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A diestra y siniestra

Por Oscar E. Gastélum:

The point is that traditional political alignments ought to change as we learn more about human beings. The ideologies of the left and the right took shape before Darwin, before Mendel, before anyone knew what a gene or a neuron or a hormone was. Every student of political science is taught that political ideologies are based on theories of human nature. Why must they be based on theories that are three hundred years out of date?

 Steven Pinker

Cada vez que critico a la izquierda mexicana recibo la misma pregunta en tono de reclamo por parte de amigos, conocidos y lectores: ¿Por qué ensañarse tanto con la izquierda cuando la derecha es el verdadero enemigo?

La respuesta es muy sencilla: de la derecha no espero nada salvo rapacidad y mojigatería hipócrita, y basta con leer lo que opino de la oligarquía nacional, el PRI o la iglesia católica, por poner algunos ejemplos, para confirmar que es un blanco constante de mis críticas.

Pero de la izquierda espero muchísimo más, porque se supone que debería ser la fuerza política capaz de generar un cambio significativo en este país anquilosado y obscenamente injusto, ofreciendo un proyecto viable que logre limitar los privilegios de los poderosos y liberar el enorme caudal de energía y creatividad que yace atrofiado debajo de tanta iniquidad y corrupción.

Desgraciadamente, la izquierda lleva décadas sumida en una profunda crisis de identidad y, sobre todo en México, se ha estancado en una parálisis intelectual que le ha restado relevancia y la ha transformado en una opción poco seria e incapaz de arrancarle el poder, a nivel nacional, al duopolio de derechas que lleva años expoliando al país.

Su debilidad es tan dramática y nociva, que en las más recientes elecciones presidenciales,  sus rivales se dieron el lujo de nominar como candidato a un payaso analfabeta, ridículo y corrupto, y aun así ganar la elección cómodamente. Sí, duele reconocerlo, pero la izquierda, con su primitivismo ideológico, su puritanismo populista y su ineptitud electoral, es una de las principales responsables de que un personaje tan limitado y desprestigiado como Peña Nieto lograra llegar al poder.

Desde mi punto de vista hay varios pasos que la izquierda mexicana podría dar para retomar la vitalidad perdida y transformarse en una opción capaz de retar con éxito a esa casta criminal y parasitaria que se ha adueñado del país y lo ha sumido en el más profundo y bochornoso de los fracasos. A continuación enumeraré algunos pasos que considero indispensables para la modernización de la izquierda nacional aunque sospecho que no viviré para verla dándolos.

Para empezar, la izquierda necesita comprometerse a fondo con la vía democrática y olvidar ideas pueriles y destructivas como la “revolución” o la utopía. Parecería absurdo tener que pedir semejante obviedad a estas alturas del siglo XXI y a más de veinticinco años del colapso del muro de Berlín, pero buena parte de nuestra progresía sigue habitando en un universo ideológico fantasmal poblado por “héroes” que no son más que tiranos momificados e ideas que quedaron obsoletas hace décadas. Sólo hay que ver la devoción que se le sigue teniendo a Tata Castro o el fervor con el que muchos defienden la grotesca “revolución bolivariana” para entender a lo que me refiero.

La democracia moderna es hija de la izquierda, que le dio vida a través de siglos de luchas y sesudas reflexiones, y luego, encandilada por el engañoso fulgor de la utopía, la abandonó y renegó de ella. Ese error garrafal engendró el comunismo, un totalitarismo asesino que cargó la conciencia de la izquierda mundial con un pesado bagaje de cientos de millones de muertos, y le dio a la derecha la oportunidad de aprender a atrofiar el proceso democrático y usarlo a su favor, usurpando hipócritamente la causa de la democracia.

Tal vez la democracia liberal, con su reformismo gradual y su categórico rechazo de la violencia, no posea ese aire seductor y romántico que enamoró a tantos de la revolución, pero a su favor puede decirse que transforma realmente la vida de la gente, crea  auténtica prosperidad y ofrece mecanismos de participación ciudadana y rendición de cuentas que ningún otro sistema ha logrado superar. Mientras que, por el otro lado, sería inútil negar o tratar de ocultar que todas las revoluciones del mundo han producido caudalosos ríos de sangre que casi siempre desembocan en un profundo retroceso.

