Por Deniss Villalobos:

“Happiness is a warm puppy.”
Charles M. Schulz

Recuerdo que, poco antes de cumplir cinco años, le pregunté a mi mamá qué me iba a regalar. “Una muñeca peluda y con corbata”, dijo. Y aunque quizá esa era una pista muy obvia para adivinar de qué se trataba, en ese entonces todo lo que decía mi mamá lo tomaba de forma literal, así que me eché a llorar al imaginarme una Barbie barbona vestida de traje. Pero cuando el día de mi cumpleaños me entregaron una perrita negra con una mancha blanca en el cuello, pensé que era el mejor día de toda mi vida.

Cookie fue mi mejor amiga por varios años. No sé cómo sean los cocker spaniel en general, pero la personalidad de mi perrita era bastante difícil. Odiaba a casi cualquier ser vivo en el mundo excepto a mí y a Pancho, el gato de mi abuela. La única foto que conservo de ella es una en la que comparte su cama con el gato, y uno de los recuerdos más detallados que aún permanecen en mi memoria es Cookie atacando a mi hermana mientras jugábamos porque pensó que me estaba golpeando de verdad. Aunque a veces quería que fuera amistosa con los demás, de alguna forma me causaba orgullo que solo me quisiera a mí, que su lealtad estuviera solo con una niña que la abrazaba muy fuerte y un gato viejo al que ella veía como igual.

Pero la historia de Cookie no es una feliz: conforme fui creciendo, me fui olvidando de ella. Cookie vivía en nuestro patio trasero, con suficiente espacio y rodeada de plantas, pero yo la visitaba cada vez con menos frecuencia, empecé a olvidar celebrar con ella mi cumpleaños y, cuando enfermó, pensé que no era nada grave y dejé que “los adultos” se encargaran de ella. Después de casi diez años, todavía me cuesta mucho pensar en cómo acabó todo y, no sé si de tristeza, vergüenza, culpa o una mezcla de todo, siempre termino llorando. Cookie murió algunos meses después de que enfermara y mi mamá, sin saber cómo decírmelo, decidió esperar a que yo preguntara por ella, lo cual pasó hasta una semana después. Me tomó una semana darme cuenta de que mi perra había muerto. Y lo sigo sintiendo muchísimo.

Hasta hace unas semanas, el acuerdo que nunca hicimos en voz alta pero que todos seguimos, incluso después de que mi hermana se mudara hace unos años y de que adoptamos una gatita, seguía intacto. No perros. En casa de mi abuelita las mascotas siguieron llegando: perros, gatos, tortugas, pájaros y hasta pollos: con todos traté de ser mejor, aunque siempre supe que realmente no eran míos y no caía sobre mí toda la responsabilidad de su cuidado, pero con mis padres, en su nueva casa, sabíamos que no repetiríamos, nunca, la historia de Cookie. Y, como si después de una década el acuerdo hubiese vencido, hace un mes un compañero de trabajo le ofreció a mi mamá un cachorro del que nos enamoramos solo con verlo en una foto. Una bolita sal y pimienta con los orejas enormes y los ojos muy alerta, el más grande de toda la camada. Sí lo queremos, fue la respuesta de mi mamá sin pensarlo tanto, hipnotizada por el cachorro que parecía gritar “¡adóptame!” desde una foto.

A partir de ese momento me emocioné muchísimo, pero también empecé a sentir ansiedad. Pensé en Cookie, en lo mal que la cuidé, en cómo me olvidé de ella, en que aunque no estaba amarrada en una azotea como muchos perros maltratados, poco a poco terminó viviendo separada de la familia que primero la había acogido como un miembro más. En cómo no me di cuenta de que ya no existía. Pensé en un nombre para el nuevo perrito: Chéjov. Me imaginé durmiendo con él, saliendo a pasear, jugando, viendo tele, llevándolo de vacaciones con nosotros. Y también pensé en lo cara que es la comida para perros, en que se compra mucho más seguido que la de otros animales, en que mi gata nunca ha convivido con un cachorro o perro adulto, en que en realidad no tenemos mucho espacio, en que no hay parques cerca, en que no estamos en casa durante el día, en que nunca he visto una clínica veterinaria cerca.

La mayoría de la gente me dijo que estaría bien, que solo necesitaba amarlo. Y me gustaría que eso fuese verdad, que desear tener un cachorro a tu lado sea lo único que se necesita para darle una vida digna y feliz, pero no es así. Cuando intentaba encontrar una cama para Chéjov y leía las etiquetas de diferentes alimentos para decidir cuál era mejor, me di cuenta de que no tenía dónde poner esa cama, en especial cuando creciera, en que probablemente terminaría viviendo en el patio de atrás, en que no estaría en casa para sacarlo a pasear, en que apenas y hay espacio para la mascota que ya tengo.

Así que con el corazón roto decidimos que, a pesar de lo mucho que lo queramos, aún no estamos listos para otro perro. Espero que algún día lo esté, quizá cuando tenga mi propia casa, pero ahora no es ese momento. Los animales, como las personas, no comen amor; y tienen derecho a mucho más que un rincón, agua y algo de comida, cualquier persona que decida traer una mascota a casa está obligada a ofrecerle más que eso. Quizá solo fui muy egoísta y cobarde, porque tengo mucho miedo a hacerlo mal, pero estoy segura de que Chéjov, que ya no será Chéjov, encontrará una familia que le ofrezca una vida feliz. Me despido del perrito que nunca tuve, de la vida que ya no vamos a compartir, y mientras pienso en la imagen que nos hizo enamorarnos de él, pienso que tal vez amar es, a veces, saber dejar ir; aceptar que por más que queramos algo no seremos capaces de cuidarlo y permitir, aunque nos duela, que alguien más lo haga mejor que nosotros.

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