Adiós a la escuela

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Por Alejandra Eme Vázquez:

Mars attacks

“¿Por qué no empezamos a hacer lo que queremos desde ahora?”, pregunta Mars Aguirre, una joven de 16 años que vive en Mexicali, en un video publicado el pasado 22 de marzo. La pregunta viene después de anunciar que ha abandonado la preparatoria porque no tolera el sistema educativo y que no espera que todos entiendan ni apoyen su decisión, sin imaginar que se convertiría en un fenómeno viral de esos que terminan dando mucha “fama” pero también muchas intromisiones y muchos juicios fáciles sobre la vida personal de sus protagonistas. De inmediato vinieron los censores. Se le criticó el vocabulario, la clase social, el aspecto físico, el tono de su discurso y todo eso sirvió como argumento hechizo para afirmar una y otra vez, con bastante furia, que ella no tenía derecho (¡no aún!) a tomar una decisión así, que estaba arruinando su futuro y que la educación, es decir la educación formal, es lo más importante en la vida de un ser humano.

La Secretaría de Educación Pública nació en 1921 y con ella, la idea de “educación básica”, es decir, el nivel mínimo de escolarización que garantizaba formar gente que pudiera convivir y funcionar satisfactoriamente en la sociedad porque leía, escribía, hacía operaciones básicas, sabía algo de ciencias naturales y sociales, se ejercitaba y había tolerado compartir su metro cuadrado por bastante tiempo. Y obedecía, claro. Durante poco más de siete décadas, esta educación básica consistió en los seis años de escuela primaria, hasta que en 1993 se añadió la secundaria, en 2002 el preescolar y en 2013, la educación media superior. Esto quiere decir que la vida escolar entendida como mínima por el gobierno mexicano actual abarca 15 años, con la idea de que entren al sistema educativo nacional menores con dientes de leche y egresen mayores de edad listos para seguir en el nivel superior o integrarse a la vida laboral.

Todo bien hasta aquí, si supiéramos que el sistema educativo nacional marcha sobre ruedas. Pero no, lo que sabemos es que la escuela puede ser un espacio tan provechoso como terrible; cuando bien nos va, su función oscila entre un real semillero de aprendizajes, una experiencia de lazos con el mundo, un laboratorio de convivencia humana, una olla de presión, una terapia ocupacional, una válvula de escape y, como señala Mars, una guardería. Los mecanismos escolares son falibles y complejos, pero sobre todo se sostienen bajo una idea de comunidad que siempre queda desprotegida ante la voracidad del sistema. Si algo flaquea, aunque sea un poquito, en la comunidad (padres de familia, directivos, trabajadores, vecindario, docentes o alumnos), la desprotección aumenta y las probabilidades de éxito conjunto decrecen, porque el sistema está hecho para no perdonar ni una y para que sólo sobrevivan unos cuantos.

Luego vienen los arquetipos sembrados sobre ciertas formaciones, porque no es cierto que baste aprobar en cualquier prepa sino que “hay niveles”. Que si el Conalep es terrible, que si las prepas UNAM están sobrevaloradas, que si las privadas son un fiasco, más todos los juicios a priori con que se etiqueta a la juventud, divino tesoro. Total, que tampoco es que terminar la carrera de los 15 años sea garantía de obtener respeto, reconocimiento y mucho menos un trabajo, porque entonces sigue repetir que el mundo es cada vez más competitivo, que cada vez hay menos plazas de empleo y menos prestaciones, que la vida es más difícil que antes, que no es suficiente estar preparado sino “bien preparado” y eso, todo eso, se carga como responsabilidad a las y los estudiantes, a quienes no dejamos de recordarlo.

También está la deserción como grave problema del sistema educativo nacional. En el boletín 125 del 2 de octubre de 2015 se dio a conocer que en México existe uno de los índices de deserción escolar más elevados de América Latina (50%) y una de las proporciones más bajas de estudiantes matriculados de entre 15 y 19 años de edad, en relación con los otros países de la OCDE. Para poner números aproximados en estos porcentajes, habría que decir que de acuerdo con el INEGI, 10 millones de jóvenes entre 18 y 29 años no han completado la educación media superior y cada año, 625 mil jóvenes la abandonan. Así que lo atípico del video de Mars no es la deserción sino la voluntad y el posicionamiento argumentado en contra del sistema del “cuando crezcas me lo agradecerás/lo entenderás”, del “es por tu bien”, del “yo sé lo que te digo” y del “no estás autorizada a hablar de eso”; un sistema que nos es muy conocido y que en algún momento de la adultez nos compramos como intocable y hasta conveniente.

