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Alicia: una niña de siglo y medio

Por Alejandra Eme Vázquez:

 

“No creo haber escrito todavía nada digno de una verdadera publicación,

pero no desespero de hacerlo algún día”.

Lewis Carroll

 

Cuando se comienza a narrar una historia, surge una fogata que se va alimentando según el compromiso de quien cuenta: cuántos detalles añade, qué cuidado tiene en construir los espacios, cómo traza a los personajes. Si el fuego se aviva lo suficiente, convocará no sólo a sus receptores iniciales sino a todos quienes deseen sentir el calor vivo de lo que comienza a fraguarse cuando es contado, y esta pequeña comunidad puede crecer conforme la fogata se convierte en un ente autónomo, uno que se alimenta a sí mismo por el impulso de contar, por un lado, y la disposición de recibir historias, por el otro.

Puedo imaginar perfectamente a Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll, haciendo surgir una de esas fogatas inagotables en las conversaciones con Lorina, Alice y Edith Liddell, mientras les improvisaba la narración de las aventuras de Alice, la niña que viaja a un mundo subterráneo para encontrarse con personajes disparatados que la hacen aprender grandes lecciones sobre sí misma y sobre el mundo de los mayores. Puedo imaginar a las Liddell embebidas en el universo que se estaba construyendo exclusivamente para sus sentidos, atesorando cada palabra para después exigir absoluta coherencia al narrador o hacer notar algún cabo suelto, porque las historias entrañables dejan muy pronto de pertenecer sólo a quien las inventa, para ser en la misma medida de quien las escucha o lee.

Quizá puedo imaginarlo tan bien porque yo misma tuve mi fogata particular cuando mi padre, en mi niñez, inventaba para mí historias entrañables que tenían siempre a un mismo protagonista: el “Piripicho Popoch”, invención de ese señor Eme que en los trayectos en auto hacia mi escuela me proponía tres títulos para que yo eligiera el que finalmente se convertiría en la historia de esa mañana. Por eso me siento en condiciones de adivinar la expresión de alegría en la cara de Alice Liddel, la preferida de Dodgson entre las tres hermanas, al recibir el manuscrito de Alice’s adventures under ground como regalo exclusivo en la Navidad de 1863, con todas las peripecias que ya había escuchado protagonizar a la niña que llevaba su nombre, ahora por escrito. Imaginen la dimensión de ese regalo: un único ejemplar, con una única destinataria, de un autor que no ocultaba su fascinación por esa niña a la que retrataba cuanto podía, en fotos y en historias que parecían permitirle ser siempre hermosa, siempre niña y siempre brillante.

Qué privilegio es tener historias a la medida y, ahora que lo pienso, qué alivio que yo nunca le pedí a mi padre dejarme por escrito los cuentos del Piripicho Popoch. Tal vez me hubiera pasado, evidentemente en una escala mucho menor pero en la misma dirección, lo que le pasó a Alice Liddell: que una vez hechas libro las aventuras de su tocaya, éstas se fueron haciendo menos suyas para ser de todos los que las leían y se enamoraban de Alice-personaje al instante. Cómo no enamorarse de una pequeña dama victoriana de siete años que se ve constantemente contrariada por la falta de modales de un grupo de seres extraños que la confrontan con formas de ser contrarias al sentido común, pero que al final sortea cada situación, toda ella encanto e inteligencia.

Así como el Piripicho Popoch fue sólo mío, la Alice que perseguía un conejo blanco para llegar al mundo subterráneo se propagó rápidamente en el imaginario de quienes accedían al manuscrito que Dodgson había regalado a Liddell. Hasta que el autor recibió propuestas de publicar el libro y, convencido por sus seres queridos, puso manos a la obra: el compendio de aventuras dejó de ser un regalo exclusivo para ser un proyecto editorial. Charles Lutwidge Dodgson añadió a la historia al mítico gato de Cheshire y la célebre fiesta del té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo; cambió el nombre a Alice’s adventures in Wonderland y firmó el libro con el seudónimo que se había acuñado años antes y que fue formado con la adaptación e inversión de la traducción latina de sus dos nombres: Carolus y Ludovico. El seudónimo “Lewis Carroll” estaba destinado a una fama que provocó eterno conflicto al reservado Dodgson, quien debió enfrentar la celebridad para la que no estaba preparado, ni dispuesto.

Pero más allá de eso, en la fogata que inició tres años antes con las Liddell pronto ardieron como nunca el sinsentido y la maravilla. El 26 de noviembre de 1865, Alice’s adventures in Wonderland fue publicado con ilustraciones de John Tenniel y fue un éxito inmediato que ahora celebra un siglo y medio de reunir a multitudes alrededor del fuego para contarles una y otra vez la historia de Alicia y sus siete años, Alicia y su educación victoriana, Alicia y su aceptación del disparate, Alicia que en 1871 volvería a Wonderland en un nuevo libro de Lewis Carroll, quien quiso conservarla idéntica, con sus siete años, para que se encontrara de nuevo consigo misma a través del espejo.

Las historias que suceden en no-lugares o universos alternos tienen la posibilidad de ser abrazadas sin reservas por sus receptores, ya que el lugar inventado es el lugar de todos. Así como Macondo, Cuévano, Neverland, Santa María, Hogwarts, Tierra Media, Fantasía o Yoknapatawpha, tenemos en Wonderland un mundo que no depende de geografías conocidas y por tanto, nos pertenece de una manera distinta a cada uno. Y no deja de actualizarse, porque habrá sentido común siempre que haya comunidad. La genialidad de Dodgson/Carroll, y lo que se le ha criticado y elogiado por igual, fue precisamente crear una maravillosa fuga al sistema del sentido común a partir de una lógica que no deja de serlo, sino que propone maneras alternativas de funcionar y en esa tarea, nos hace mirar reveses y costuras que de otro modo quizá no veríamos. Lo que resulta de ese viaje es todavía causa de asombro y no es para menos, si a sus 150 años de edad Alicia sigue siendo niña, hermosa, lúcida: inextinguible.

(Ilustración: Leonard Weisgard, 1949)

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