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Aulas como trincheras

Por Alejandra Eme Vázquez:

“¿Cómo les llego a estos chicos?”, se pregunta el insufrible Eric Cartman en el episodio 5 de la temporada 12 de South Park (2008), cuando increíblemente consigue un empleo de profesor suplente y caracterizado como el “Sr. Cartmenez” enfrenta a un grupo de estudiantes difíciles que han perdido la fe en la escuela y en sí mismos. Entonces acude a los referentes comunes de la docencia, al arquetipo de profesor ideal que nos han dejado las películas, la opinión popular y hasta la historia: en una perversa combinación entre Edward James Olmos en Stand and deliver (1998) y Jeff Daniels en Cheaters (2000), Cartman instruye a sus estudiantes en el fino arte de hacer trampa y así de retorcidamente, los inspira para creer que de verdad hay otras opciones aunque al fin todo salga mal. Porque claro, es Cartman, pero hasta él se apoya en un concepto de docencia que nos es muy cercano y nos provoca reacciones que oscilan entre la admiración y la ignominia.

De entre todas las vocaciones, quizá sea la docente la que nos revuela más cercanamente, desde que decidimos jugar a la escuelita y nos armamos listas de asistencia ficticias con hojas recicladas; desde que en nuestra vida escolar nos encontramos con profesores que nos caen bien, nos motivan o de plano nos enamoran; desde que descubrimos la maravilla de explicar algo y que nos entiendan. Y muy en el fondo queremos creer que de verdad tenemos la capacidad de inspirar a otros con nuestro ejemplo, como José Elías Moreno en Simitrio (1960) o Sidney Poitier en To sir with love (1967), porque la docencia se trata también de saber desplazar el yo en beneficio de los demás, despojarse del ego mal entendido y saber reponerse ante la adversidad.

Cuando yo comencé a dar clases en comunidades rurales, en aquel ya lejano 1998 de mis dieciocho años, no podía evitar creerme el cliché del profesor que llega a cambiar a la comunidad como el Cantinflas moralino de El profe (1971), porque la propia comunidad así lo entiende y porque de verdad hay en los niños una cierta mirada que pide a gritos motivación. El profesor encarna una esperanza de superación muy especial en aquellos sitios que sólo conocen del gobierno las pocas dádivas que se intensifican en tiempos electorales, no más. Por eso es que recibir niños en un aula comunitaria representa la oportunidad de confiar en que pese a que la realidad se empeñe en aplastarlo, el libre pensamiento puede sembrarse como lo hace Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas (1999) o como nuestros normalistas rurales, que creen en la vocación y combaten la falta de recursos contra un Estado que los menosprecia, los amedrenta y los quiere silenciar. Porque les teme.

Y es que aunque hay quienes con su conducta parecen contradecir la vocación docente como el odioso Cartman o Cameron Díaz en Bad teacher (2011), es cierto que un salón de clases es un semillero en el mejor y mayor sentido. Los docentes tenemos poco tiempo con los alumnos a comparación de sus padres, sí, pero lo que hacemos con ese tiempo tiene la potencia de ponerlos a pensar, de prever comportamientos, de identificar y resolver problemas, de promover la convivencia… O de hacer lo contrario, claro. Pero en el mejor de los pensamientos, un profesor que ha encontrado la manera de proyectar su yo más positivo frente a los grupos puede emular a Robin Williams en Dead poets society (1989), aunque sin la teatralidad de subirse a los mesabancos porque la resistencia del mobiliario no da para eso. Cualquier docente sabe que las condiciones de un aula nunca serán las óptimas, pero contra otras profesiones eso puede resultar motivacional cuando sentimos que estamos salvando del infierno a gangsters potenciales, como Michelle Pfeiffer en Dangerous minds (1995).

Yo amo con locura la docencia principalmente por mi madre, a quien nunca he visto dejar de actualizarse y de reflexionar sobre su actividad desde que tengo memoria. Luego me he encontrado con profesores, compañeros, alumnos y personajes que han ido modelando mi idea de lo que la educación debe y no ser desde mi perspectiva. Porque ya en la docencia, es necesario mantenerse pensando en la perspectiva general y particular ante lo fácil que puede ser actuar por inercia. La docencia ejercida convencidamente transforma al docente más que a nadie, ya que exponerse de ese modo confronta hacia adentro más que hacia afuera; probablemente por eso es tan revelador y hasta adictivo dar clases, aunque hay que evitar el protagonismo a la Jack Black en School of rock (2003), porque los profesores no competimos sino que tenemos el lujo de observar cómo brillan los otros y lo que nos toca es garantizar un espacio de libertad. Y si bien los alumnos son capaces de adaptarse, aprender muchísimo y ser felices con, sin y a pesar de sus profesores, un ejercicio de aula bien pensado puede tener consecuencias extraordinarias. Hasta cambiar vidas, pues.

Desde mi trinchera, a casi 17 años de mis primeras clases creo más que nunca en que cualquier profesión debe ejercerse desde la autocrítica severa, como la que hace François Bégaudeau en Entre les murs (2008), porque a pesar de que todavía no entiendo qué me toca hacer en este mundo y quizá me lleve una vida resolverlo, sé que mi espacio de aportación está en compartir con mis alumnos todas las opciones que ya existen y las que podemos construir para adquirir una conciencia más clara de su lenguaje, su capacidad de creación, su participación en la comunidad, sus actitudes, su criterio, su papel como estudiantes y todo aquello que está en los programas de estudio que al menos en educación básica, son una maravilla. Y si todos reflexionamos todos ganamos, pero lo más curioso es que una vez que se enfoca la energía en los retos, los objetivos y los recursos, sí queda después de una jornada de clases esa sensación del deber cumplido para con la sociedad. Ya dentro del sistema, no podemos escaparnos de la cultura armada alrededor de la docencia y es inevitable, a veces, terminar el día sintiendo que estamos protagonizando nuestra propia película inspiracional. Más vale que sea buena.

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