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Bienvenidos a Israel

Por Oscar E. Gastélum:

“We shall be better able to understand this situation,if we view the present discontents of the Middle East not as a conflict between states or nations, but as a clash between civilizations.”

Bernard Lewis

Una vez más mi amada Francia ha sido víctima de la vileza sin límites del terrorismo islámico. Pero esta vez la sede del indescriptible horror ya no fue la martirizada París sino la bellísima, diversa y pacífica Niza, lugar de veraneo por excelencia no sólo para los franceses sino principalmente para los turistas ingleses que suelen abarrotar sus playas en el estío. Y, en un plano mucho más personal, Niza es el lugar que mi única y adorada hermana eligió como hogar desde hace casi un año, y por ese motivo viví este ataque con una angustia inédita.

Y es que en esta ocasión los miserables asesinos no sólo eligieron cuidadosamente el lugar sino también la fecha, pues el 14 de julio el pueblo galo celebra su fiesta nacional, conmemorando la toma de la Bastilla y el inicio de la revolución francesa, heroico y sangriento capítulo del Siglo de las Luces y de la Ilustración, ese movimiento intelectual, científico y cultural, tan aborrecido por el islamofascismo salvaje, pues con sus ideales universales de libertad, igualdad y fraternidad, engendró al mundo moderno e inició el declive inexorable de los imperios islámicos.

No es necesario esforzarse demasiado para comprender el horror que vivieron miles de personas en esa noche aciaga. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, familias completas que pasaban un buen rato viendo los fuegos artificiales junto a la playa después de un día mágico en uno de los lugares más hermosos del mundo, y cuyas vidas fueron súbitamente destrozadas por un perdedor despreciable que, inspirado por una ideología mórbida y deleznable, embistió cobardemente a seres humanos inocentes, ciegamente convencido de que semejante bajeza le daría sentido a su mísera existencia, convirtiéndolo en héroe y mártir de una causa divina.

Porque a pesar de las justificaciones espurias de los imbéciles masoquistas de siempre, y de los ridículos y abyectos esfuerzos que hacen algunos cretinos por ocultar la verdadera raíz de este terrible problema, nadie que aspire a ser tomado en serio puede ya negar que el islamofascismo, ese cáncer ideológico que combina una obsesión malsana por la muerte con un profundo desprecio por la vida y un complejo de inferioridad cultural inocultable, está detrás de este nuevo crimen, y es un auténtica amenaza no sólo para la sociedad francesa sino para la europea, la occidental y para el mundo entero.

Un par de horas después del ataque, y en medio del caos y el shock producido por el impacto de la masacre, logré finalmente establecer contacto con mi hermana, quien milagrosamente llevaba una semana de viaje en Italia y trataba de comunicarse infructuosamente con sus amigos y vecinos en Niza para saber si estaban a salvo. Jamás olvidaré que lo primero que me dijo fue que no podía creer que estos despreciables trogloditas fueran capaces de usar camiones para atropellar sin piedad a sus víctimas: “¿cómo podemos defendernos de algo así?”, me preguntó con un nudo en la garganta.

Sí, el reto que Francia y el mundo entero tiene por delante es formidable y sumamente complejo, pero no podemos olvidar que hay un país que lleva décadas enfrentando a ese mismo culto, fanático y resentido, que ahora llama a nuestra puerta. Me refiero obviamente al satanizado e incomprendido Israel, país heroico y constantemente amenazado, que durante décadas ha sido la primera línea de defensa de nuestra civilización en contra de la barbarie islámica, y que ha aprendido a seguir adelante y a funcionar admirablemente bien pese al odio furibundo y a la obstinación intolerante y sanguinaria del enemigo, logrando victorias sumamente valiosas y también cometiendo errores gravísimos, de los que el resto del mundo podría y debería aprender.

Mientras escribía este texto la prensa internacional dio cuenta de un par de ataques terroristas más en suelo europeo en un lapso menor a 24 horas: Un refugiado afgano atacó con una hacha y un cuchillo a los pasajeros de un tren en Alemania al grito de “allahu akbar”, atentado que se adjudicó ISIS mediante un video en el que el joven terrorista de 17 años luce sonriente al tiempo que explica las “razones” de su inminente crimen. Mientras que, nuevamente en Francia, un hombre musulmán hirió gravemente a una mujer y a sus tres hijas, de 8, 12 y 14 años, en un centro vacacional alpino por considerar que vestían con ropa muy atrevida.

Este  pesadillesco panorama puede resultarle novedoso a los europeos, pero ha sido la realidad cotidiana de Israel desde hace décadas. Todo lo que hemos visto en los últimos días, el atropellamiento indiscriminado de peatones inocentes y la utilización de armas punzocortantes para apuñalar a civiles indefensos, son recursos que han sido empleados una y mil veces por los terroristas palestinos en contra de ciudadanos israelíes. Esta nueva realidad no va a desaparecer de un día para otro, y transformarla requerirá de mucha imaginación y fortaleza por parte de los gobiernos y los pueblos europeos, esos que durante tanto tiempo han juzgado tan dura e injustamente a Israel cada vez que se defiende de sus enemigos.

Sí, Europa ha sido mezquina e hipócrita al  juzgar con tanta severidad la guerra defensiva de Israel, un país que ha vivido en peligro constante de aniquilación durante la totalidad de su corta existencia. Sin darse cuenta de que el choque civilizatorio que Israel y sus enemigos han escenificado durante las últimas décadas terminaría extendiéndose irremediablemente al resto de Occidente y al mundo entero. Hoy, el futuro nos ha alcanzado y es momento de que reconozcamos que, como dijo mi admirado Sam Harris: “Todos vivimos en Israel, aunque algunos aún no se han dado cuenta.”

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