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Blanco que te quiero blanco

Por Oscar E. Gastélum:

“Racism is not merely a simplistic hatred. It is, more often, broad sympathy toward some and broader skepticism toward others…”

― Ta-Nehisi Coates

México es uno de los países más racistas del mundo. En nuestro fuero interno los mexicanos sabemos que esa es una verdad tan bochornosa como incuestionable, pues cada uno de nosotros cometemos, atestiguamos o sufrimos actos de racismo, descarados o velados, cotidianamente. Basta, por ejemplo, con encender el televisor y sintonizar un canal nacional para entrar a un universo paralelo, y es que en un país predominantemente mestizo y de piel morena, la inmensa mayoría de los actores y actrices de telenovelas, para no hablar de los modelos que aparecen en los anuncios publicitarios (¿se acuerdan del “look Polanco”?), poseen las facciones y el color de piel del nórdico promedio. Si un extraterrestre conociera nuestro extravagante país a través de sus deleznables canales de televisión y luego se subiera al metro de la Ciudad de México o recorriera las calles de cualquiera de sus pueblos o ciudades, seguramente se preguntaría dónde demonios está toda la gente rubia y de ojos claros que vio vendiendo shampoos y rodando por las escaleras para abortar. En caso de que el hipotético extraterrestre insistiera en ver a un mexicano pálido, lo único que habría que hacer sería conducirlo a Santa Fe o a la Condesa, o a Polanco, o a cualquier otro gueto de privilegio, pues ahí encontraría al tipo de gente que vio en la televisión.

Y es que en México la correlación entre el color de piel y la posición socioeconómica es tan obvia como obscena. Acudir a un restaurante de lujo o a cualquier otro punto de reunión para las clases privilegiadas es un espectáculo fascinante y perturbador, pues la inmensa mayoría de los comensales, o los clientes, suelen ser de tez clara mientras que los empleados que los atienden ostentan distintos tonos de piel obscura. Claro que hay excepciones, gente morena que ha logrado superar las trabas que impone el racismo sistémico y ahora se codea con la casta dominante, pero encontrar a un mexicano blanco y de ojos claros conduciendo un microbús, cruzando a nado el río Bravo o limpiando los baños de un hotel, es más difícil que dar con la proverbial aguja en el pajar.  Obviamente hay regiones en el país, especialmente algunos estados del norte, en las que por cuestiones históricas la gente morena o de descendencia indígena es minoría. Pero, paradójicamente, en esas zonas es donde el racismo suele ser más descarado. ¿Quién no ha escuchado a un norteño jactándose orgullosamente de que en su tierra no hay “prietos” chaparros como en el sur, o atribuyéndole el desarrollo económico de su región a la superioridad racial?

Pero ni aquí ni en China el racismo es patrimonio de un solo grupo étnico. Hace unos meses el crítico literario Christopher Domínguez Michael escribió que en México también hay una versión del racismo cuyo blanco (no pun intended) favorito es la gente de tez nívea o apellidos extranjeros. La declaración de Domínguez fue recibida con sorna por los tontitos de siempre, beatos dogmáticos incapaces de pensar por sí mismos y que carecen de la sofisticación intelectual necesaria para entender la complejidad de las dinámicas de poder, pero también por gente normalmente inteligente cegada por la animadversión que el conservadurismo de Domínguez Michael les provoca. Para empezar, es muy obvio que la xenofobia y el antisemitismo campean a sus anchas entre nuestros connacionales y que esos odios irracionales los llevan a descalificar, discriminar y a desconfiar de todo aquel que, aunque sea tan mexicano como la corrupción, no se apellide Pérez o Hernández.