La mala educación

La triste realidad es que el sistema educativo es un embudo que parece dar la bienvenida pero termina dejando fuera una cantidad impresionante de personas a las que por definición debería cobijar, porque el brazo del Estado no alcanza, ni el de los padres, ni el de los propios estudiantes. Las becas no bastan, ni la pretendida profesionalización docente con un sistema de meritocracia, ni ficcionalizar los modelos educativos. Pero mientras nadie señale lo evidente, podemos fingir que todo está bien y podemos seguir haciendo como que qué bueno que los comerciales de la reforma educativa dicen que en las escuelas “ya no se va a aprender todo de memoria”, in importar que eso se había superado ya hace décadas y que es reduccionista.

Algo pasa en cuanto salimos del sistema educativo nacional que parece borrarnos la memoria, edulcorar los recuerdos, validar las aberrantes prácticas docentes conductistas que deberíamos estar combatiendo y volvernos no sólo distantes, sino acríticos respecto a la forma en que están siendo educadas las próximas generaciones. Por eso se entiende que Mars Aguirre caiga mal, porque nos hemos repetido hasta el cansancio que la única forma de ser joven en este país es “aguantar vara” y hacer tal cual lo que nos dicen para tener derecho a esperar que todo salga bien, o aceptablemente. La adultez se ve atacada cuando alguien a quien le faltan dos años para ser considerada ciudadana expresa tan desfachatadamente lo que está vedado expresar y desmonta al sistema educativo cual si fuera el Mago de Oz.

En un video posterior, Mars responde a las críticas asegurando que su mensaje no es que la escuela sea mala, sino que no es el único sitio para aprender y que, en resumidas cuentas, no es lo suyo; además, presenta los testimonios de dos de sus amigos que sí validan estudiar en el sistema pero ponen en el panorama la idea de que hay objetivos (o “sueños”, entendidos bajo el modelo neoliberal) para los que no sirve. Si lo pensamos bien, el discurso es perfectamente lógico como respuesta a la crítica de las generaciones millenial, a las que se ha calificado de sobreeducadas y poco calificadas en lo “real”. El doble rasero está en el escándalo que provoca una joven que encarna justo lo contrario al reconocer que la educación formal no le dará lo que desea y que desarma la estructura de expectativas inalcanzables en la que se posterga el reconocimiento de la identidad y la voluntad en función del “cuando seas grande”.

No hay ilusión mayor que la aparente apertura a escuchar otras ideas y a establecer diálogos desde otros lugares. Ni bien aparece una voz que de una u otra manera desafía la estructura dada, de inmediato se articulan a su alrededor estrategias para hacerla parecer un caso aislado; el esquema es buscar algo en su clase social, su estructura familiar, su aspecto físico, sus preferencias, lo que sea que parezca suficiente razón para invalidarla, con tal de justificar que sólo a ella se le podría haber ocurrido eso, que no se le vaya a ocurrir a alguien más.

Podríamos estar hablando de que el sistema educativo no está funcionando y que está desbordado, como lo prueban las cifras de deserción y los resultados estandarizados. Podríamos también decir que el así llamado “nuevo” modelo educativo tiene como sustento un documento que concluye sugiriendo que probablemente la escolarización no sea la mejor alternativa para lograr un desarrollo humanista. Pero lo importante, parece, es condenar a Mars Aguirre y desear que le vaya mal para probar un punto difuso que no toma en cuenta que al final, ella se hará cargo y no se ha cerrado ninguna puerta: hasta puede volver al sistema cuando sea, si quiere. Mientras tanto, el caso ha sacado a relucir que hay ideas ya consideradas obsoletas que siguen imperando en una buena parte de la opinión pública, y que si el fin último de la educación es formar personas generosas, que puedan autorregularse y tengan suficiente criterio como para no escandalizarse ante la diversidad de conductas, preferencias y elecciones, sólo con ver los comentarios a los videos de Mars Aguirre es muy claro que aún hay mucho, muchísimo por hacer. Dentro y fuera de las aulas.


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