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Biografía feminista

Por Alejandra Eme Vázquez:

“El feminismo puede comenzar con un cuerpo, un cuerpo que toca al mundo, un cuerpo que no encaja en el mundo, un cuerpo que se mueve para acomodarse. Porque las cosas no parecen estar bien”.

Sara Ahmed (traducción de Monserrat Acuña)

“Preferimos que nos violenten por nombrar la violencia, antes que seguir viviendo la violencia desnuda”.

Yolanda Segura

Uno de los principios básicos de las teorías educativas en las que basamos nuestros sistemas de pensamiento y organización es que el aprendizaje debe ser significativo, lo que quiere decir que nos atraviesa y nos modifica desde dentro. De otro modo no se puede decir que hemos aprendido nada, aseguran los modelos constructivistas a los que damos todo el crédito de ser los únicos capaces de formar ciudadanos de bien. Aprender es cambiar, pues, y para que suceda debe haber conciencia no por lo que nos cuentan los demás (“pero qué cambiada, qué cambiado estás, ¿qué te hiciste?”), sino porque nos apropiamos y nos hacemos cargo de esa transformación poniéndola en una narrativa propia que se revisa constantemente para que pueda sostenerse por sí misma.

Yo estoy segura de que si alguien que tuvo contacto frecuente conmigo hubiera dejado de verme hace más de un año y me viera ahora mismo, notaría un cambio significativo en mi manera de estar en el mundo. Lo sé porque ese cambio tiene un nombre específico, es una decisión de la que me hago cargo y se pronuncia así: feminismo. Imagino ahora la escena de El rey león en la que las hienas repiten el nombre de Mufasa y reaccionan a él entre divertidas y temerosas: feminismo, uuuuy. Otra vez: feminismo, uuuuy. Qué miedo. Va a venir el feminismo a jalarte las patas, en la noche, cuando creas que estás a salvo. Va a venir el feminismo a hacerte pagar por tus pecados. Feminismo. Uuuuy. Eso, el feminismo (uuuuy), fue lo que me pasó o mejor dicho, lo que me traspasó desde hace ya bastante tiempo pero que sólo hace muy poco puedo narrar uniendo los puntos.

Ayer recurrí a Yolanda y a Monserrat para conversar sobre el tema de esta columna, aún en ciernes entonces, y en ese camino leímos a Sara Ahmed. De modo que lo que ahora escribo es consecuencia directa de haber compartido tiempo, palabras, disensos y hallazgos con mujeres entrañables porque he descubierto que ese ejercicio me reconcilia y me ayuda a enfrentar de distintas formas todas las veces que me he sentido incómoda por asumirme feminista, que no pude nombrarlo sin disculparme, que fui tachada de exagerada, de alevosa, y que me creí esas etiquetas. Las veces que alguien se ha atribuido el derecho de juzgar mi ámbito privado (“rencorosa, malcogida, oscurantista, deja de estar leyendo a Susan Sontag y ven a convivir con la familia porque yo digo que así debe ser”) pero me ha censurado de antemano, absolutamente, la posibilidad de revirarle con el mismo método.

Y está bien, porque al final el asunto es que el abanico de alternativas puede extenderse más allá de ese método agresivo y policial al que estamos acostumbrados. Por eso cuando Sara Ahmed habla de que el feminismo es sensacional porque pone en el centro las sensaciones, y las potencia, y por fin las valida, puedo entender que es verdad que lo llevo en mi cuerpo porque por él ha pasado cada experiencia generadora de cada concepto cuyo eco y resonancia he hallado después en otras vidas y en la teoría, con la certeza creciente de que entender lo que enfrentamos nos libera de culpas innecesarias, nos conecta distinto y nos estimula a hacer distinto. Y de que eso es lo único que puede desearse para el mundo entero. Porque no hay violencia pequeña y porque siempre traspasa, aunque una buena parte de la crítica al feminismo trate de normalizarla y minimizarla por todos los medios con tal de negar un discurso que le descoloca: esas feministas de todo lloran, en todo se fijan, si eso pasa siempre y siempre hay cosas peores y así es el mundo, cómo se atreven a proponer que se puede ejercer la horizontalidad en cualquier entorno, qué escándalo.

El “Método Ahmed”

This you is me, dice Sara Ahmed antes de comenzar a poner en palabras el reconocimiento estacional de sí misma como feminista en un método bello, revelador, necesario y además reproducible para cada una de nosotras desde cada punto en el que estamos paradas. El pasado es absorbido y recontado por la esponja de un cuerpo que pone en palabras sus experiencias de vulnerabilidad recuperando las sensaciones, lo innombrado/innombrable, lo archivado, para completarnos un cuadro que termina explicándonos no sólo en lo individual sino en lo colectivo. Devolvemos al cuerpo su memoria cuando la aceptamos, en vez de luchar contra ella. Este tú es yo, digo, decimos, y el procedimiento de pasar de la primera a la segunda persona para unir los puntos se convierte en un asunto vital, uno que nos importa con todo lo que somos de tal modo, que la lucha emprendida se vuelve lucha encarnada.

