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Advertencia

Por Deniss Villalobos:

Aunque tú no lo sepas, puede que en la casa de al lado viva una bruja ahora mismo. O quizá fuera una bruja la mujer de los ojos brillantes que se sentó enfrente de ti en el autobús esta mañana. Pudiera ser una bruja la señora de la sonrisa luminosa que te ofreció un caramelo de una bolsa de papel blanco, en la calle, antes de la comida. Hasta podría serlo —y esto te hará dar un brinco—, hasta podría serlo tu encantadora profesora, la que te está leyendo estas palabras en este mismo momento. Mira con atención a esa profesora. Quizá sonríe ante lo absurdo de semejante posibilidad. No dejes que eso te despiste. Puede formar parte de su astucia. No quiero decir, naturalmente, ni por un segundo, que tu profesora sea realmente una bruja. Lo único que digo es que podría serlo. Es muy improbable. Pero —y aquí viene el gran “pero”— no es imposible.
Roald Dahl, Las brujas Son las malditas brujas empeñadas en buscar
a los groseros, y mentirosos, y a los que estudian mal.
Cri-Crí, Las brujas

Dicen que cuando crecemos los monstruos que nos asustaban de niños se transforman, pues ya no nos tiemblan las piernas al pensar en el Coco pero sí al revisar nuestro estado de cuenta, no cerramos los ojos con fuerza ante la idea de un fantasma pero sí al escuchar una noticia aterradora en el noticiero de la noche, y probablemente si el corazón nos late con fuerza antes de mirar bajo la cama sea porque buscamos a un ladrón y no a un monstruo de ojos rojos y garras negras.

Hay algo de razón en esa idea, porque crecer no significa dejar de estar asustados, ser adulto no quiere decir que estamos a salvo. Después de todo, miedo significa “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”, y los daños y riesgos reales o imaginarios están en todos lados.

Lo que no me parece muy cierto es que los miedos se transformen, al menos no en todos los casos. En el mío los miedos solo se multiplicaron. Ahora le temo a no encontrar un trabajo o encontrar uno que me haga sentir miserable, a no terminar nunca una carrera universitaria y a decepcionar a mis padres, le temo a la inseguridad en las calles y a las muertes que lejos o cerca son siempre dolorosas, pero al mismo tiempo le sigo temiendo a las brujas malvadas, a los fantasmas y a la oscuridad. Quizá ser adulto tampoco significa despedirse del niño que fuimos, sino tomarlo de la mano y compartir sus miedos.

¿A qué edad nos deja de dar miedo ir solos al baño por la noche? ¿Cuándo deja de pasar por nuestra cabeza que los ruidos extraños que se escuchan en la casa se deben a que está embrujada? ¿Cómo hacemos para pasar por un cementerio sin sentir que nos está siguiendo un ser que, a pesar de no pertenecer al mundo de los vivos, podría hacernos daño?

Cuando era niña me daban muchísimo miedo dos cosas: una era la película “Las brujas”, basada en el libro de Dahl que lleva el mismo nombre, donde un grupo de mujeres espantosas y terribles quieren acabar con todos los niños convirtiéndolos en ratones. Cuando veía esa película algo en mí hacía que los días siguientes cualquier persona me pareciera sospechosa, todas podían ser el enemigo. La otra era una canción de Cri-Crí que habla sobre todo lo que las brujas y los enanos le hacen a los niños que se portan mal. La canción me gustaba mucho, como todas las de Cri-Crí, pero también me asustaba tanto que solo podía escucharla abrazada a mi hermana, y después de oírla intentaba portarme bien para evitar que alguna se escondiera bajo mi cama.

La palabra “monstruo” viene del latín monstrum y ésta se deriva del verbo monere, que significa “advertir”. Un monstruo es un aviso, una advertencia enviada a nosotros por fuerzas sobrenaturales. Los monstruos bajo la cama son, de cierto modo, notas en un refrigerador que nos piden que no olvidemos estar alertas, abuelas que nos advierten de los peligros que podríamos enfrentar en cualquier esquina del mundo.

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