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Bosque y playa

Por Deniss Villalobos:

Algo que detesto de estar enferma es que, a pesar de tener todo ese tiempo libre en la cama, lo que menos deseas hacer es leer. No puedes concentrarte, te arden los ojos, te quedas dormido de un momento a otro y los dos párrafos por los que logras pasar los ojos no tienen ningún sentido. Pero con la poesía es diferente. Los poemas que amas son fáciles de recordar, algunos incluso los conocemos de memoria. Volver a ellos en un mal momento ofrece cierta compañía, una que no estorba ni asfixia.

Así que, en lugar de seguir googleando mis síntomas y terminar convencida de que tengo un tumor inoperable, decidí leer a una autora que me ofrece esa clase de compañía. Conocí a Mary Oliver hace unos años una noche en que, como muchas otras, no podía dormir y no podía respirar. Cuando estoy ansiosa y triste busco en los libros o en la música un poco de aire, y fue un poema de Mary lo que me hizo sentir tranquila cuando más lo necesitaba. Aquella madrugada de mediados de 2013, escribí: “Los poemas de Mary Oliver me hacen sentir que respiro en un bosque.”

El poema con el que la conocí sigue siendo mi favorito, “Wild Geese:

You do not have to be good.
You do not have to walk on your knees
For a hundred miles through the desert, repenting.
You only have to let the soft animal of your body
love what it loves.
Tell me about despair, yours, and I will tell you mine.
Meanwhile the world goes on.
Meanwhile the sun and the clear pebbles of the rain
are moving across the landscapes,
over the prairies and the deep trees,
the mountains and the rivers.
Meanwhile the wild geese, high in the clean blue air,
are heading home again.
Whoever you are, no matter how lonely,
the world offers itself to your imagination,
calls to you like the wild geese, harsh and exciting —
over and over announcing your place
in the family of things.

Necesitaba saber, como necesito ahora entre tos y fiebre, que mientras tanto los gansos salvajes vuelan en el cielo azul de vuelta a casa. Necesitaba saber que existen los poemas de Mary Oliver, que existe el aire puro que te llena los pulmones de musgo, grillos, arena y olas.

Desde ese día leí varias cosas sueltas en internet hasta que conseguí Thirst, un poemario tan breve como bello en el que encontré uno de esos poemas que no se te olvidan nunca:

Mary Oliver

Después leí Dog Songs, donde recopila varios de los poemas más conmovedores que he leído sobre perros, porque les da voz ellos y cuando habla no es como dueña o ama, sino como compañera. Lo último que leí de ella fue A Thousand Mornings, en el que subrayé cosas como las siguientes:

Yet little by little

I learned to love my life.
Though sometimes I had to run hard-
especially from melancholy –
not to be held back.

How perfect to be aboard a ship with

maybe a hundred years still in my pocket.

Es una lástima que la mayoría de las traducciones a Mary Oliver que pueden encontrarse en internet sean muy malas, pero hay algunas que se agradecen porque, además de no perder el encanto de la autora, agregan algo especial (quizá algunas hojas secas o unas gotas de lluvia) que los vuelve más entrañables. Un ejemplo es esta versión de “In Blackwater Woods” de Isabel Zapata:

Para vivir en este mundo

debes poder hacer
tres cosas:
amar lo mortal,
sujetarlo
a tus huesos sabiendo
que te va la vida en ello y
cuando llegue el momento de dejarlo
ir
dejarlo ir.

No dije “quién es Mary Oliver” (dónde nació, cuándo, qué premios ha ganado) porque creo que, si leemos sus poemas, la biografía no importa mucho. No importa dónde está un bosque o cómo se llama una playa si nos sentimos en paz mientras caminamos viendo árboles o contemplamos el atardecer, respirando y escuchando las canciones del mar. Eso es lo que Mary Oliver me ha ofrecido a mí, en los días buenos, los días tristes y los días de enfermedad. La comparto para que, si alguien más lo necesita, pasee por ese mismo bosque y encuentre un perro o un pájaro para que se hagan compañía.

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