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A mis alumnas

Por Nerea Barón:

Quiero que sepan que cuando decidí ser su profesora fue porque tenía sentido para mí regalarles mi tiempo. Así es: regalar. No se dejen confundir por la palabra «trabajo», que evoca fastidio, deber y cansancio. Yo no trabajo porque mi tiempo no tiene precio. El dinero confunde, pues de tan necesario que resulta, lo empezamos a vivir como un yugo cuando debiera tratarse de un simple intercambio: das y recibes como inhalas y exhalas, como hablas y escuchas.

Yo he recibido mucho en este trabajo y he buscado escucharlas. No sólo sus comentarios en clase, también sus pequeñas rebeldías, sus entusiasmos. Les confieso que hay algo a lo que nunca me acostumbré del todo en mi labor como docente: en tanto adulto responsable era mi deber ponerles límites, ¿pero cómo podía ser esa autoridad severa que a veces la circunstancia ameritaba cuando, simultáneamente, dedicaba mis clases a fomentar el ejercicio de la autonomía?

No saben cuánto agradecí que hubiera otras profesoras que hicieran contrapeso, para que así pudieran recibir ambos mensajes y entender que tan importante es darle su lugar a cada cosa, considerar al otro y guardar el orden, como lo es defender sus ideales, rebelarse en ocasiones y no dejar que nada les apague la pequeña luz que llevan dentro.

Cuando miro a tantas personas adultas volcadas por completo a los deberes, los gastos y las formas, siento cierta nostalgia. Conforme la gente crece, pareciera, va renunciando a la alegría, esa alegría desparramada que ustedes conocen tan bien: la risa porque sí, el desorden, la libertad de tirarse al piso a pasar la tarde. En todos estos años las he visto ser ustedes y eso ha significado verlas despeinadas, maquilladas, disfrazadas, protestando por reglas que consideran injustas y manchándose las manos. Cuiden, desde el centro de ustedes, esa alegría.

El mundo es muy ruidoso. Mientras se sigan formando escucharán voces de todos lados diciéndoles qué tienen que hacer, que pensar, que sentir. Escucharán las voces de sus padres preocupados, transmitiéndoles lo que ellos creen que necesitan para desarrollarse; las voces de sus profesores que tanto gustan de hablar y regañar, pero también las voces de quienes las señalan por vestirse de tal o cual manera o por decidir tal o cual cosa; los posts de Facebook sobre cómo ser una buena novia o cómo alcanzar el éxito en cinco sencillos pasos; las voces de los chismes y en fin, las voces del mundo entero.

Pues bien, más allá de toda la teoría, lo que quise transmitirles en este tiempo fue lo siguiente: es posible, en medio del ruido, cerrar los ojos y mirar para adentro. Es posible deslindarse de todos los mandatos y vivir una vida más auténtica, en la que puedan mirar a los ojos al otro, respirar tranquilas, desarrollar una voz propia y cuidar de ustedes mismas.

Las quiero mucho. Creo que no hay otra forma, al menos en mi caso, de sobrellevar un trabajo así, con tanto madrugar y tanto calificar y tanto pedirles silencio. Si tuvo sentido para mí ser profesora fue porque lo hice desde el corazón, y si decir que las quiero no dice nada, puedo decirlo de otra manera: me caen muy bien. Disfruto sus ocurrencias, creo que sus inquietudes merecen ser defendidas y me siento honrada de haberlas podido acompañar en su formación.

Si me voy es porque yo también necesito cerrar los ojos y mirar para adentro, porque a veces, en el ajetreo de la vida, no da tiempo de respirar y eso enajena y vuelve más difícil mantener el ánimo y el corazón en su lugar.

Quizá haya adultos a su alrededor a los que les preocupen muchas cosas respecto a ustedes: que les vaya bien en la escuela, que se consigan un buen partido, que encuentren un buen trabajo. No es que algunas de esas cosas no sean importantes, pero todo eso viene por añadidura cuando aprenden a escucharse, a sentirse, a vivirse. Recuérdenlo siempre: su único deber es florecer.

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