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Al ras del sueño

Por Nerea Barón:

A veces juego, cuando me siento bien, a perder cosas. ¿Qué haría sin mis padres, sin mi trabajo, sin mis piernas? Nada, pienso. Seguir siendo yo. Abrir nuevos caminos. Volverme, a partir de eso, más sensible, más sabia, más fuerte. No puedo perder nada que me arranque la certeza –ese perecedero trasunto de la fe– de que hay camino, de que todo suma y de que estoy más allá de toda circunstancia, pues todo lo que pasa es sólo un espejo, una proyección, una simulación y un aprendizaje.

En esos momentos recuerdo lo que el maestro zen Suzuki contestó cuando le preguntaron qué se sentía estar iluminado: «Es lo mismo que tener una vida normal, pero dos centímetros arriba de la tierra». Fantaseo –y el sólo fantasear evidencia que disto mucho de alcanzar ese estado– con estar en medio de una lluvia de gritos en una oficina o escenario semejante, alzarme de hombros y decir «yo no juego este juego». Salir por la puerta con la frente en alto y el corazón calmo, con la convicción de que mi supervivencia no está en juego, ni mucho menos mi nombre, que ni siquiera tengo.

«Mientras más alto volamos, Mariana, nos duele más la caída», dice la canción. La fantasía llega a tope cuando, en una circunstancia de mucho menos gravedad, flaqueo. Se abre la puerta del miedo y un desamparo me inunda. Entre el mundo y yo, ya no hay resquicio, ya no entra el aire. Me vuelvo mis circunstancias, apremiantes de golpe. «Trabajo» y «dinero» resuenan como condenas de muerte y de pronto ya soy sólo cuerpo, un cuerpo que respira con dificultad, pesado e inerme a la merced del mundo.

Duda, vergüenza, culpa, temor. Terrible pensar que muchos de estos sentimientos son los que nos anclan, los que nos insertan en esta realidad de coches, de reglamentos, de impuestos. Ser pero no ser mucho. Caminar pero caminar a tientas. Expandirte pero no tanto como para dejar de cumplir. «Un pie dentro y otro afuera», me digo, pero mi cuerpo sigue hundiéndose más y más en la espiral de los no soy, de los no puedo. «Dos centímetros arriba de la tierra», me repito. Si he de conquistar una libertad es la siguiente: decidir por cuenta propia qué es importante, decidir de qué manera lo es, y darle espacio.

A veces juego, cuando me siento bien, a perder cosas. A veces las pierdo de verdad. Tal vez falte tiempo antes de que pueda dejar de vivir al ras del suelo pero me conformo, mientras tanto, con no olvidar que en realidad vivo a ras del sueño: ¿esto es importante? Lo es en tanto representación. La obra debe salir bien, eso es todo.

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  • Nadie

    Sucede que existe un momento en la vida que todo te es arrebatado, todo, y el ras del suelo deja de ser un imaginario, y se vuelve Tierra, y uno se a-terra. De tus pies salen raices, que se extienden por todo tu alrededor y si quieres, enraizas a toda la Tierra. Esa tierra que ya eres te muestra que has vivido, has comido, has tenido casa, no por lo que tu crees, no por tu trabajo, no por todas las listas de acciones y sus consecuencias, sino vives porque eres Tierra que contiene todo, de la cual nacen todas las cosas. No pierdes nada solo dejas caer semillas. El aterrado, el que hace Tierra, es como el maestro Taoista que dice, Un sabio sabe que no tiene que hacer nada, no sale de su cuarto, porque si el mundo lo necesita, el mundo entra por su ventana.

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