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Afectos perros

Por Alejandra Eme Vázquez:

A Fiona, Rufo y Jack. Perdón por tanto.

Nadie significa con tanto ahínco como los perros. Si un día tomas cualquier objeto para jugar con ellos, después nadie les va a quitar de la cabeza que cada vez que tomes ese objeto deben ponerse alerta como aquella vez. Y se ponen contentísimos, enérgicos, con la misma actitud de cuando sí tenías ganas de corretearlos y que te corretearan, e incluso si les muestras tu fastidio ellos interpretan que es parte del juego y no hay poder, al menos no poder humano, que los convenza de lo contrario. A los perros les cuesta entender el rechazo y no lo dan por hecho excepto cuando han sido verdaderamente lastimados, una y otra vez, hasta que no les queda de otra más que reaccionar con miedo cuando alguien se les acerca. Y una mirada de perro triste es la tristeza misma, porque representa el fracaso de toda una civilización que dice esforzarse por apaciguar los instintos de violencia pero la verdad es que los descarga con los más vulnerables, con los más indefensos y con los más nobles. Y quién más noble que un perro que confía, absolutamente, y que cuando no entiende algo sólo atina a mover la cabeza de ladito como si la nueva perspectiva le permitiera ver, o quizá oler, algo que no había percibido.

Si se trata de conmover hasta puntos insospechados, las historias perrunas son infalibles. Ya sea un video en el que un perro que ha sido maltratado toda su vida es acariciado por primera vez o la foto de un cachorro que juega con un calcetín, no hay manera de contener la ternura y en su caso, algún grado de lagrimeo. En lo personal hay dos historias de fidelidad canina que me ponen muy mal, y no creo que sólo a mí. La primera es la del famoso perro Hachiko, que sí existió y que esperaba en la estación del tren por un amo que ya había muerto, durante años, a tal grado que hizo comunidad con los comerciantes y viajeros que cuidaban de él todos los días; en la obligada película gringa, el tal amo fue personificado por Richard Gere, quien por cierto tiene un aire de perro simpático como lo demuestran los primeros resultados de esta búsqueda en Google. La otra historia me es memorable porque nunca me esperé que me causara una reacción tan visceral y mucho menos que esa reacción se repitiera, hasta la fecha, cada que la veo: se trata del final de “Jurassic bark”, el séptimo capítulo de la cuarta temporada de la serie animada Futurama, en el que Fry, el repartidor de pizzas que por un error se criogeniza en 1999 y despierta mil años después, encuentra fosilizado a su perro Seymour (“Seymour Diera”, le pusieron en español para mayor empatía) y planea revivirlo, pero desiste cuando descubre que tuvo una larga vida porque infiere que eso equivale a que fue feliz sin su amo. Podríamos creer que así fue hasta que la escena final del capítulo revela lo que sucedió con Seymour cuando Fry desapareció y nos demuestra lo que ya sabemos pero olvidamos cada tanto: nadie espera con tanta amorosa necedad como los perros. Nadie.

No odio a los perros, ¿quién osaría odiar a los perros?, pero no puedo con ellos. Me enoja su lealtad transparente porque no sabemos corresponderla porque nos hemos inventado que nada puede ser tan sencillo, tan directo, tan libre de malas vibras como lo es en el universo canino. En algún punto los perros aceptaron nuestra compañía y sólo ellos entendieron a cabalidad el amor que nosotros creamos como concepto frágil que rompemos cada que podemos, o sea siempre. Eso me parte el corazón. Sobre todo cuando me reconozco en ellos significando con ahínco, incomprendiendo el rechazo, esperando lo que no llega nunca, confiando sin reservas, haciendo la cabeza de ladito para ver si así entiendo algo, pero sin ese modo que bien podríamos llamar pureza o desinterés o vaya usted a saber qué es lo que los mantiene en ese canal a salvo de la mezquindad humana, hasta cuando se topan de frente con ella. No lo sé. Sólo sé que desde hace un tiempo, todos los días deseo que los perros triunfen en sus planes de apoderarse del mundo y nos sometan y nos domestiquen, a ver si de una vez por todas entendemos cómo querernos es mucho más fácil y más generoso de lo que hemos creído aprender en todos estos siglos.

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