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Aristas de la otredad

Por Nerea Barón:

Somos víctimas –decía Machado– de un doble espejismo: Si miramos hacia afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde solidez y acaba por disipársenos (¿no nos estamos proyectando, repitiendo; no estamos cambiando con nuestra mirada la posición de la luz y de los cuantos; no estamos editando la realidad con nuestras expectativas y preconfiguraciones? El afuera no es el afuera, el afuera es el adentro intentando resolverse). Pero, si convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de afuera y es nuestro mundo interior lo que se desvanece (porque la culpa –lo sabemos– la tiene nuestra madre con su crueldad inherente, nuestra dieta de maíz y de priísmo; la vida en los trópicos, y ni hablar de nuestra lengua que es la lengua del Otro, ese afuera interiorizado que nos ha dado por llamar falsamente yo). ¿Qué hacer entonces?

Si tuviéramos que hacer un examen de conciencia, tendríamos que comenzar por nombrar los atributos que tiene nuestro Otro, esa entidad abstracta y simbólica que le imponemos violentamente a cada otro concreto que se nos presenta. Por ejemplo (y para que nos vayamos encuerando empiezo yo de una vez): mi versión de El Hombre es predatoria. Estar con él me despierta culpa y paranoia, porque me sé de antemano equivocada, insuficiente. Ése Otro me confisca los ojos y trastoca el mundo que veo.

Ahora imaginemos que llega a mi vida un bigotón llamado Francisco. O Federico. O Cecilio o Garzón. Incauto de mi lapidaria compulsión a la repetición, se sienta a mi lado en una banca y, mientras lo miro mirar la fuente, empiezo lentamente con la homologación (¿Se habrá enojado por lo que le dije? Quizá tenga que aclararlo. ¿Y por qué me soltó la mano?). Francisco Garzón es débil pero sensible, así que percibe cómo tiembla mi cuerpo empapado de adrenalina, pero al voltear a verme se olvida de percibirse a sí mismo y, clavado en mi mirada herida, se disuelve en mi gran Otro. Corte A: suelta un reclamo, como no queriendo, que me lleva a dar explicaciones y a disculparme durante la hora siguiente. Misión cumplida: él ya es Él y yo puedo seguir replicando tranquilamente mi infierno aprendido.

No obstante, de vez en cuando llega a ocurrir un milagro y Francisco Garzón —que para ese entonces ya es Joel o José Emiliano— me dice «no». Eslabón roto, se desarticula de mi cadena de significantes y por un momento puedo verlo a él y no al gran Otro que con tanta apremio le impongo. Mezcla de alivio y vértigo. ¿Quién es entonces El Hombre? En una apropiación lacaniana un poco libre, El Hombre no existe. Ni La Madre, ni La Ley. A lo vivo poco le importan las mitologías en las que lo circunscribas.

Así, la mujer del parque que hasta hace unos momentos era yo, mira a Adán mirar a los patos y sonríe: con que esto es vivir en el presente.

 

 

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