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Arrival y su visión del tiempo

Por Nerea Barón:

Me gusta el género de ciencia ficción porque suele ser un Caballo de Troya: seduce de inicio por sus recursos espectaculares y sus sucesos extraordinarios pero, tras envolverte, emerge la tesis filosófica que la sostiene (y que normalmente no te fumarías, porque a-quién-le-interesa) y te comparte una visión distinta de la realidad o –según sea el caso– una crítica sobre la naturaleza humana que, extraída del contexto que conocemos, se muestra mucho más nítida.

Tal es el caso de Arrival, protagonizada por Amy Adams y dirigida por Denis Villenueve, ambos talentosísimos. Le cedo la palabra a los expertos en cine para hablar de sus logros estéticos –que no son pocos– pero abiertas las compuertas del Caballo, Arrival es ante todo una película sobre lingüística que, a su vez, sugiere una apropiación distinta del tiempo.

Para quien no la haya visto (y espero no spoilear demasiado), la película trata de la llegada de doce naves extraterrestres que se han estacionado en distintos puntos de la Tierra, despertando pánico social. Los líderes de los países involucrados intentan hacerse cargo de la crisis, cada uno a su manera, y la alternativa bélica está siempre latente como una solución que, desde la narrativa misma de la película, sabemos que sólo devendrá en más caos. Científicos de todo el mundo trabajan sin descanso para descubrir si vienen en son de paz y es ahí donde entra nuestra protagonista, Louise Banks, filóloga cuya misión es descifrar su lenguaje y aprender a comunicarse con ellos.

Y aquí entra la parte interesante: conforme lo va logrando, va cambiando su forma de percibir la realidad. La teoría de la comunicación en la que se basa este fenómeno se conoce como relatividad lingüística o como la hipótesis Sapir-Whorf. Según esta teoría, existe una relación entre las categorías gramaticales del lenguaje de una persona y la forma en la que ésta entiende y conceptualiza el mundo. Pensamos con palabras, y por eso, cuando cambian las palabras, cambia también el pensamiento: no es lo mismo, al momento de estructurar, si el verbo va en medio o al final, si podemos o no meter oraciones subordinadas o, en un nivel más llano, si tenemos o no las palabras para describir tales o cuales estados anímicos o tipos de relación.

En el caso de la película, tener acceso al lenguaje de los extraterrestres le permite a Louise Banks percibir distinto el tiempo. En una concepción no lineal de la temporalidad que recuerda a ciertas nociones orientales, el futuro ya ha pasado y la conciencia de ello le permite apropiarse de una forma nueva del presente.

Finalmente, ¿qué está cerca y qué está lejos? Nuestra concepción temporal suele ser enajenante: si le somos fieles a los episodios de nuestro pasado, por ejemplo, es sólo en tanto que nos identificamos con ellos y, a partir de esa identificación, establecemos una línea de continuidad imaginaria entre esos momentos y nosotros: los sentimos cercanos, los sentimos nuestros. Pero en tres meses caben miles de vidas, de la misma forma que un evento muy viejo puede sentirse vigentísimo mediante la evocación correcta y una imagen futura de uno mismo, sobre todo si es honesta, existe desde el momento en el que la podemos evocar: su materialización será sólo la consecuencia natural.

Tal vez no tenemos todavía, como la película propone, la posibilidad de ver el futuro, pero la emoción que me produjo Arrival vino de haber podido intuir la verdad detrás de su propuesta: tenemos el poder de plegar y desplegar el tiempo. La identidad adquiere otro cariz bajo esa luz: desatados del tiempo, somos sólo conciencia y, desde ahí, las posibilidades son mucho más vastas.

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