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Bolsas

Por Deniss Villalobos:

Por más que te aferres a algunos objetos, lugares o personas; a la cama en la que pasaste toda tu adolescencia, bajo la que escondiste una carta que nunca entregaste, un diario en el que realmente nunca escribiste ningún secreto y un CD con canciones que ya no te gustan; el parque en el que aprendiste a andar en bici después de que las rodillas te sangraran veinte veces, en el que te quedaste de ver con tu primer amor, en el que fumaste tu primer y último cigarrillo; la persona con la que creciste, la que viste cada día de tu vida hasta que decidió tomar otro camino, con la que has pasado más tiempo, a veces riendo y otras queriéndose arrancar la cabeza, creyendo que nunca dejaría de ser la más cercana a tu corazón, al final nos alejamos de casi todo y de todos.

Llegará un día en que sientas que esa cama te lastima, y aunque algunas veces lloraste sobre ella escuchando a tu banda favorita y otro día besaste a alguien cuando tus padres no estaban en casa, terminarás cambiándola porque un resorte se te entierra en la espalda. Lo mismo con el parque, porque aunque le tengas algo de cariño el tiempo lo ha cambiado; está sucio, los columpios no sirven, los niños con los que jugaste son ya todos adultos con los que no tienes nada que ver y estar ahí te hace sentir solo: es mejor visitarlo solo de vez en cuando en tu memoria. Y luego están las personas. Aunque pienses que nunca te va a pasar a ti, aunque duele muchísimo cuando te das cuenta, aunque quieras arreglarlo, también te alejarás de ellas. No solo de esas exparejas, o esos amigos y conocidos que después de unos años se convierten solo en un like de Facebook, sino también de las personas más cercanas y con las que más tiempo has pasado en tu vida, incluso si son familia.

No quiere decir que siempre vas a sacar a esas personas de tu vida, aunque a veces será así, pero quizá es más doloroso el hecho de saber que no puedes despedirte por completo de alguien y tener que vivir con el fantasma de una relación que ya no existe, un recuerdo vestido de sábana blanca que flotará entre ustedes cada que vuelvan a verse, atrapados en un castillo embrujado miniatura e invisible, susurrándote al oído que jamás volverán a ser tan unidos como antes.

Es también, un poco, como alejarte de ti mismo, de esa persona que fuiste al lado de la gente que ya no camina contigo. No creo que esa parte de nosotros, la que se aleja cuando nos alejamos, se quede dormida en las viejas camas, o caminando en los grises parques, o al lado de las personas que ya no son las más cercanas a nosotros. Imagino que busca una nueva vida, lejos de lo que duele y lejos de nosotros, que somos también ellos pero con un pedazo menos.

There is no single, unimpeachable word
for that vague sensation of something
moving away from you
as it exceeds its elastic capacity
— which is too bad, because that is the word
I would like to use to describe standing on the street
chatting with an old friend
as the awareness grows in me that he is
no longer a friend, but only an acquaintance

Como dijo Tony Hoagland, no hay una palabra para explicarlo, pero muchas otras nos sirven para intentar y a veces eso basta. Quizá todos esos pedazos que se nos van desprendiendo cuando nos damos cuenta de que algo ha llegado a su máxima capacidad simplemente desaparecen, dando un último respiro con alivio y dejándose caer al vacío, o quizá se unen al circo, se vuelven corredores de bolsa o barrenderos en una escuela primaria, cualquier cosa para pasar el tiempo y encontrar nuevas cosas de las que un día se alejarán, más cosas, más lugares, más personas que van echando en bolsas y, tarde o temprano, luego de estirarse hasta no dar más de sí, se van a reventar.

Si el mundo gira tal vez sea porque, en algún lado y todo el tiempo, nos estamos largando, dejando atrás un montón de bolsas que ya no pudieron aguantar.

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