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A ver, haber: las traiciones de la ortografía

Por Alejandra Eme Vázquez:

Doy clases de Español en secundaria desde hace más de nueve años, lo que quiere decir que llevo casi una década preguntándome sobre qué aspectos son “realmente relevantes” en el perfeccionamiento de las competencias que nos permiten comunicarnos. Hablar, escuchar, leer, escribir: las cuatro áreas consideradas para el estudio del lenguaje dejan claro que comunicarse es un cristal con tantos colores como caras, visibles y no; por eso resulta curioso que en lo que se refiere a su práctica, los ojos críticos suelan centrarse, con gran insistencia, en un detalle formal que sólo aplica para los hablantes alfabetizados y con acceso a una serie de estímulos cuya naturaleza no se ha logrado esclarecer del todo: me refiero a la ortografía, esa hidra caprichosa. Porque a veces pareciera que la nobleza del lenguaje, la misma que proviene de la libertad que implica poseer herramientas para apropiarnos de lo que percibimos, está condicionada por el constante afán de sólo validar la expresión de quienes saben usarlo bien.

¿Y no será que simplemente usarlo ya es usarlo “bien”?

Dar importancia a las reglas de escritura no es de ningún modo condenable, porque pensar en ellas es pensar en las herramientas de expresión que poseemos y en nuestra capacidad para socializar con ellas; pero habría que darse cuenta de que convertirse en su incansable paladín es también defender una parte muy traicionera del idioma: si un hablante de castellano fuera inmortal desde, digamos, la Edad Media, habría tenido que reaprender a escribir de cero al menos una decena de veces. Habría visto, por ejemplo, cómo la conjugación haiga pasó de ser culta a considerarse un error que hoy día provoca burlas y acusaciones de “naquez”; habría visto nacer la ñ y desaparecer la f inicial de una buena cantidad de palabras; se hubiera despedido de tildes entrañables como las de los monosílabos, el adverbio sólo o los demostrativos. Nuestro hablante Matusalén se habría espantado de ver a grafías tan vigorosas como la b de obscuro o la n de translado sucumbir poco a poco en las garras del arcaísmo; y de tanto y tanto cambio, quizá hubiera optado por desalfabetizarse de una vez por todas. Yo no lo culparía.

Aprender a leer y escribir es en principio una maravilla. Recordemos solamente cómo nuestros ojos y oídos asombrados querían descifrarlo todo con los mecanismos recién adquiridos, hasta que nos dijeron que no era tan bonito como creíamos, y aprendimos que alfabetizarse es también aceptar un contrato implícito que parece obligarnos a pensar la lengua desde cuadraturas que lo mismo pueden aclarar u oscurecer el pensamiento más espontáneo. Y ahí es donde la restricción hace parecer al lenguaje un privilegio al que sólo unos cuantos pueden acceder, cosa que es muy autoritaria, muy injusta y muy peligrosa, no sólo porque quita voz a tantos que desarrollan un lenguaje en la periferia de los territorios normados, sino porque puede llegar a reproducir creencias infundadas. Como cuando mis alumnos de trece años claman, tan seguros de sí mismos: “¡No se pone tilde en las mayúsculas!”, sin saber que el único fondo de esa aparente regla es que antaño, en un tiempo que a ellos ni siquiera les tocó vivir, las máquinas de escribir mecánicas no alcanzaban a acentuar una mayúscula porque la caja de la tilde se encimaba con la de las letras capitales. ¿Cómo llegó, con tanta fuerza, esta falsa regla a oídos de adolescentes de la era digital? Y más aún: ¿cuántas otras cosas que estamos dando por ciertas serán motivo de burla dentro de veinte, diez o dos años?

