar en la proporción requerida.

Me parte el corazón que mi amado Reino Unido se haya transformado en laboratorio de pruebas para el populismo demagógico, irracional, delirante y suicida que ha contagiado a amplios sectores del electorado occidental y amenaza con destruir el proyecto secular, liberal y democrático que nació con la Ilustración. Ojalá que el caos desatado por Brexit sirva como ejemplo para todos esos electorados que también parecen dispuestos a saltar al vacío con tal de darle un escarmiento a sus élites políticas y económicas. Pues este malhadado experimento terminará demostrando que los más afectados serán precisamente quienes, motivados por el hartazgo y el resentimiento, decidieron recurrir al berrinche como arma política.

La semana pasada escribí que, sin importar el resultado y a pesar de las desastrosas consecuencias globales que acarrearía un divorcio entre Reino Unido y la Unión Europea, la grandeza de Gran Bretaña no menguaría. Hoy, mantengo la esperanza, y confío en que este maravilloso país, al que amo y admiro profundamente, se mantenga unido y, por el bien de sus ciudadanos y de los de la Unión Europea, encuentre el mejor camino posible para reparar este monumental error histórico. Así sea…

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