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Bordear la nada

Por Nerea Barón:

[P]ara describir bien este acontecimiento (…)

 es preciso estar algo lejos de él, es decir, a la

distancia suficiente para estar a salvo de todas

las mentiras con las que pueden rodearle

la esperanza o el terror.

Marqués de Sade.

«Me quiero morir», dijo, y mientras lo decía sintió cómo se rascaba una comezón de sentido dentro de ella. No es que fuera a matarse, es que sólo nombrarlo aplacaba –temporalmente, al menos– ese llamado irresistible de la muerte.

«Me quiero morir», dijo, y dudó sobre si al decirlo se acercaba un paso a su fin o si, por el contrario, se vacunaba contra él. El mito de Sísifo —tratado sobre el suicidio— reinsertó a Camus a la vida; pasarían dieciocho años antes de que muriera en un accidente automovilístico.

«La palabra salva», dijo, y sonrió sin convicción. Recordó que alguien le contó alguna vez cómo el Marqués de Sade tuvo una vida honorable y prácticamente casta: sublimó con sus obras sus pasiones más bajas. Mentira: le tomó dos minutos enterarse en internet de la otra versión, del escándalo de Arcueil y del caso de Marsella. Pocos resisten la tentación de ser quienes son.

«¿Y quién soy?», se preguntó. Paradójicamente sintió algo de consuelo cuando se le quedó la mente en blanco. No hay identidad entre la palabra y la cosa, un nombra nunca es la cosa que enuncia; de hecho, con frecuencia resulta ser algo completamente distinto.

«Lo que es insoportable y terrible en las máscaras es el espacio entre ellas y la piel: eso real», escribió Adriana Otero alguna vez. Como la historia del hombre quiere entrar a una fiesta lujosa pero no tiene el rango necesario para entrar, así que se labra la máscara de un conde poderoso y se le abren las puertas. Repite esta treta varias veces, hasta que un funesto día se cansa de todas sus máscaras y se las va quitando una a una, pero cuando por fin llega a su rostro no se reconoce y, queriéndose quitar esa última máscara, se arranca la piel y muere desollado por propia mano.

«Con que ésta es la nada», pensó frente al espejo. Extrañó la época en la que se identificaba con sus pequeños defectos hasta el punto de repudiarlos por completo. «Cuando yo era cuerpo sentía miedo, ahora que soy nada sólo siento la densa e incorpórea presencia de la angustia».

«Me quiero morir», dijo una vez más, y al escucharse le pareció que sólo formularlo era anodino. «No estoy tan cerca de mí como para querer morirme». Entonces se quitó la ropa, se acarició los brazos, se metió a la tina y cerró los ojos, quizá, por primera vez.

Pintura: Anna Taut

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