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Anagnórisis

Por Alejandra Eme Vázquez:

«Ahora avanzo, he extendido por fin a todas partes el suelo que sostienen padre y madre con huesos confundidos, y sé bien qué camino me espera, cómo he de recorrer la festiva paciencia que me irá haciendo el familiar del mundo».

Anagnórisis, Tomás Segovia

El soberbio Edipo busca culpables sin imaginar que hallará su propia perdición; entre más quiere evitar su terrible destino, menos se da cuenta de que éste ya se ha cumplido. Así que al descubrirlo y unir los puntos de su propio origen, se le viene encima el mundo en un punto de revelación que aquellos griegos dieron en llamar ἀναγνώρισις, es decir, anagnórisis. En el heroísmo trágico de la antigüedad, la anagnórisis no da lugar al alivio sino a la locura: Edipo, por ejemplo, se golpea las cuencas de los ojos con los broches del vestido de su madre-esposa, muerta por propia mano, hasta que se provoca la ceguera. Ya no quiere ser testigo de un orden universal que ha permitido tanta destrucción; mirarlo le parece un acto cómplice. ¿Pero la fatalidad edípica es culpa de la revelación? No: darse cuenta sólo es trágico para quien ha elegido la peor ceguera, dice el refrán: la de no querer ver, viendo.

Darse cuenta, qué frase poderosa. Rendirse a sí mismo, uno mismo, el registro de lo que se va siendo a la luz de la observación, voluntaria o forzada. También son anagnórisis todos esos momentos en que un individuo reconoce una parte de su historia que lo explica, pero que le había sido ajena hasta entonces: desde las telenovelas hasta las comedias de enredos, pasando por nuestras propias reflexiones lúcidas o experiencias cambiavidas que nos hacen querer retomar historias inconclusas, pedir disculpas, perdonar, soltar amarras. Estamos expuestos a tantos estímulos, que es inevitable encontrar estaciones que nos devuelven la conciencia de ruta. Lo que llamamos realidad nos obsequia detonantes de revelación en muchos sentidos, en buena parte porque eso es lo que todos vamos buscando: pequeñas o grandes anagnórisis.

Tomás Segovia, huérfano desde muy chico, dice que cuando le preguntaban qué quería ser de grande respondía una frase hecha que no supo nunca explicar de dónde había sacado: “Cazador de selva virgen”. Y es hermoso pensar que de algún modo lo fue. El nivel de dominio del lenguaje de este poeta español nacionalizado mexicano es un prodigio: Tomás Segovia parece tenerlo todo en sus palabras. Pero tal vez justamente por esta transparencia, y por su búsqueda, hubo un tiempo en que necesitó viajar para buscar respuestas: viaje de dentro y fuera, su propia odisea personal. Y como el oráculo era la escritura, de 1964 a 1967, entre Montevideo y París, escribió en largo aliento un poema de revelación titulado, precisamente, Anagnórisis.

Y entonces encontramos que la anagnórisis no es un momento solamente y tampoco está destinada a acabar mal, a diferencia de aquellos griegos. En Segovia se trata de reconstruir el pasado a partir del presente, y resolver. Como un ritual, con el detalle de que el ritual es vivir. Segovia va tras orígenes por la selva del lenguaje, un lenguaje pasado por exploraciones profundas y nada complacientes que le dan dirección, sentido. Su poema, su anagnórisis, es un viaje que comienza desde los arrullos maternos que debe cantarse a sí mismo, porque no hay nadie más que los cante, hasta la contemplación de sí y del nuevo rumbo, que se adivina heroico porque ya es suficiente heroísmo habitar este mundo a conciencia. No hay en la anagnórisis de Segovia un “felices para siempre”; tampoco hay escándalo ni terror, sino la posibilidad de seguir: he ahí el poder de la revelación, que es ante todo motriz.

Cazadores de selva virgen, somos. Ya no héroes de tragedia griega ni individuos aislados. Tenemos plataformas para configurarnos mediante lenguajes, aplicaciones para recordar lo que hemos sido, registros por todos lados. Pero seguimos queriendo saber qué hacer, en búsquedas a veces solitarias y a veces de mano de otros. Ansiamos revelaciones. Y encontramos también la anagnórisis colectiva en este país y en este mundo que se dan cuenta y no, al mismo tiempo. Al tiempo de nosotros, que será en todo caso un tiempo de sanar. Aunque sea len, ta, men, te. La elección ante ello es nuestra, habrá que decidirnos: si avanzar sobre el suelo que sostienen quienes se han quedado en el camino, con huesos confundidos,

o sacarnos los ojos.

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