Crímenes y pecados

Por Óscar E. Gastélum

“My fundamental position is that women are human beings, with the full range of saintly and demonic behaviours this entails, including criminal ones. They’re not angels, incapable of wrongdoing. If they were, we wouldn’t need a legal system.”

– Margaret Atwood

Cada vez que estalla un nuevo escándalo sexual en el corazón de la farándula hollywoodense, el nombre de Woody Allen brota automáticamente en el discurso público como el ejemplo perfecto de la impunidad que el patriarcado es capaz de garantizarle a un HOMBRE “BLANCO”, heterosexual, rico y famoso. Las llamas de ese longevo mito son frecuentes y diestramente atizadas por el clan Farrow y el neofeminismo posmoderno, a través de sus voceros en la prensa y las redes sociales. En primer lugar, me encantaría que los ideólogos del neofeminismo y los idiotas útiles que aceptan ciegamente sus retorcidas y delirantes ideas, y repiten su discurso como loros, le preguntaran a un neonazi (pues sólo la izquierda posmoderna y los neonazis de la alt-right siguen enfermizamente obsesionados con la “raza”) si un hombre judío puede ser considerado como parte de la “raza blanca”. Estoy seguro de que la iracunda respuesta que van a recibir los va a dejar helados. Pero esa no es la única inconsistencia en la leyenda de “Woody Allen, el violador de menores impune”. Y como sé que mucha gente desconoce los detalles del caso, decidí escribir este texto para ayudar a quienes desconfíen de la enardecida y mojigata ira de las turbas linchadoras y prefieran formarse su propia opinión al respecto.

Para empezar, quiero aclarar que este escrito no está motivado por mi admiración por Allen y su obra, pues soy una persona adulta perfectamente capaz de separar a los artistas de carne y hueso (con todas sus debilidades y defectos) de sus creaciones (que pueden llegar a ser sublimes), y siempre he detestado a esos beatos insufribles que exigen que sus artistas favoritos sean santos o modelos de inmaculado virtuosismo moral en su vida privada. “Voyage au bout de la nuit” es una obra maestra de la literatura universal y uno de mis libros favoritos, esto a pesar de que sé muy bien que su autor, Louis-Ferdinand Céline, era un miserable antisemita y un traidor que trabajó con los nazis cuando ocuparon Francia. También amo la poesía de Lord Byron y no me interesa en lo más mínimo que su autor haya sido un aristócrata decadente al que le encantaban los adolescentes y que mantuvo una relación incestuosa con su hermana. En pocas palabras, si pensara que Woody Allen realmente es un violador de niños no me costaría ningún trabajo despreciar al ser humano sin dejar de admirar sus mejores películas.

En segundo lugar, si algo he aprendido de este tema a largo de los años es que la inmensa mayoría de la gente que dice despreciar a Allen no conoce los detalles del escabroso caso que manchó su reputación para siempre y que hoy, en medio del pánico sexual desatado por el escándalo Weinstein,  amenaza con destruir su carrera. Y es que casi siempre que tengo la desgracia de toparme con uno de ellos, los furibundos detractores de Allen terminan expectorándome en la cara, en tono histérico y condescendiente, la misma fórmula idiota que podría resumirse más o menos así: “¡¿Cómo que admiras a Woody Allen?! ¡¿Qué no sabes que violó a su hija menor de edad y se casó con ella?! ¡¿NO SABES?! ¡¿NO?!”. Así es, la inmensa mayoría de la gente mezcla equivocadamente dos asuntos muy diferentes: por un lado, la relación de Allen con Soon-Yi Previn, hija adoptiva de Mia Farrow, y por el otro la denuncia que la propia Mia presentó en contra de Allen acusándolo de haber abusado sexualmente de Dylan, la pequeña hija adoptiva de ambos. Es por eso que, antes de tocar el tema del supuesto abuso infantil, prefiero empezar esclareciendo la relación entre Allen y Soon-Yi mediante la enumeración de algunos hechos relevantes que la gente, confundida por el sensacionalismo y la deshonestidad que siempre han rodeado al caso, suele ignorar.

  • Soon-Yi fue adoptada por Mia Farrow y su exesposo, el director de orquesta André Previn, y nunca tuvo una relación de parentesco con Woody Allen.
  • A pesar de que Mia Farrow y Woody Allen mantuvieron una relación amorosa durante más de una década, nunca vivieron juntos y Allen jamás fue una figura paterna para Soon-Yi.
  • Soon-Yi no era menor de edad cuando inició su relación romántica CONSENSUAL con Woody Allen sino que tenía entre 19 y 21 años. Se desconoce su edad exacta pues en su país natal, Camboya, no hay un registro oficial de su nacimiento.
  • Sí, Woody Allen es 40 años mayor que Soon-Yi y ese detalle escandaliza a las almas puras. Pero lo único que importa es que en una relación CONSENSUAL entre dos adultos la diferencia de edad no es un crimen y Allen y Soon-Yi llevan más de 20 años felizmente casados e incluso adoptaron a dos niñas que ahora son adolescentes perfectamente sanas.

