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Archivo sueño

Por Alejandra Eme Vázquez:

Jimena, mi hermana, tenía función de teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su obra sobre el terremoto del ’85 en la que actuaba con dos compañeras. Yo debería estar ahí para recibir al público, pero no estaba; le decían que me había retrasado para ir a buscar su credencial de elector. Ella pensaba que qué distraída yo, que cómo no me había acordado de que tenía dos credenciales. Entonces sonaba la alarma sísmica. Cinco para las siete. Evacuaban el edificio y salían justo para ver derrumbarse la Biblioteca Central; luego, la mitad de la Facultad. Mi hermana y sus compañeras estaban muy nerviosas: hablaban de algo, de lo que fuera, intentando tranquilizarse y entonces se encontraban a una de sus amigas, que al verlas respiraba aliviada y, nerviosa, tardaba en articular: “Encontraron un cuerpo destrozado a la entrada de la Facultad –les decía—, no se pudo identificar pero llevaba la credencial de elector de Jimena y creímos que era ella”. Entonces, Jimena entendía. Hablaba por teléfono con nuestra madre: “¿Estás sentada? Ale iba entrando a la Facultad cuando comenzó el temblor”. No hacía falta decir más. Ya en el carro de mi madre, lloraban. Mucho. Cuánto tiempo vamos a estar así, preguntaba Jimena. Unos días, luego nos vamos a tranquilizar y podremos lidiar con ello, respondía Madre. En el trayecto veían el mar. Jimena lloraba una y otra vez, hasta que abrió los ojos en su cama y no supo si seguir llorando: tardó un poco en asimilar que nadie tiene dos credenciales de elector, que la ruta de evacuación no era lógica, que mi madre no tiene carro, que no podían haber visto el mar. Era muy temprano cuando tocó a mi puerta (éramos vecinas entonces) y con los ojos todavía llorosos me dijo: “Siéntate, te voy a contar lo que soñé”.

¿Qué pesadillas tendría Sigmund Freud? ¿A quién le contaba sus sueños Luis Buñuel? ¿Hablaba dormida Sor Juana? ¿Qué tanto tardaba Remedios Varo en despertar? ¿Cuáles eran los sueños recurrentes de Calderón de la Barca? Se diga lo que se diga en la teoría y la creación, el sueño es una criatura escurridiza y eso es lo fascinante. Una cosa es cómo nos lo contamos y lo que dice de nuestra vida; otra distinta son las conexiones neuronales y el estallido de inconsciente que sucede cuando llegamos hasta esa puerta que sólo se abre para nosotros. Esa parte de la vida que pertenece a la no-conciencia es un tema permanente en todas las áreas humanas, porque es nuestro misterio más personal: al mismo tiempo lo creamos y nos es inaccesible por las vías de sentido acostumbradas. Desde tiempos muy antiguos, el sueño es semilla de revelación. Desde el psicoanálisis, es un espacio individual de resolución y manifestación, siempre oscuro y siempre interpretable. Pero eso sí, nadie sino el soñante tiene la llave de ese umbral, aunque haya científicos japoneses que trabajen en una máquina de proyección onírica (http://www.clarin.com/sociedad/ciencia-cerca-poder-leer-suenos_0_896310559.html) que lo único que ha demostrado de cierto es que el sueño “en bruto” se parece más a un espectáculo de pirotecnia que a una película. Somos nosotros quienes, al despertar, juntamos los residuos que nos deja la memoria y les damos forma de historia coherente. Pero ante todo, soñar es un espacio de exclusividad. Como las huellas digitales: mi sueño no es nunca, ni puede ser, igual al tuyo. Más aún: mi sueño de hoy no es ni puede ser igual a mi sueño de mañana. Quizá sea nuestro yo-onírico el que mejor registra cada mínima transformación que sufrimos, cada ligero cambio de perspectiva.

Era un teatro lleno, quizá el Helénico. Estaba a punto de comenzar el espectáculo, quizá un festival escolar, cuando llegó a ocupar su lugar Enrique Peña Nieto, sin guaruras. No se sentó inmediatamente sino que se quedó un buen rato observando al público con expresión burlona, como diciendo: “Aquí estoy, ¿hay algo que quieran decirme?”. Yo sentía la tensión y el enojo, pero algo me impedía reaccionar. En alguna parte de las butacas de atrás se oyó un “uno” ahogado, débil, seguido por un “dos” apenas audible. Yo quería decir “tres”, pero mi voz no me respondía. Yo quería decir “cuatro” y podía notar cómo todos ansiábamos continuar el conteo hasta el cuarenta y tres como en las marchas, como en los mítines, con la potencia del grito compartido y furioso, capaz de aplastar la soberbia del gobernante que por fin estaba ahí enfrente, en persona, mirándonos, impasible. Pero nada sucedía: estábamos silenciados por una fuerza mayor a todas las conocidas y me comenzaron a invadir una angustia y una frustración que no se fueron cuando desperté devastada, con la certeza de que soñar también es un acto político.

Lo que nos enajena y no, lo que legitimamos y no, lo que acordamos y no: nuestra percepción entera es la materia de los sueños. De la que estamos hechos, dijo Shakespeare y dijo bien. Soñamos con todo el cuerpo, piel adentro/piel afuera, y por eso podemos despertar masticando una almohada que en ese universo alterno era un pastel; pero también por eso el verbo ha extendido su significado a lo aspiracional y entonces John Lennon puede cantar aquello de “dirás que soy un soñador pero no soy el único”: si al soñar somos rebelión y revelación, búsqueda y hallazgo, quizá no sea un disparate afirmar que mientras una parte de nosotros está en vigilia, hay otra que sigue soñando. Y si de entre las representaciones el sueño es la más individual, quizá tampoco sea un disparate dialogar con lo onírico tanto como se pueda partiendo de ese principio que parece dicho desde el origen de los tiempos: que toda la vida es sueño y los sueños, dueños son.

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