Otra medida que enriquecería tremendamente a la izquierda sería abandonar su actual analfabetismo científico y estadístico. Es increíble, por ejemplo, que el eterno candidato presidencial de la izquierda mexicana vaya por la vida repitiendo que la inseguridad y el crimen son producto de la desigualdad económica, cuando existen montañas de evidencia que lo desmienten. Y como ese hay cualquier cantidad de ejemplos en los que políticos progresistas anteponen sus prejuicios e intuiciones personales a la evidencia empírica que debería informar y nutrir sus políticas públicas.

Además, a la izquierda le urge refundarse sobre una base ideológica que abandone definitivamente el marxismo, con sus profecías delirantes, su simplismo maniqueo y sus enormes limitaciones psicológicas, históricas y económicas. Pues, como nos recuerda el gran Steven Pinker desde el epígrafe que encabeza este texto, toda ideología política parte de una teoría de la naturaleza humana y los avances científicos de nuestro tiempo, de la biología a la neurociencia pasando por la psicología evolutiva, pueden aportar información fresca y muy valiosa respecto al verdadero potencial y los límites de nuestra especie.

Nutrido por estos deslumbrantes hallazgos, el nuevo proyecto de la izquierda, postmarxista y democrático, partiría desde una ideología política realista y sustentada en datos duros, en lugar de transformarse en un nuevo lecho de Procusto forjado a base de intuiciones huecas y buenas intenciones, que empiece por generar incredulidad y desconfianza en los ciudadanos y, en el peor de los casos, termine en un nuevo totalitarismo puritano y sanguinario.

El antiamericanismo cerril es otro prejuicio que lastra considerablemente a la izquierda nacional. Pues no solo nutre el malsano victimismo mexicano, siempre empeñado en culpar a otros de nuestros propios males y fracasos, sino que nos impide ver fríamente las virtudes  que cimentaron el espectacular éxito anglosajón, ya no digamos admirarlas o tratar de emularlas.

No, EEUU no es un país perfecto y ha cometido errores inmensos y crímenes atroces. Pero hay muchísimas cosas que podríamos aprender de su complejísima y siempre dinámica sociedad, pues, a pesar de todos sus defectos, lleva más de un siglo siendo un hervidero inagotable de ideas radicales e innovación social y tecnológica.

Y es que, aunque a la izquierda actual le duela escucharlo, EEUU dista mucho de ser el origen de todos los males del mundo moderno, y al satanizarlo de manera tan infantiloide, la izquierda se ha rebajado a ser una fuente inextinguible de simplismo reaccionario en el escenario nacional e internacional, pues en lugar de aportar análisis apasionados e inteligentes, suele limitarse a reaccionar negativa  e irreflexivamente cada vez que se trata un tema que involucre a nuestro poderoso vecino.

Pero para que todo esto se hiciera realidad, la izquierda tendría que empezar por abandonar su arraigado y tóxico dogmatismo. Los temas tabú y la persecución inquisitorial de los disidentes deberían ser monopolio de la derecha, mientras que la izquierda tendría que anclar sus convicciones en la argumentación racional y la evidencia empírica, y no en la fe, las revelaciones de algún profeta, el sentimentalismo barato o la supuesta bondad de sus caudillos.

No soy optimista respecto al futuro inmediato del país o la modernización de nuestra izquierda. Pues no hay visos de que sus líderes o sus partidarios pretendan abandonar sus peores vicios pronto. Sin embargo, pretendo seguir votando por lo que más se parezca a la izquierda en las próximas elecciones. Un personaje antediluviano, obtuso y ridículo como López Obrador me sigue pareciendo mucho menos dañino que cualquiera de los payasos que han gobernado el país en las últimas décadas. Pero eso es poner la vara deprimentemente baja. Pues la izquierda debería aspirar a mucho más que simplemente ser ligeramente menos peor que el PRI o el PAN.

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