Habiendo aclarado lo anterior, pasemos al asunto más delicado, la denuncia de abuso sexual que Mia Farrow presentó en contra de Woody Allen acusándolo de haber agredido sexualmente a Dylan, la pequeña hija adoptiva de ambos. Y no hay mejor manera de iniciar que exponiendo la historia pergeñada por Farrow en toda su delirante inverosimilitud. Y es que lo que Mia Farrow y sus aliados aseguran es que en medio de la tormenta mediática desatada por su separación de Mia y la revelación de su polémica relación con Soon-Yi, y en plena disputa legal por la custodia de sus hijos, Woody Allen viajó a visitarlos a la casa de campo de la familia Farrow en Connecticut y ahí, metido en la boca del lobo, rodeado de enemigos y de adultos en alerta roja, decidió, a la tierna edad de 55 años, escabullirse a un ático durante cinco minutos y convertirse en un abusador sexual de niños. Los auténticos depredadores sexuales (pienso en gente como Harvey Weinstein, Larry Nassar y Bill Cosby pero también en pedófilos como Jerry Sandusky, Marcial Maciel y los miles de curas católicos acusados de violar niños) suelen ser voraces y reincidentes, y siempre terminan siendo acusados por decenas de víctimas.  A Woody Allen se le acusa de un solo incidente en contra de una sola presunta víctima y de cometerlo en la más improbable de las circunstancias. Además, su acusadora original (la mujer a la que le fue infiel con su hija adoptiva) es el ser humano que más lo aborrece en todo el mundo. Ninguna de esas circunstancias prueban su inocencia pero es importante tenerlas en mente al sopesar la evidencia.

Lo que sí abona decisivamente a la inocencia de Allen es que las autoridades se tomaron MUY en serio la acusación de Farrow e iniciaron una investigación exhaustiva de la que Allen emergió indemne. ¿Por qué digo que dicha investigación demostró decisivamente la inocencia de Allen? Hay varias razones, pero dos de ellas me parecen demoledoras. La primera es la conclusión a la que llegaron los expertos de la Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital Yale-New Heaven que investigaron a fondo el caso durante seis largos meses y concluyeron, sin ambigüedades o asomo de duda, que Dylan no había sido abusada por su padre (si usted quiere leer completo el dictamen de estos expertos, puede hacerlo aquí). La segunda razón es que el Centro de Bienestar Infantil de Nueva York llevó a cabo su propia investigación, totalmente independiente de la de Yale-New Heaven y que duró ¡catorce meses!, desembocando exactamente en la misma conclusión: Allen NO abusó de Dylan. Por si todo esto fuera poco, durante la investigación encabezada por la policía de Connecticut el propio Allen decidió buscar a Paul Minor  (fundador del programa del polígrafo del FBI, antiguo examinador en jefe de dicha institución y máxima autoridad en la materia) para que lo sometiera a la prueba del detector de mentiras. Mientras Allen pasó la prueba del polígrafo sin problemas, Mia Farrow se negó rotundamente a someterse al mismo procedimiento.

Si a todo esto le agregamos el testimonio de las niñeras encargadas de cuidar a los niños durante la visita de Allen, quienes negaron tajantemente haber dejado a Dylan sola con su padre y declararon que el escenario planteado por Farrow era poco menos que imposible, entenderemos por qué las autoridades decidieron que no había ninguna prueba para enjuiciar a Allen. Sí, Woody Allen jamás fue enjuiciado porque el fiscal de distrito sabía que la evidencia en su contra era inexistente y no alcanzaba ni para someterlo a un juicio. A esta avalancha de hechos que hablan contundentemente a favor de la inocencia de Allen, hay que agregar otro testimonio desgarrador emitido dos décadas después de los hechos, el de Moses Farrow, hijo adoptivo de Woody y Mia, y quien hace apenas unos años decidió romper el silencio, restablecer contacto con su padre y declarar públicamente que su madre le había lavado el cerebro a él y a sus hermanos, además de maltratarlos física y emocionalmente. Moses, quien tenía 13 años y estaba presente el día de la supuesta agresión y ahora es un terapeuta familiar, ha sido enfático al afirmar que el incidente denunciado por Mia nunca sucedió ni pudo haber sucedido, e incluso desmintió varios detalles expuestos recientemente por la propia Dylan que era una pequeña niña de siete años cuando el escándalo se desató y que hoy por hoy sigue creyendo que su padre la agredió sexualmente.