El método consiste en preguntarme, en preguntarte ¿cuándo, cómo, dónde, por qué?, ¿qué experiencias y momentos reconoces, en el tú que es yo, como detonantes para decidirte feminista? Y responder:

Cuando entendiste, después de llevar cargando el recuerdo por años sin nombrarlo, que cada vez que el vigilante del squash al que ibas con tus papás te llevaba a su cuartito a ver Los pequeños picapiedra, lo que hacía contigo era violentarte sexualmente. Cuando saliste de una relación abusiva que por mucho tiempo te hizo creer que así tenían que ser las relaciones. Pero sobre todo cuando pudiste decirlo en tu entorno próximo, a los treinta y dos años, y cuando después lo publicaste en una red social bajo un hashtag y viste miles de testimonios parecidos que por fin te hicieron acomodar sin culpas eso que viviste. Porque eso que te pasó no era por haberlo provocado ni por una situación excepcional, sino por una estructura que lo genera y repite, una y otra y otra vez. Pero que puede visibilizarse, confrontarse y evitarse.

 “El mundo se experimenta como una intrusión sensorial. Es demasiado”.

Esa vez, cuando se te ocurrió nombrar la sororidad en una conversación con alguien que creías parte de tu entorno seguro y reaccionó desmesuradamente, como si lo hubieras insultado, calificando lo que acababas de decir como una absoluta tontería y cuestionándote sobre por qué diablos, si él te hacía el favor de considerarte “tan inteligente”, lo decepcionabas acudiendo a ese concepto “tan pobre”. Y entendiste al fin que no estás obligada a explicarte ni a articular de inmediato, en lo público, todo lo que pasa por tu mente como si se tratara de convencer o rendir cuentas (¿a quién?), que el feminismo es una casa pero no una de cristal, que no siempre se pueden crear lazos en los términos que tanto te emocionan porque hay también quien decide no hacerlo. Pero que justamente por eso, quedarte a construir alternativas con quienes sí es una maravilla.

“Debió haber sido tu propia experiencia lo que te llevó ahí, pero también es lo que has aprendido de otras”.

Cuando te diste cuenta de que te habías aislado sin razón por mucho tiempo, de que estabas anticipando ciertos tratos y ciertas situaciones; de que habías ignorado evidencias muy tangibles de lo que te dolía o te incomodaba, bajo la premisa de que esas cosas pasan inevitablemente porque así es el mundo.

“Te han enseñado que debes ser cuidadosa. Es por tu propio bien”.

Cuando luego dijiste, convencida: el mundo no tiene por qué ser así. Y encontraste otras maneras de relacionarte con los demás, y tuviste acercamientos con personas que admiras y amas cada vez más, pero también provocaste sin calcularlo uno que otro coraje que jamás hubieras pensado provocar porque en la alegría de hallar y comenzar a ejercer esas otras maneras, no creíste estar rompiendo realmente nada. O al menos no aún, si ese “feminismo interior” todavía no le incumbía a nadie más que a ti, o eso creías. Pero resultó que sí y que había otras mujeres que habían llegado al mismo proceso sin ponerse de acuerdo, y te sentiste acompañada como nunca al ver el brillo de tus ojos en otros ojos, y también te empezaste a reír mucho porque hay quien te adjudica etiquetas furiosas, poderes sobrenaturales por descubrir y nombrar aquello que te explica el mundo de maneras distintas. Por aprender.

“Esa vez, cada vez, algo pasó”.

Un día dejaste de pelearte con pronunciar tu feminismo y dejó de ser una palabra para ser tu cuerpo, ese tú que es yo. Y no perdiste tu capacidad de risa, de asombro y de disfrute, al contrario: se potenció de maneras que te provocan mucha satisfacción. Y ya no volviste a dar nada por hecho, ya no volví a dar nada por hecho excepto que mi cuerpo en movimiento seguirá experimentando aprendizajes y que no dejaré de estar al tanto de lo que aprendo porque eso que aprendo es algo que modifico y me modifica, algo que propongo y me propone, algo que hago y me hace. No hay forma de que esta dinámica se detenga ni de que esta conversación se termine cuando nos damos cuenta de todo lo que ha tenido que aprenderse, discutirse y vivirse para que alguien en lo individual pueda llegar a alguna transformación vital. Lo menos que podemos hacer es darnos cuenta de las estructuras que hay que modificar y tomar acciones en todos los niveles, comprometer el cuerpo y la narrativa para que lleguen las siguientes generaciones y continúen este aprendizaje que es de una, de uno, de todas y de todos.

*Todas las citas son de Sara Ahmed, traducida por Monserrat Acuña.

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