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A favor de la desobediencia

Por Nerea Barón:

Cuenta Ende, en El espejo en el espejo, la historia de un joven que debe superar una prueba para salir de la ciudad-laberinto en donde creció. Él no sabe de la naturaleza de la prueba pero confía en sí mismo, en la instrucción de su padre y en sus alas con las que saldrá volando, construidas de sueños, de plumas y de huesos. Así, pues, convencido de que vencerá, salé volando el día elegido con una red de pescador sobre su cuerpo, según lo requiere el ceremonial. De pronto, siente que alguien jala de su red: es un mendigo que le solicita que se lleve un pedacito mínimo de su desdicha, apenas una muleta. El joven cree que esto no le va a afectar, así que accede, pero esa situación se repite varias veces con distintas personas del pueblo hasta que su red pesa tanto que le impide elevarse alto y, como es previsible, termina por fallar la prueba. Su misión había sido ser desobediente.

El obediente es el que, por cargar con la desdicha, el miedo o el fantasma ajeno, acaba moviéndose con pesadez, con lentitud. En la adolescencia –la edad por antonomasia de la desobediencia– se ve con claridad: quien no se sale de su casa azotando la puerta cuando la madre le dice “haz lo que quieras”, encaprichada, no es tanto por miedo al castigo como por el hecho de que la angustia de la madre no le es ajena. Y si desobedece y sale igual pensará en ella, mordiéndose las uñas, y no disfrutará de la fiesta.

Sólo quien aprende a desobedecer puede permitirse tener vivencias que escapen de los deseos y de las angustias del otro. Por eso, quien de adolescente no aprende a desobedecer lo paga de distintas maneras en edad adulta, casi siempre con miedo, con autorrestricción.

Ése es el caso de quien, por ejemplo, no se atreve a seguir con su vida e involucrarse con alguien más después de un rompimiento: le parece insoportable desobedecer a su antigua pareja y prefiere vivir en consonancia con sus designios, aunque sean imaginarios, aunque la otra persona ya ni siquiera esté. Lo mismo para aquel que, inconforme con su trabajo, es incapaz de renunciar a él porque deposita en ese puesto quién sabe qué mandatos impuestos por quién sabe qué terror ajeno. El obediente con frecuencia se olvida de sí mismo, tan habitado se encuentra por la otredad.

Desobedecer es, también, hacerse cargo del propio deseo. Por eso el adolescente lo necesita, porque de otra forma nunca aprenderá a poner sus propios límites; es decir, a delimitarse. ¿Quién eres cuando ninguna autoridad te vigila, cuando sólo tienes que rendirte cuentas a ti mismo?

Un secreto: es posible que el obedecido de todas formas no quede complacido. Es posible que de darle lo que quiere, quiera más. ¿No es momento de que él también se delimite y se hago cargo de su propios deseos, inseguridades y miedos en vez de estarlos proyectando en los demás?

Nos conformamos también a partir de los otros, eso es innegable. Hasta el más contestatario obedece a un amo, a veces incluso al mismo con el que se pelea, pues al antagonizarlo lo nutre, lo legitima. En ese sentido, ser antisistémico no es más radical; más bien, se trata de generar un espacio vacío en donde no entre nadie y desde ahí, comenzar a pronunciarse

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