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Antimuseo de pájaros

Por Nerea Barón:

«Que haya cosas depende de la duración.

Si duran en lo mismo, hay pared;

si duran en movimiento, hay mirlo».

– Chantal Maillard

«¿No has tenido nunca un pájaro vivo apretado en la mano…? Lo mismo pero por dentro de la sangre», le dice María a Yerma para describir su embarazo[1]. Un pájaro vivo es apenas una evocación, un pálpito que se escapa, pues de apretarlo de veras moriría en el acto. Todo niño que nace es, pues, producto de una renuncia; la renuncia a poseer la sugerencia, a detentar el sueño encapsulado que crece dentro, sólo para sí mismo, impenetrable e inasible.

He perdido con los años el gusto por fotografiar pájaros muertos. De niña vi uno hermoso, azul brillante. En cuclillas, me quedé admirándolo un buen rato, pero al darle la vuelta estaba lleno de gusanos. Nada se conserva intacto. Nada se conserva. El mismo acto de querer conservar ya es una afrenta contra la vida. Todo museo guarda dentro de sí una mentira.

Y yo, que con cada abrir de ojos me hago nacer en un nuevo día, siempre otro, me siento de pronto lejos de toda narrativa. Me visitan palabras muertas, como si de recuerdos se trataran, pero ya no están y por primera vez lo sé de cierto. Cuántos de mis soliloquios no le he impuesto al mundo, pero hablar con los ausentes no es hablar; la conversación empieza cuando, empapada de otredad —de oídos, de manos, de lenguas replicantes—, está dispuesta a resquebrajarse, a tomar caminos inciertos y ser ella misma muerte y nacimiento.

Silencio. Nada nace antes de tiempo. Nada de lo ya nacido es nuestro. Demórate aquí, en la luz mayor, de este mediodía. Que te repten los seres vivos entre las piernas.  Que los días se abran como nueces. Milagro, miraculum. Prodigioso el despertar que deslava las historias, las certezas, los amarres del tiempo. La vida es abundante porque en su más puro acaecer no guarda nada, y si los nidos duran, es sólo porque los pájaros retozan en ellos día tras día.

Me gusta pensar que son lágrimas de madre las que vierto cuando el pájaro acurrucado entre mis manos emprende el vuelo. No mentiré: seguiré tirando migajas, pero el calor que deja, huella de su partida, ya no es mío, como tampoco su danza con el cielo. Los encuentros nacen también de una renuncia; de qué nos sirven las aves disecadas.

Se abre el horizonte. El resto del día llama.

[1]F. G. Lorca, Yerma.

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