Pero dejemos ese preocupante hecho de lado y atrevámonos a aceptar que existe gente, y no es poca, que al ocupar posiciones de poder, y tras haber sufrido en carne propia los ultrajes del racismo gracias a la “errónea” pigmentación de su dermis, decide vengarse no de los individuos que la discriminaron o vejaron en el pasado sino de todo aquel que tenga el mismo tono de piel que ellos. Esto se traduce en figuras de autoridad (jefes, maestros, entrenadores deportivos) que se ensañan con sus subalternos blancos o de plano se niegan a reclutar o contratar gente de tez clara. Pero también se manifiesta en gestos menos obvios aunque cotidianos e igual de perniciosos, como el del taxista, el mecánico, el policía o el comerciante, que se quiere pasar de listo con alguien porque lo ve “blanquito”. Y que quede muy claro que al señalar esta realidad incómoda no pretendo ocultar el hecho de que la discriminación en contra de nuestros compatriotas de piel morena afecta a muchísima más gente pues el sistema está obviamente sesgado a favor de la minoría blanca. Lo que quiero señalar es que el abuso engendra abuso, y el racismo puede envenenar la convivencia y corroer el alma de una sociedad hasta dividirla y transformarla en una jungla de resentimiento y desconfianza.

Pero sin duda alguna, la expresión más imperdonable, vergonzosa e hipócrita del tóxico racismo nacional es la obscena miseria en la que está sumida la población indígena desde hace siglos. Y es que los mexicanos se las han arreglado para inventarse un pasado mítico, que parte de la idealización de sus ancestros indígenas y la satanización de los conquistadores españoles (la demencial frase: “cuando los malvados gachupines vinieron a conquistarnos” resume a la perfección esa esquizofrénica mitología nacional), mientras tratan con desprecio y abandonan en la más absoluta de las penurias a los indígenas de carne y hueso que habitan hoy en el país. Sí, los mexicanos que idealizan a los aztecas o a los mayas y prefieren indentificarse con Cuauhtémoc que con Cortés, suelen ser los mismos que usan la palabra “indio” o “indígena” como el más venenoso de los insultos. Según las últimas estadísticas que pude encontrar, cerca de diez millones de indígenas viven hundidos en la pobreza, casi la mitad de los cuales sobrevive en condiciones de marginación extrema dignas del África subsahariana. Frente a semejantes cifras no hay pretexto que valga. Esa injusticia es una mancha indeleble en el alma nacional, y México no saldrá de su infernal atraso hasta que haga algo significativo por subsanarla.

Desde luego, todo esto viene a cuento por la reciente publicación de la primera encuesta sobre Movilidad Social Intergeneracional del Inegi. Un valioso documento que demuestra estadísticamente, más allá de intuiciones y percepciones personales, que el racismo permea cada rincón de nuestra vida nacional, perpetuando la desigualdad. Pero probablemente la encuesta del Inegi habría pasado más o menos desapercibida si no hubiera sido por la difusión en redes sociales de un video en el que se puede atestiguar el colapso nervioso que sufrió en vivo y en directo, y provocado por el predecible resultado de la encuesta, un payaso llamado David Páramo, a quien, según entiendo, el infumable Ciro Gómez Leyva presenta frecuentemente como “experto en finanzas” en su noticiero nocturno. Que el titular de un espacio noticioso televisivo considere que semejante personaje es un experto en algo y peor aún, que haya presentado (¡y presumido después en Twitter!) su rabieta histérica como un “análisis” que “destrozó” el estudio del Inegi, exhibe la indigencia intelectual y moral de los “periodistas” apadrinados por nuestros oligarcas.

Pero la grotesca iracundia del señor Páramo, incomprensible ante una realidad tan obvia y lacerante, no debería sorprendernos tanto, pues para el mexicano promedio el racismo se ha vuelto una segunda naturaleza y la normalización del fenómeno lo ha cegado ante sus repelentes y ubicuas expresiones cotidianas. Y es que en México hay una conspiración de silencio alrededor del tema y cuando se menciona suele negarse tajantemente u ocultarse bajo el inocuo manto del mestizaje. Un país como EEUU, que tiene un problema de racismo muy complejo y delicado, lleva siglos discutiendo pública y vehementemente este bochornoso asunto, haciendo exámenes de conciencia  durísimos y sin concesiones, y diseñando políticas públicas para combatirlo. Pero en México jamás sacamos a orear nuestros demonios, los sepultamos en lo más profundo de nuestro ser y nos refugiamos en la negación mientras devoran nuestras entrañas. Ya es hora de que esto cambie y de que los David Páramo del mundo entiendan que denunciar el racismo no es un acto racista, pero negarlo cuando es tan patente y destructivo  sí lo es…

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