Y es que basados en la montaña de evidencia que acabo de exponer (y confieso que por razones de espacio me limité a presentar solamente la que considero más importante) una persona seria y decente puede creer firmemente en la inocencia de Allen y al mismo tiempo creerle a Dylan, es decir, creer que ella cree que lo que dice es verdad. No se trata de “culpar a la víctima” o de volver a victimizarla dudando de sus declaraciones, como recitan las neofeministas en tono melodramático y dogmático. En su informe, los expertos de la Clínica de Abuso Sexual Infantil de Yale-New Heaven ofrecieron dos hipótesis para explicar por qué la pequeña Dylan confirmó las acusaciones de su madre y declaró en contra de su padre: la primera proponía que sus declaraciones falsas eran producto de una perturbación emocional y que esos acontecimientos ficticios quedaron fijados en su mente como recuerdos. Mientras que la segunda hipótesis sugería que había sido su madre quien la había sugestionado y presionado para declarar lo que declaró, contradiciéndose en innumerables ocasiones. Los expertos rematan su informe asegurando que lo más probable es que una combinación de las dos hipótesis haya motivado las acciones de Dylan. La conclusión de los expertos coincide a la perfección con el testimonio de Moses Farrow quien, como dije más arriba, aseguró que, embriagada de odio contra Allen, su madre le lavó el cerebro a él y a sus hermanos para que creyeran en el mito del abuso como en un dogma religioso. Y si a algún ingenuo le parece increíble o descabellado que una mujer (¡o un hombre!) sea capaz de usar a sus hijos para vengarse de la infidelidad de su expareja, temo mucho informarle que sucede con muchísima frecuencia y que las acusaciones de abuso sexual falsas son uno de los recursos más socorridos.

El cuento promovido por los Farrow y los activistas neofeministas pinta a Allen como un hombre (blanco y heterosexual, no lo olvidemos) todopoderoso al que las instituciones protegieron. Pero esa narrativa victimista y espuria ignora el hecho de que Connecticut no es el Estado de México y de que Mia Farrow no era una pobre muchachita indefensa sino una actriz consagrada y con recursos económicos y mediáticos propios, prueba de ello es que su abogado durante las negociaciones de custodia era nada más y nada menos que Allan Dershowitz (invito al lector a visitar la página de Wikipedia del susodicho para entender el tamaño del tiburón del que estamos hablando), y el hecho de que este caso se siga litigando en la plaza pública, veinticinco años después de haber sido zanjado por la justicia, expone el poder que Farrow sigue ejerciendo sobre la opinión pública a través de los muchos amigos y aliados que tiene en los medios. De hecho, el poder mediático de Farrow parece muy superior al del propio Allen pues mientras millones de personas creen ciegamente que él es un violador pedófilo, muy pocas saben que unas semanas antes de denunciarlo ante las autoridades, Farrow lo amenazó diciéndole que si él le había robado a su hija ella le quitaría a la suya. O que unos días después de la acusación, los abogados de Mia pidieron en su nombre siete millones de dólares a cambio de retirar la denuncia (cuatro de los abogados presentes en esa reunión confirmaron independientemente la veracidad de dicha petición).

Me parece aterrador que un ser humano que hace más de un cuarto de siglo fue acusado del más atroz e inverosímil de los crímenes y que fue sometido a una meticulosa investigación que terminó exonerándolo, siga siendo perseguido y esté al borde de la destrucción profesional. Las neofeministas argumentan que como los casos de abuso sexual son muy difíciles de probar, todos debemos dudar de las instituciones de procuración de justicia y creer automáticamente en el testimonio de una presunta víctima. En lo primero tienen razón a medias, la justicia humana es imperfecta y la verdad siempre elusiva, pero hay instituciones más imperfectas que otras. Y es que no es lo mismo ser una víctima de violación en Paquistán que en el Estado de México o en Connecticut. En el primer caso una mujer está expuesta a ser culpada de su propia violación y ejecutada. En el segundo, el riesgo es que se tope  con un ministerio público o un médico legista simiesco que la torture con burlas, comentarios soeces o dudando de su testimonio, y con una policía inepta y lastrada por prejuicios cavernarios. Mientras que en el tercer caso, lo más probable es que la mujer sea atendida con respeto y que las autoridades hagan todo lo que esté en sus manos para llevar ante la justicia a su agresor. La policía de Connecticut y todas las instituciones que participaron en la minuciosa investigación contra Allen tomaron muy en serio la denuncia de Farrow y su pequeña hija y dedicaron meses a investigarla, pero no es su culpa que la acusación haya sido pérfidamente fraudulenta desde el primer instante.

Pero la parte más peligrosa del credo neofeminista es la medicina que propone para corregir las imperfecciones de nuestras instituciones, pues promover una cultura de linchamientos virtuales, paranoia y delación, destruir la presunción de inocencia y el debido proceso, y volver a la era de las cacerías de brujas o los juicios sumarios (tan comunes durante la era de la Inquisición y en los regímenes totalitarios) cuando bastaba con una acusación para declarar automáticamente culpable a alguien, no va a subsanar la esencial imperfección de la justicia humana. Esa no es una solución ni un remedio para nuestros males sino un disparate y un retroceso peligrosísimo que debemos combatir a como dé lugar. Ojalá que este texto sea un granito de arena en esa batalla.

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