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Breve disección del fanatismo

Por Oscar E. Gastélum:

“Las convicciones son enemigos  más peligrosos de la verdad que las mentiras.”

Friedrich Nietzsche

“When the facts change, I change my mind. What do you do, sir?”

John Maynard Keynes

 

Lo que dice Sir John Maynard Keynes en el segundo epígrafe de este texto, que si la información a su disposición cambiaba (enriquecida por datos hasta entonces desconocidos o evidencia recién descubierta) él estaba perfectamente dispuesto a cambiar de opinión, es un destello de sentido común y congruencia que no debería asombrarnos o provocar mayor polémica. Pero desgraciadamente vivimos en una época de fanatismos beligerantes, supuestamente antitéticos pero paradójicamente simbióticos, y no hay nada más opuesto a esa sencilla máxima de Keynes que la certidumbre de los fanáticos, pues para esa especie cambiar de opinión es sinónimo de traición y debilidad. El fanático no posee valores o convicciones sino dogmas de fe sagrados e inmutables. Por eso es impermeable a la evidencia e inmune a la persuasión racional. No importa qué tan sólido sea un argumento, siempre se estrellará contra su inviolable coraza de certidumbres.

Pues el fanático además es puritano y mojigato, y protege la pureza virginal de su doctrina y de su alma tras un muro impenetrable de intransigencia. Su intolerancia obtusa es un auténtico cinturón de castidad mental. La verdad absoluta, revelada a través de textos sagrados (religiosos o ideológicos) redactados por profetas iluminados, jamás debe ser expuesta a cuestionamientos que puedan contaminarla o minar la fe ciega de sus devotos. Y es que el fanático está intelectualmente anestesiado por la autocomplacencia y moralmente intoxicado de repelente superioridad moral. Quien se opone a su credo no puede actuar de buena fe y mucho menos tener ni un poco de razón, sólo puede hacerlo motivado por la ignorancia, la estupidez o la perfidia.

El fanático está poseído por una generosidad malsana y abnegada. Siempre está más preocupado por el prójimo que por sí mismo. Su existencia es una cruzada evangelizadora perpetua, su misión autoasignada en esta vida es salvar nuestra alma del pecado o el extravío ideológico, mostrarnos el camino correcto, redimirnos, ilustrarnos, rescatarnos del error. Si recurre a la agresión física o verbal, a la censura o a la prohibición de conductas o palabras, lo hace por nuestro bien, para protegernos de nosotros mismos. Y si algún necio se obstina en seguir pensando por sí mismo, para el fanático es perfectamente lícito quemarlo en la hoguera, física o virtualmente, pues la salud espiritual del rebaño es muchísimo más importante que el alma de un hereje.

El fanático es maniqueo, y como no conoce los matices ve el mundo en blanco y negro. Su primitivismo le impide reconocer la dignidad y el valor de los individuos y por eso prefiere dividir a la humanidad en identidades colectivas enfrentadas, NOSOTROS contra ELLOS, esos pérfidos e irredimibles OTROS. Por eso en una polémica su arma favorita es la descalificación sumaria, el contenido de los argumentos de su adversario es irrelevante, lo que cuenta es a qué raza, religión, clase social o género pertenece. El fanático odia la democracia precisamente porque es el reino del acuerdo, el compromiso y la reforma gradual, y para él transigir y conceder son palabras altisonantes, pecados que acarrean la excomunión instantánea.

El gran Amos Oz tiene razón al decir que los fanáticos no tienen sentido del humor, pues la risa  lleva en su seno la semilla del escepticismo. Además, detestan el ácido de la ironía pues saben que es capaz de corroer la fachada de sus sacrosantas abstracciones y de exponer en toda su ridícula desnudez a instituciones y figuras de autoridad con ínfulas divinas. No, el fanático no sabe reír y su solemnidad es ferozmente intolerante. Pero el fanático tampoco es capaz de entender y aceptar lúcidamente la esencia trágica de la existencia, su imaginación petrificada no puede concebir un conflicto en el que todas las partes antagónicas tengan reivindicaciones legítimas, o asimilar que dos valores irrenunciables, como la igualdad y la libertad, choquen entre sí y deban ser armonizados privilegiando a uno sobre el otro.

Por eso me enorgullece tanto el desprecio instantáneo que suelo despertar en los fanáticos cuando me topo con ellos. Para los de derecha siempre he sido un peligroso masón criptocomunista y para los de izquierda un siniestro neoliberal, eurocentrista, imperialista y lacayo del Tío Sam. No existe un sólo rebaño con el que haya entrado en contacto que no terminara viéndome con desconfianza y desprecio. Y así está bien, la tibia comodidad de la manada nunca me ha seducido, me atraen los individuos que se comportan como tales y son capaces de vivir a la interperie.  Le ofrezco una disculpa a mis detractores, pero la pertenencia pasiva y acrítica no se me da. Y no es una pose que adopte para hacerme el interesante. El punto es que jamás sacrificaré mi independencia o mis facultades críticas para pertenecer a una secta, ni abandonaré mi cerebro en la entrada de ningún templo. Eso es todo.

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