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Ahí donde no somos invencibles

Por Nerea Barón:

Defense is paper thin Just one touch and I’d be in Too deep now to ever swim against the current.

Vindicated, Dashboard Confessional

 

Es común que se retrate a los superhéroes llenos de defectos, es parte de su gracia: tener un superpoder no los exime de tener vicios de carácter, demonios internos, pasiones e inseguridades. Se sabe, pese a ello, que al final del día salvarán el mundo. El mundo depende de que puedan atravesar ese espectro de ego, de debilidad o de miedo para ponerse al servicio de un bien mayor.

No sé suficiente del género para ahondar más en la materia; si se trata de un mero recurso narrativo para generar empatía entre los espectadores, para darles verosimilitud o para construir un clímax con más aristas, no lo sé. Sé, sin embargo, algo: la fuerza adquiere mayor impacto cuando se transparenta el seno de debilidad del que emana; es ahí en donde el deseo se manifiesta; el deseo que es falta, salto al vacío, reconocimiento de lo que no se es, de lo que no se tiene.

Hablo de superhéroes porque se me hacen la figura por antonomasia del supuesto poder. Valga la redundancia: si algo los caracteriza es que tienen poderes de los que el resto carecemos. Y ahí reside su condena: no pueden no poder, más que por momentos específicos; es su deber levantarse y volverse a levantar las veces que haga falta. En otro momento he disertado sobre su convicción secreta, aquella que los hace distintos más allá de su superpoder; pareciera que el compromiso con su misión es tal que se sobrepone al dolor y a la duda, y eso, en todo caso, es lo que deberíamos de aprenderles.

No obstante, pienso en ellos y los imagino abismalmente solos. Una vez más me faltan referencias: sé que a veces pelean en equipo, sé que al menos un par tiene una pareja estable, ¿pero qué tan deseable es una vida en la que la salvación siempre tiene que venir de uno mismo? Será que a mí no me ha picado una araña radiactiva ni he sido sujeto de un experimento del gobierno pero, cuando la humildad me alcanza, no puedo sino agradecer mi no poder, porque en ese no poder, en ese flaquear del yo invencible, aparece un espacio para el otro que, desde su abundancia que no es la mía, puede extenderme la mano.

Si el yo se bastara a sí mismo, la comunidad no tendría sentido. Desde ahí, me gusta creer que las películas de superhéroes enseñan tanto o más sobre la debilidad que sobre la fortaleza pues ésta última se vuelve una debilidad cuando, lejos de conectar, desconecta. En todo caso, ellos y nosotros nos parecemos en algo: vivimos en un mundo en llamas que, desde su estertor, nos pide también que le extendamos la mano.

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