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Acampar y bucear

Por Adriana Med:

“The world’s big and I want to have a good look at it before it gets dark.”

― John Muir

 

Hace mucho tiempo que quería ir a la Media Luna en San Luis Potosí. Había leído que era un lugar muy seguro para bucear y acampar, y me encantaba ver fotos de su agua y de sus árboles. El año pasado un kilo de sal se desparramó sobre mis planes y no volví a tener la oportunidad de ir hasta hace unos días. Escribo esto desvelada, quemada y con los músculos felizmente adoloridos.

Recostada en una silla desplegable, observaba el cielo más estrellado que había visto nunca. Había luciérnagas sobre mí, las cuales a veces se confundían con las estrellas. A mi costado estaba nuestra fogata y un par de metros más allá, la laguna. Una laguna que guardaba silencio, en contraste con todos los insectos y pequeños animales a su alrededor que no cesaban de emitir sus sonidos característicos. Habíamos madrugado y viajado seis horas o más para llegar hasta ahí. Estábamos cansados, pero estábamos cansados en el lugar correcto. No deseábamos estar cansados o descansados en ninguna otra parte. Algo nos llamaba a esa tierra y ya estábamos allí para ella.

Dormí poco esa noche. Era muy incómodo yacer acostada en el suelo siendo el banquete de una enorme comunidad de mosquitos para los cuales el repelente de insectos no es más que un aderezo o un sazonador. Eso no es muy agradable que digamos, pero es parte de la aventura. Tienes que sacrificar algunos lujos. Acampar es ensuciarte por fuera y limpiarte por dentro.

Desperté bañada en sudor. Habiendo tantos árboles, cometimos el pequeño error de armar las casas de campaña donde no había ninguna sombra (la temperatura rondaba los 30 grados centígrados). No nos juzguen, somos nuevos en esto y los mejores lugares ya estaban ocupados. Además, tal desacierto hizo más refrescantes los chapuzones.

Asistí a mi curso de buceo puntualmente. Mis compañeros eran una pareja joven, un señor y su hijo de diez años (un niño muy valiente). La primera parte fue teórica y muy sencilla. Nos probamos el equipo, repasamos el lenguaje de señas y nos encaminamos hacia la Media Luna, específicamente al muelle de buceo, donde había buceadores de varias partes de México y el mundo.

La práctica fue un poco más complicada. No porque técnicamente fuera difícil, sino porque uno no está acostumbrado a respirar bajo el agua. Es algo con lo que no te sientes cómodo a la primera. Tus señales de alerta se encienden y te dicen que vas a ahogarte aunque no sea así. Es algo tremendo. Tuve un ataque de pánico  en los primeros ejercicios y temí continuar, pero cuando ya estaba buceando de la mano del instructor hacia las profundidades, era demasiado tarde para echarse atrás. El secreto está en seguir respirando pase lo que pase. Concentrarte en tu respiración te relaja.

Es la gran cosa estar varios metros bajo el agua, enfrentar tus miedos en una situación extrema. Podía ver algunos peces, vegetación y buceadores muchísimo más experimentados que yo, que se movían como sirenas. Cuando salí, me quedé con ganas de más. Sentí que esto solo había sido el primer paso. Necesitaba ver más, mucho más. Bucear en el mar, en cenotes, en otras lagunas. Acampar en el bosque, en la sierra, en la playa. Es como ese comercial trillado de las papas fritas. No puedes acampar ni bucear una sola vez.

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