Ayuda y sonríe para la foto

Por Isabel Hion:

No es nuevo que nos vendan el veneno como medicina. Es parte de la historia de la humanidad, y pareciera que siempre encontramos una nueva vía para llamar a algo “salvación” mientras nos aniquila a nosotros mismos o al otro en el proceso. Desde hace ya unos años comenzamos a vivir la época del New Age de tienda departamental. Sobre todo si perteneces a cierto estrato, encontrarás mil maneras de venderte como progresista, open mind, activo con tu comunidad, sensible; alguien que dedica buena parte de su tiempo a construir una identidad de persona consciente, y que usará las redes sociales para encargarse de que todo mundo se entere de ello.

No digo que es algo malo; a nadie le viene mal una dosis de empatía y buenas maneras. Con suerte y haremos el planeta un poco más soportable para los demás y ti mismo, y te darás cuenta de que ya pasó de moda eso de ser un cretinito que a fuerzas debe caer mal e incomodar a todos alrededor sólo porque sí. Cuestión de escarbar un poco y descubrirás que, tras todo ese discurso, se esconde bastante tiempo libre, y que no es otra cosa que una serie de prejuicios y sentencias muy bien maquillados de progresismo. En realidad la cosa sigue igual: nos empachamos con los mismos discursos y los replicamos en todo lo que hacemos, nos juntamos con quienes hacen exactamente lo mismo y hablan igual que nosotros, nos creemos muy bien la mentira que somos seres superiores al resto por pensar y sentir más y, al final, sólo es una práctica estilizada de la intelectualización del espíritu.

Desconcierta ver cómo mueves un poco de su zona de confort a mucho intelectual, cualquier auto proclamado artista, cualquier bien llamado activista, y en la oscuridad practican las mismas actitudes intolerantes. Hay una necesidad enorme por restregarle al otro una bibliografía, por pedirte que escuches su verdad y abras los ojos, ya que indudablemente es la buena, y el no darte cuenta de ello es un chiste.

Hemos utilizado las herramientas de adquirir conciencia como una máquina de tortura para juzgar a los otros e, indirectamente, juzgarnos a nosotros mismos, porque seguimos sin ser felices. Las stories, las fotos de comida, los status en distintas partes del mundo, las frases inspiradoras, gritan: “Ayuda, veme por favor. Te juro que la paso bien”. Intelectualizar el espíritu y volverlo vendible ha sido uno de los mejores aciertos de la media; ya tocaba. Básicamente, cualquier práctica espiritual genuina la redujeron a esto, y con razón ahora todos suponen que eso es la espiritualidad, que ser consciente es una foto donde se ve que participas, que tú sí te preocupas, que estás conectado a todo y todos mientras no luches por el salario mínimo.

Pero seguimos sin sentir qué implica empatizar en serio con personas totalmente distintas a nosotros, e incluso contrarias, pensar en la humanidad del otro, sobre todo de quien nos encargamos de juzgar y desacreditar por ser distinto, bárbaro, vil, ignorante. Nos hemos preocupado tanto por convencer al otro de que estamos a años luz de la intolerancia de hace siglos, que ese fue nuestro primer error: creernosla, legitimarnos siempre a costa del otro. Y, bueno, nos llevamos entre las patas a todo aquel que no sea tan tolerante, tan consciente, tan enterado y culto, tan sensible, tan humano como nosotros. Un poco de Orwell y un poco de Huxley en el mismo escenario. Sonríe y sé bueno, o te cortamos la yugular y te expondremos en redes sociales. A ver cuántos likes me da esto.

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