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Ana Alejandra

Por Alejandra Eme Vázquez:

El ciclo escolar 1998-1999 lo pasé dando clases de primaria en la comunidad Los Puentes, Aguascalientes, por parte del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE). Había terminado la prepa y me moría de ganas por entrar a ese programa del gobierno en el que capacitaban a jóvenes para ser profesores rurales. Así que me capacité, hice mis prácticas y recibí el documento en el que me asignaban esa comunidad, a la que llegaba en una hora desde mi casa: cuarenta minutos en camiones, veinte minutos caminando. Cuando llegué el domingo antes de comenzar el ciclo escolar, descubrí que ya estaba ahí quien sería mi compañera encargada del preescolar; se llamaba Ana y era tan simpática, que hicimos buena mancuerna desde el inicio y hasta el día de hoy somos grandes amigas.

Fuimos, dentro de lo que cabía, una dupla ejemplar de instructoras comunitarias, que era el nombre que nos daba el CONAFE porque técnicamente no éramos profesoras. Por supuesto, todos en la comunidad nos decían “maestras” y nos hablaban “de usted” por más jóvenes e inexpertas que nos viéramos. Estaban acostumbrados a tomar todo lo que les llegaba como dádiva y habían visto cualquier cantidad de escándalos entre los instructores comunitarios de años anteriores, por lo que les parecía un buen negocio tratarnos como gente grande a cambio de nuestro entusiasmo y nuestro empeño por organizar proyectos que los involucraban. Yo creo que les dábamos ternura.

Doña Martha era una mujer muy joven que vivía en la casa más pequeña de la comunidad. Tardamos mucho tiempo en conocerla, porque salía muy poco y siempre estaba haciendo tareas domésticas. Pronto supimos por qué: Doña Martha tenía quince hijos. Ya entrado el ciclo escolar, comenzamos a tratarla y aunque con toda razón su ánimo estaba siempre disminuido, nos llevamos muy bien con ella. Varios de sus hijos iban a nuestras clases, la mayoría de ellos intermitentemente porque estaban más preocupados por conseguir algún trabajo que por pasar la mañana dentro de un aula; con todo, y ya que la única obligación de las familias de la comunidad era arreglar nuestro hospedaje y alimentación a cambio del servicio que les prestaba el CONAFE, a mediados del ciclo escolar Doña Martha nos ofreció a Ana y a mí que los martes fuéramos a comer con ella.

Un buen día supimos que quince hijos no habían sido el límite: después de recibir una de las esporádicas visitas de Antonio, su esposo, quien trabajaba en Estados Unidos, Doña Martha estaba embarazada de nuevo. Todos decíamos por lo bajo que cómo era posible, que en esa casa no podía haber ya más niños, pero en la vida cotidiana nada parecía distinto y la directamente afectada nunca se quejó. Por el contrario, aprovechó un martes para pedirnos encarecidamente a Ana y a mí que amadrináramos a su bebé; por supuesto, aceptamos. “Si es niña, se va a llamar Ana Alejandra”, nos dijo. Y fue niña, y así se llamó. Aunque éramos muy jóvenes como para entender la carga simbólica de ese acto, sí nos impresionó mucho saber que no sólo quedaría nuestro recuerdo en aquel lugar, sino que una persona llevaría de por vida nuestros nombres.

Llevamos, pues, a bautizar a Ana Alejandra. Le compramos regalos, aportamos dinero para la fiesta y representamos el papel de madrinas hasta el último día de nuestro servicio en esa comunidad.

¿Qué podía saber yo sobre docencia a los dieciocho años, más preocupada por mí misma que por cualquier otro ser humano? Nada. Y estoy convencida de que esa ignorancia fue la única forma de vivir una experiencia así, pues si hubiera tenido conciencia de lo que estaba atestiguando, muy seguramente no hubiera sabido cómo reaccionar. Al iniciar el ciclo escolar 1999-2000, Ana y yo fuimos elegidas como capacitadoras de otros instructores y nos dedicábamos a visitar distintas comunidades, pero todavía nos dimos tiempo de visitar Los Puentes varias veces. Luego dejamos CONAFE, pero con cierta frecuencia nos llamaba por teléfono alguna señora o nos invitaban a alguna fiesta, e íbamos. Cada vez que íbamos le llevamos a Ana Alejandra regalos y dinero, que Doña Martha nos agradecía mucho, y así la vimos cumplir tres años. Pero después ya no pudimos, o no supimos, hacer más.

Cuando comencé a comprender todo lo que había presenciado en los años que estuve en CONAFE, vinieron de la retrospectiva los sentimientos encontrados que a mis dieciocho años no estaba en condiciones de tener. Y se fue haciendo difícil visitar de nuevo aquel sitio donde tan felizmente había jugado a la escuelita, quizá en parte porque sabía que lo que antes me había parecido tan natural ahora lo podría entender de muchas otras formas y era descorazonador. La corrupción del comisario ejidal, la manipulación de recursos, el paternalismo, el descubrimiento violento de la sexualidad en los niños, todo de repente se me reveló en su absoluta crudeza y me conformé con la silenciosa resolución que la vida había tomado por mí sobre no volver a Los Puentes. Probablemente a Ana le ocurrió algo similar, pero nunca lo hemos confesado abiertamente porque eso significaría aceptar que incumplimos nuestra promesa de mantenernos en contacto y con más pesar en lo que respecta a Ana Alejandra, nuestra ahijada.

Y es aquí donde deseo que de algún modo, los nombres funjan como amuletos. Porque hay ocasiones en las que lo único que puede hacerse es desear.

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