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Ad-mirari

Por Deniss Villalobos: ㅤㅤ

“Uno no es completamente libre si admira demasiado a alguien.”
Tove Jansson, Canción de primavera

En Canción de primavera, relato corto de Tove Jansson, un personaje llamado Snufkin pasa la noche en un bosque y se encuentra a una pequeña criatura sin nombre. El animalillo ha oído hablar de Snufkin; lo admira fervientemente, desea escuchar una de sus canciones, convivir con él, y tímidamente le pide que le dé un nombre ya que carece de uno. Snufkin, más bien indiferente y deseando estar a solas, llama a la criatura Ti-ti-uu para después ignorarla. Antes de despedirse, Snufkin comenta: “uno no es completamente libre si admira demasiado a alguien”.

La primera vez que leí ese relato la frase quedó flotando en mi mente. La definición de admirar en el diccionario es “causar sorpresa la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado”. Los componentes léxicos de la palabra son el prefijo ad y el latín mirari. Las palabras milagro —que deriva de miraculo— y maravilla, proceden de la misma palabra latina: mirabilia, que se refiere a cosas admirables, no comunes o inexplicables. Pero en el español, mirari fue perdiendo poco a poco estos sentidos hasta que significó contemplar y luego, simplemente, fijar la vista en algo. Si mirar en nuestro idioma ya no se trata de maravillas y milagros, admirar aún conserva algo de magia, y es que nos permite sorprendernos.

¿Cómo puede ser, entonces, que admirar nos haga menos libres? Dice Ivonne Bordelois en Etimología de las pasiones que, “contrariamente al olfato o al oído, la vista ha originado desde siempre una especie de lenguaje propio para expresar una gran cantidad de estados afectivos: la veneración, la idolatría, la vigilancia, la posesión…”. Admiramos las cosas que respetamos y nos causan sorpresa, sí, pero sobre todo admiramos aquello que deseamos conservar rodeándolo con la mirada para no perdernos ninguna de sus cualidades. Admiramos para atrapar milagros en un frasco, usándolos como luciérnagas para alumbrar nuestro camino de noche. Y ahí es donde entiendo a qué se refiere Snufkin, porque si ser libre significa ir quitando obstáculos, admirar algo hasta el punto de querer hacerlo nuestro nos vuelve, de alguna manera, esclavos.

Admirar una piedra sin querer guardarla en mi bolsillo. Creo que esa es una de las mayores lecciones que los libros para niños de Tove Jansson me han dado a través de ese personaje de sombrero verde que se pasea por el bosque tocando la armónica. En La llegada del cometa, Mumin y Snif se encuentran unas piedras preciosas que Snif quiere guardar en su mochila, y entonces Snufkin agrega: “Todo se complica más cuando se quiere ser propietario de las cosas. Yo sólo las miro, y cuando me voy las llevo en la cabeza y así puedo hacer algo más divertido que llevar un montón de sacos a cuestas”.

Algunas cosas nos dejarán una huella, pequeña o gigante, y otras las olvidaremos con el tiempo. A veces, incluso, vamos a envidiarlas e intentar calcar algo si es que aquello que admiramos no puede ser nuestro, pero nuestro camino se hará tortuoso y pesado si llevamos a cuestas algo que no estaba hecho para pertenecernos. Cuesta trabajo, pero lo mejor es abrir ese frasco en el que guardamos milagros y dejarlos ir. Despedirse de algunos tesoros no tiene que ser triste, y muchas veces notaremos que algunas cosas que gurdábamos con recelo ya no nos parecen tan brillantes. No necesitamos poseer todas las maravillas con las que nos encontremos; basta admirarlas por un momento y seguir nuestro camino.

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