Pero hay reductos que se salvan a toda costa. Aunque yo misma no estoy exenta de haber criticado a quien se equivoca al usar ciertas grafías y también me he escandalizado con la volubilidad ortográfica de quien no observa su propia manera de escribir, últimamente me ha dado por pensar las faltas de ortografía como un recordatorio de dos cosas: uno, que nada es definitivo y dos, que quien hace el lenguaje son sus usuarios, le pese a quien le pese. Corregir un texto en cuanto a su forma física es enfocarse en una aparente limpieza que podría beneficiar la recepción del mensaje, pero también es verdad que a veces nuestros mensajes son sucios, borrosos, confusos, y es muy probable que si dejáramos de canonizar la escritura y satanizar a quienes ponen los fondos por sobre las formas, podríamos usar el cumplimiento y el incumplimiento de las reglas ortográficas en favor de lo que deseamos expresar: ¿no sería correcto ensuciar la escritura de una carta llena de odio, o modificar a placer la forma de las palabras para entregar códigos únicos a receptores que amamos especialmente? Quizá por pensarla tan arbitrariamente en términos de armazón infalible, estamos quitando a la ortografía (y a su ausencia) la capacidad de ser un elemento expresivo más en esta fiesta que es la escritura.

Si aceptamos provisionalmente que en términos de comunicación no hay errores, sino factores a analizar, antes de dar por estancado el estatus del idioma en cuanto a la “correcta escritura” podríamos dar el protagonismo a quien sí lo merece: al hablante por sobre El Habla; al escucha por sobre La Escucha; al lector por sobre La Lectura; al escritor por sobre La Escritura. Reconocer y promover una cierta estabilidad no es reprochable, pero desdeñar todo un acto de comunicación escrita solamente porque no se apropia de los detalles de la ortografía es más que desproporcionado: es injusto y es mezquino. Tendríamos que revisar de dónde nos viene esa obsesión por el buen decir y qué estamos legitimando a partir de su defensa a capa y espada. Porque también es cierto que desde mi experiencia, y sin excepción, todas las personas que he conocido que se autonombran paladines de la ortografía tienen ellas mismas errores que se vuelven imperdonables, al venir de una superioridad moral que ni siquiera puede sostenerse a sí misma.

Las únicas justificaciones convincentes que he encontrado para sustentar los temas de ortografía que incluyo en mis clases van en dos vertientes: primero, aceptar que la escritura correcta tiene en la sociedad un atributo de buena apariencia y que así como cuidamos otras apariencias, en un mundo que las privilegia, nuestro cuidado del lenguaje puede derivar primero en la aceptación social, pero también en un enriquecimiento de la autopercepción; y segundo, que la escritura que ha sido considerada correcta a través del tiempo no sólo expresa el estado de la lengua en un momento específico, sino que encierra en cada palabra la historia de nuestro idioma. Qué distinto es juzgar la “inutilidad” de una hache inicial cuando sabemos que está ahí en homenaje a una efe que hubo hace siglos en fermosa o facer; o apreciar las distintas fases de evolución en palabras como nocturno y noche, en donde podemos observar cómo el conjunto de consonantes /ct/ ha derivado en nuestra querida querida ch y hasta podríamos aventurar que en algún tiempo, lo correcto será decir nochurno. Para allá vamos, de allá venimos: así es el flujo de nuestra lengua y eso es lo que nos informa la ortografía, sin desplantes de soberbia.

El lenguaje es voluble, juguetón y reacio a encuadrarse en armaduras inflexibles. Mucho ojo, autonombrados guardianes del buen escribir: centrarse sólo en la apariencia de un texto es poner el aumento en algo que no nos permite ver infinidad de otros elementos de comunicación, que son exactamente igual de importantes que saber usar s, c o z según la regla vigente. Porque en lo que respecta a la ortografía, hay una línea delgadísima entre ser defensor a ultranza y defensor a ultransa.

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  • Liliana V.

    ¿Pero qué necesidad hay de este tipo de artículos? La ortografía no es una coma o un punto, es un manejo adecuado del lenguaje, y el argumento de que Matusalén ya habría tenido que aprenderse muchas reglas ortográficas, lo que indicaría su futilidad, es por decir lo menos, absurdo.
    La ortografía no es nada más apariencia, es aprender cómo funciona el lenguaje, y por lo tanto aprender a expresar ideas correctamente cuando las escribimos.

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