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Aquellos que no amo

 

Por Deniss Villalobos:

Debo mucho
a aquellos que no amo.
El alivio con que acepto
que son queridos por algún otro.

Wisława Szymborska

Hace unos días hablaba con Virginia sobre la amistad. Alguien dijo que la idea de tener amigos era algo retrógrada porque los humanos no tenemos que aspirar a vivir en manadas sino a ser amables y empáticos con absolutamente todos. Estoy de acuerdo con lo segundo pero Virginia y yo no lo estábamos en lo primero. Mencionamos que tener un grupo pequeñísimo de personas con las que sabes que puedes contar cuando sea y en donde sea es fantástico; que es un alivio saber que aquellos tres o cuatro con los que podemos estar en casa viendo una película o hablando de tonterías o llorando o bailando o bebiendo o peleando, son personas que sin dudarlo estarán siempre que las necesites y tú estarás para ellas. Personas que nos cambian, que nos hacen más fuertes y mejores versiones de nosotros mismos.

La idea se quedó en mi cabeza y le he dado más vueltas porque regresé al tema luego de ver y leer parte de El libro de la selva. Llegué a la conclusión de que a mí me interesan las manadas. La mía, en especial. No necesito a muchas personas para sentirme feliz. De hecho, prefiero los grupos pequeños con los que puedo relajarme y soltar el escudo con el que me enfrento al mundo día a día. No voy por la vida desconfiando de todos pero confío plenamente solo en algunos cuantos. No necesito amar a todos para poder sonreír, ayudar o enojarme. No necesito, en resumen, amar a muchos. Parte de la familia en la que nací y parte de la que he elegido con los años son suficiente, sus aullidos me protegen y me hacen más valiente.

Puedo sentir empatía y dolor cuando algo horrible pasa en un lugar lejano. Sé que mi vida vale tanto como la de alguien que ahora mismo esté comiendo un helado en algún parque de una pequeña ciudad en Alemania y como la de un niño que pasa hambre en un pueblo de Honduras. De tener la oportunidad, ayudaría a un extraño si lo necesita. De tener mucho dinero lo compartiría con gente que lo necesita más que yo. Pero el espacio en mi corazón es reducido, y en un puño solo caben algunos nombres, lugares y momentos.

En él se reproducen las canciones que he amado y se escuchan las olas del mar en un día nublado. Hay pájaros y mandarinas. Llevo la vista desde la ventana de un avión y un bosque lleno de duendes. Lleva tatuado imágenes de las películas con las que he reído y en especial de aquellas con las que he llorado. A veces aparecen en color negro el nombre de pintores o escritores muertos. Pero, cuando hablamos de seres humanos, de gente que respira al mismo tiempo que yo, no encuentro espacio para cada rostro que he visto.

“Me gustas pero solo como amiga”, podría decirle a la humanidad, porque para hablar de amor necesito apellidos y colores exactos. Necesito mariposas en el estómago y un volcán explotando en mi pecho. Así que elijo las manadas. Elijo andar por la Tierra con un grupo reducido y usar nuestros colmillos y lanzas para defendernos. Elijo llorar más por unos y menos por otros. No deberle nada a casi nadie. Andar sin preocupaciones porque a cada persona que veo en la calle la ama alguien más, y eso está bien. Al final, como Wisława Szymborska, le debo mucho a aquellos que no amo, porque gracias a ellos puedo sentirme ligera y crecer flores en mi jardín para aquellos que amo sin sentir culpa porque no he plantado nada para el resto del mundo.

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