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Abrazar la nada

Por Nerea Barón:

Se habla de muchas cosas. Todo, en estos días, requiere apremiantemente de una opinión. Se habla de todo lo injusto, de todo lo nuevo, de todo lo urgente. Se habla del derecho y del revés de cada uno de los eventos. Se habla de todo lo que molesta y de si debiera o no molestarnos. Se habla mientras se come, mientras se ama, mientras se duerme.

A veces hasta parece una afrenta dejar de hablar, como si no participar del torbellino de palabras te volvería cómplice de aquel otro torbellino, el de la injusticia, el de la depredación o el de la indiferencia. No vaya a ser que, si guardamos silencio, el mundo nos coma los pies.

Se habla como una forma de domesticación. Del adentro y del afuera, de la fuerza propia y de la fuerza otra, de lo incierto, de lo destructivo, de lo desbordante. Se habla para decir paz, para decir tú, para decir yo, y trazar los límites a partir de ello.

Sin embargo, a veces me pregunto de qué otras cosas no nos estaremos perdiendo por no permitirnos el silencio, por no soportar el desasosiego de no saber, por no tener la paciencia para dejar que las cosas se acomoden. Tal vez, si supiéramos quedarnos quietos, el tigre que tantos nos persigue podría descansar también y echarse a nuestro lado.

¿Y qué decir de la ciudad, tan hermosa y tan llena? Cada loco con su canto, cada búnker con su calendario de conciertos, cada vendedor con sus jabones, sus cupcakes, sus elotes. ¿Cómo no ir al tianguis de diseño mexicano, a la obra de teatro en la cafetería del centro, al slam de poesía y a ese nuevo bar de cerveza artesanal? La ciudad es un canto de sirenas, con la salvedad de que el loco, pareciera, no es el que asiste a su llamado sino el que se queda en la cubierta del barco a contemplar la nada.

Y aun así, cuántas veces no aparece la nada de cualquier modo. Hágase lo que se haga, tarde o temprano llega el momento en el que, por un azar de la fatiga, regresando en taxi de una fiesta, tal vez, o bajándonos de un podio, volteamos a ver de reojo nuestra existencia y nos parece vacía.

Y qué más da. ¿De dónde viene la obsesión por encontrarle a todo un corazón de hierro, inquebrantable? ¿Es acaso tan grave que no lo tenga y sea solamente una cara más del devenir? ¿El amor deja de ser amor porque se disuelva? ¿El pensamiento deja de bailar porque no se inscriba en papel y se someta al escrutinio del tiempo? ¿La tarde se pierde porque no haya nada qué decir de ella? ¿Por qué no aceptarnos como lo que somos: un mero nudo de conciencia, de tiempo, de materia? Detrás de este escenario montado está la nada, y a veces, la nada basta y sobra.

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