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¿A dónde van los patos cuando el lago se congela?

Por Deniss Villalobos:           

“Well, you know the ducks that swim around in it? In the springtime and all?       Do you happen to know where they go in the wintertime, by any chance?”

J.D. Salinger, The Catcher in the Rye

En El guardián entre el centeno, la obra más popular de J.D. Salinger, Holden Caulfield, un chico de dieciséis años, es expulsado de su preparatoria y antes de volver a casa para contárselo a sus padres decide vagar en Nueva York durante tres días. Una de esas noches Holden toma un taxi y comienza a platicar con Horowitz, el conductor. Después de unos minutos Holden le pregunta al taxista si sabe a dónde van los patos de Central Park cuando el lago se congela. “How the hell should I know a stupid thing like that?”, responde el hombre. Y han pasado más de sesenta años desde que Holden hizo esa pregunta, pero yo he pensado en ella muy seguido.

Cerca de donde vivo no hay patos ni parque ni lago, pero la pregunta viene a mi cabeza cuando pienso en las cosas que, en algún momento, han estado presentes en mi vida y luego desaparecen (quizá vuelven, quizá no). ¿Se las lleva un camión? ¿Vuelan al sur? ¿Viven ahora en ese lugar al que los calcetines sin par se fueron a vivir? ¿Toman el té con el tiempo perdido? ¿Podría encontrarlas en el mar cerca del triángulo de las bermudas? ¿A dónde han ido mis patos cuando el lago se congela?

Holden Caulfield fue, y de alguna manera sigue siendo, un personaje muy importante en mi vida. Desde que leí el libro por primera vez, Holden se convirtió en una especie de estandarte. No estaba en Nueva York y no visitaba el Museo de Historia Natural, pero sí pensaba que casi todas las personas que me rodeaban eran unos phonies y prefería pasar el tiempo sola aunque, a la vez, echaba de menos a las pocas personas en las que confiaba y con las que hablar no era un martirio sino pasar un buen rato, como Holden con su hermanita.

Con los años me he ido despidiendo de Holden y regreso a él cada vez con menos frecuencia. Y es que, mientras yo sigo creciendo, él siempre tendrá la misma edad; siempre pasará malos ratos con su compañero de habitación, siempre estará enojado con los cretinos, siempre observará a Phoebe en el carrusel y siempre regalará un disco roto, y yo cada día me siento menos enfadada con el mundo, cada día le presto menos atención a las Jane Gallaghers de mi vida y cada vez extraño menos a las personas que podrían ser mi Allie. Ya no sueño con ser el guardián y, aunque aún no he dejado de contar mi historia desde algún cuarto en el que mi mente y mi corazón descansan, intento cada día asomar la cabeza por la ventana.

Digamos que ya no pienso tanto en a dónde van los patos y, cuando se da la oportunidad, solo me siento a contemplarlos. Acepté que, ya sea porque vuelan o porque alguien se los lleva, los patos en mi vida no estarán ahí para siempre, van a partir cuando algo en mí se congele y ningún taxista me dirá qué pasa con ellos. Holden, al final, me enseñó a despedirme; de él y de la persona que fui cuando me identificaba con él. A despedirme incluso los libros que más amo, de la música que más escucho y, a veces, también de las personas que más amo.

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