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Apología del 16

Por Alejandra Eme Vázquez:

Cuando era apenas una adolescente en su natal Bulgaria, a Vangelina Pandeva Dimitrova la arrastró un tornado durante dos kilómetros y resultó gravemente herida; como consecuencia de ello, quedó ciega. Entonces comenzó a escuchar una voz que le anunciaba acontecimientos futuros y al cabo de unos años se convirtió en “Baba Vanga”, una famosa vidente que fue consultada por los ricos y poderosos debido a la eficacia de sus vaticinios, como cuando insistió a su propio hermano que no saliera de su casa, éste no escuchó la advertencia y fue encontrado muerto al día siguiente. Baba Vanga falleció en 1996, pero hizo profecías como la fecha exacta de la muerte de Stalin, el terremoto de Bulgaria en 1985, los ataques a las Torres Gemelas en 2001, la desintegración de la Unión Soviética, el desastre nuclear en Chernóbil, el hundimiento del submarino Kursk en 2000, el tsunami de Tailandia en 2004, el Brexit o los ataques de ISIS. Y por supuesto, también dejó dicho cuál sería el año más nefasto de la humanidad. Ese año era, sí, 2016.

Si conectarnos con nuestra polivalencia como “seres humanos” es una cosa terrible, entonces sí podemos acusar a 2016 de delito mayor. En el banquillo de los acusados, le echaríamos en cara que fue descaradamente hostil con lo contestatario y lo disruptor, pero sumamente complaciente con lo peor del status quo; que nos aplicó la técnica de la Naranja Mecánica para que no pudiéramos cerrar más los ojos ante las descorazonadoras consecuencias de los discursos de odio, las desigualdades abismales, las injusticias y las violencias; que no nos dejó olvidar ni por un segundo el cambio climático; que recrudeció las diferencias vitales entre compañeros de mundo y nos hizo renunciar a afectos que parecían inamovibles. Por si esto fuera poco, el jurado no podría perdonarle a David Bowie, Prince, El Caballo Rojas, Umberto Eco, George Martin, Alan Rickman, Muhammad Ali, Chachita, Juan Gabriel, Gonzalo Vega, Leonard Cohen, Dario Fo, Betsy Pecanins, Fidel Castro, Josefina Ludmer, Luis Alberto Arellano, ni a todas las víctimas de la violencia sin pausas, cuyos nombres no alcanzamos a pronunciar sino como dolorosa estadística. Y ya que evidentemente el veredicto sería favorable para el ala acusadora, nuestro repudiado año se vería condenado al peor castigo que pueden tener los de su especie: pena de muerte. Y en pleno diciembre.

Los dulces 16 del nuevo milenio han sido pura pubertad de calendario. Pero también es que visto bajo este filtro, al menos yo no puedo recordar ningún año que no nos haya rebasado en algún punto, en varios puntos, en todos los puntos. Directa o indirectamente, siempre están pasando cosas terribles, no tan terribles, medianas, agradables, buenas, hermosas, maravillosas y extraordinarias en el mismo segundo en que usted lee esto, y esto, y esto otro. Al mismo tiempo. Y siempre ha ocurrido; quizá la diferencia no sólo es que ahora nos enteramos más, sino que por la situación de vulnerabilidad y la responsabilidad que cada vez se nos asigna con mayor fervor, nos hemos visto obligados a actuar en consecuencia, lo que a veces significa descubrir por primera vez con qué elementos contamos para hacerlo, nuestras carencias y puntos fuertes.

Porque cada quien tiene maneras de actuar que obedecen a una lógica personal. Esas maneras crean nuevos cauces o reactivan los antiguos, y en esos cauces nos vamos dando cuenta de que ya no es tan fácil como cuando éramos niños y jugábamos todos juntos, sin importar ideologías o performatividades. A veces duele, a veces no, pero me parece que este año tuvo justamente la rúbrica de ponernos en situaciones tales, que tuvimos que reconocer nuestras convicciones elegidas y defenderlas, en el mejor de los casos manteniendo abierta esa otra convicción, la de saber que no hay manera de que haya opciones correctas e incorrectas. Quizá por eso es que no puedo dejar de pensarlo como el parteaguas en que para las generaciones actualmente adultas, se revelaron costuras nunca antes vistas en los sistemas hegemónicos y eso nos llevó a muchos a buscar redes que de verdad tuvieran un efecto en lo inmediato. A voltearnos a ver, a tomar decisiones en nuestras micropolíticas y sobre todo, a hacernos cargo. Digamos que a esto de la búsqueda de libertades le hacía falta ese ajuste de tornillos que el nuevo milenio, en plena edad de la punzada, nos hizo favor de ejecutar hasta puntos bellísimos y dolorosísimos. Al mismo tiempo. De modo que antes que recordar este año como el peor que me ha tocado vivir, sólo me impresiona que no hubo ni un solo momento que se me haya ido en blanco.

Mi 2016 se trató de revisar, elegir, enfrentar causas y consecuencias. Busqué modelos distintos para relacionarme con las alteridades. Me asumí feminista sin reservas ni eufemismos en voz muy alta, fuerte y clara, y eso significó por un lado hacerme responsable de fundamentar, alimentar y disfrutar esa elección y por otro, renunciar al miedo de que cualquiera pueda tomarse la atribución de fiscalizar hasta la mínima cosa que hago o digo. Publiqué las violencias sexuales que he vivido y tal vez hice uno que otro ridículo en este sentido, pero fue un ridículo consciente y feliz para que las siguientes generaciones ya no tengan que soportar el ridículo silencio como carga. Lloré de emoción como receptora de literatura, teoría, cine, teatro, música y otras formas de reinvención y alternativa. Fui parte de redes honestas y hermosas en las que puedo compartir todo lo que antes sólo compartía conmigo. Acompañé y fui acompañada, como nunca. Estuve ahí para que mis alumnas y alumnos llegaran a aprendizajes inolvidables, como que las Tortugas Ninja se llaman así por pintores renacentistas. Adopté la desfachatez como forma favorita de existencia porque entendí que para el ojo censor y lapidario nunca va a ser suficiente, siempre va a haber algo que reclamar, nunca nadie va a estar a la altura de la pusilánime ilusión de “sintonía”. Escribí 47 columnas cuyas palabras me enorgullece haber cuidado, una por una, y tengo la oportunidad de dejar en ésta un recuento que no me reconforta en sí mismo, pero me hace más consciente de mí como ocupante de un espacio al que no voy a renunciar en tanto tenga medios para provocar, incomodar, resistir y sobre todo, hacerme cargo.

Perdonemos, pues, a 2016; mírenlo nada más, todo intenso, agotado e iluminador. Él no tiene la culpa de haber sido un año tan año. En su descargo, tampoco es que 2017 parezca prometer un remanso de paz, mucho menos con tantos filtros y criterios ya activados. Pero en lo futuro, cuando las fuerzas flaqueen y todo parezca más difícil de lo habitual, sólo hay que recordar que Baba Vanga vaticinó el fin del mundo para el año 5079. Así que aún tenemos tiempo de arreglarlo todo.

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