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Al diablo la escuela

Por Deniss Villalobos:

En los cuentos de hadas es común que uno de los personajes, cuando anda por el bosque, se encuentre con que el camino se divide en dos. Entonces la niña con la capa roja y el hombre en busca de una rosa deben decidir por dónde continuar; en cuestión de segundos deben seguir por alguno de los caminos esperando que éste los lleve a la casa de la abuela o a un tranquilo paraje sin ser completamente conscientes de que en el otro hay lobos y bestias esperando en la oscuridad. Y por aterrador que suene, en la vida real la decisión es aún más difícil.

Por mucho tiempo nos dijeron que hay un solo camino y solo un lugar al cual llegar: vas a la escuela, consigues un trabajo, vives solo, tienes una casa, un esposo o esposa, un hijo, un perro, sigues trabajando hasta que un día dejas de hacerlo y algún tiempo después, mueres. Quizá tuviste algún nieto, visitaste un par de lugares interesantes durante tus vacaciones, comiste cosas deliciosas, lloraste en el cine, bailaste y te reíste. Si tuviste suerte. Pero la imagen general es ésa y cualquier alteración en el plan se percibe como un error. Si no hay un trabajo al que tienes que conducir diario y pasar ahí ocho horas, o si no hay pareja, o si hay mascota pero no hay hijos… lo que sea que hagas “diferente” recibirá críticas por parte de aquellos que decidieron seguir el plan al pie de la letra.

La cosa es que, si ir a la escuela, trabajar, casarte y viajar por el mundo con el dinero de tu jubilación te hace feliz en cada etapa y funciona para ti, entonces el camino que tomaste fue el correcto. No fuiste Caperucita perdida en el bosque ni encontraste que el lobo se hacía pasar por tu abuela cuando llegaste a casa, pero para otras personas perderse en el bosque y nunca llegar a ningún lado es lo ideal. Las opciones son muchas; tomarte un año para quedarte en tu cama leyendo cientos de libros o viajando con una mochila en la espalda; no ir nunca a la universidad y empezar a trabajar en un café hasta que encuentres la forma de abrir el tuyo o, si quieres, no hacer absolutamente nada y dedicarte a observar a los insectos en el parque hasta que todo el pelo se te ponga blanco. No hay solamente un camino y no hay un destino único al cual todos debemos llegar.

Ya escribió Alejandra Eme Vázquez sobre los problemas del sistema educativo y Luis Reséndiz sobre otras formas de aprender y cuán importante es cuestionar. De Mars Aguirre ya se opinó y se volvió a opinar, pero aunque no tengo mucho que agregar, quería decir que sí se vale. Sí hay otros caminos. Sí hay razones para estar enojados y decir “al diablo la escuela, me uniré al circo”. Muchos hemos pasado por lo mismo y la única diferencia es que no grabamos un video que fue visto por miles de personas. Me identifico con esa chica de pelo corto haciendo un berrinche frente a la cámara, no solo a los quince o dieciséis años, sino también cuando entré a la universidad, cuando cambié de carrera tres veces, cuando me di cuenta que lo mío no era sentarme en una banca todos los días y hacer tarea y contestar exámenes pero que podía aprender de otras maneras, porque decirle adiós a la escuela no significa despedirte del conocimiento, del aprendizaje y mucho menos del trabajo.

Quizá hace falta un cuento de hadas en el que un personaje se quede sentado sobre una roca e ignore los dos caminos. Uno que se suba a un árbol, que se meta a una madriguera, que camine entre los arbustos, que se una a una familia de hormigas, que decida volverse oso, que se regrese a su cabaña y se quede ahí para siempre, plantando papas y tocando la armónica. Algo que podamos leerle a los niños antes de dormir y les diga “hay muchas formas de andar por esta vida; tú decides”. Pero, probablemente, lo que más hace falta es que respetemos las decisiones que las personas toman sobre su futuro, intentar orientar y ofrecer opciones, en lugar de dictar reglas para que, llegado el momento, todos puedan decidir qué quieren hacer, pues a veces parece que más que perseguir nuestros sueños lo que hacemos es cazar y destruir los de los demás.

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