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De quijotismos

Por Alejandra Eme Vázquez:

A los hombres les gusta hablar de las mujeres.

Así no tienen que hablar sobre sí mismos.

Virginie Despentes

DULCINEAS

Cuando se autonombra caballero andante, Don Quijote necesita una doncella a quien ofrendar sus victorias y por quien morir, llegado el caso. Entonces se acuerda en su locura de Aldonza Lorenzo, una mujer del Toboso que había sido su crush cuando estaba cuerdo, y en ella se basa para inventarse un personaje a modo a quien llama Dulcinea del Toboso. Y sólo eso necesita, un nombre que nunca tiene un cuerpo ni un rostro específico porque sólo está para ser contemplada “como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo”. En el universo que piensa Don Quijote, cualquier mujer estaría feliz de tener un caballero que la proteja porque así lo dictan los libros de caballerías que le han absorbido el seso; por eso necesita ignorar que en lugar de damiselas en apuros se encuentra con mujeres que rechazan sus desplantes caballerescos, porque necesita una doncella débil y victimizada para existir.

El pasado 20 de mayo, el escritor mexicano Álvaro Enrigue escribió la columna “Mejor autocensurarse” en El Universal para expresar su rabia ante la misoginia con que se trata a escritoras exitosas en dos vertientes: el trolleo en redes sociales y el bullying en el propio ambiente literario, que también se ejerce en publicaciones de Twitter y Facebook. Para ello menciona brevemente a Tedi López Mills, Valeria Luiselli, Tamara de Anda, Cristina Rivera Garza y Carmen Boullosa, todas ellas involucradas recientemente en polémicas que si bien en algunos casos suscitaron comentarios y textos críticos argumentados, muy pronto se vieron invadidas por un despliegue de violencia verbal que, ampliando el zoom, es moneda corriente cuando las mujeres de cualquier oficio asumen una posición pública de poder.

No es posible saber si el caballero Enrigue previó que al tomar la posición de aliado en la denuncia de misoginia ilustrada su texto activaría ese curioso mecanismo de que cuando un hombre toca un tema que ya ha sido señalado ampliamente por mujeres, muchos otros hombres reaccionan como si eso nunca antes se hubiera dicho. Con todo, hay dos cosas que esta columna señala con mucha lucidez: la primera es que la misoginia que ha existido desde tiempos remotos en el ambiente literario se refleja muy evidentemente en los comentarios, tanto de usuarios anónimos como de críticos con nombre y apellido, que se desatan en redes sociales cuando una escritora renombrada se ve involucrada en una polémica; la segunda es que por mucho que él señale este problema y por mucho que se le critique por esta columna y por sus obras, no será tratado con el desprecio y la violencia con que se trata a una escritora exitosa.

El dulcineísmo aparece cuando es claro que para Enrigue, como para muchos otros hombres que están comenzando a incorporar en su visión el filtro de género, las mujeres siguen siendo sujetos borrosos pese a que de hecho estas cinco autoras, por ejemplo, han respondido, contraargumentado y abierto espacios de análisis y acción; quitarles esa fuerza para convertirlas en objetos pasivos es, al menos, cuestionable. No digo que la columna “debería” haber hecho la chamba de informarse sobre el contexto de cada uno de los casos, que además son muy distintos entre sí, porque es muy posible que su única intención sea expresar su horror ante una misoginia que una vez vista, no puede dejar de verse. Lo que sí digo es que no hay manera de que estas palabras no sean recibidas desde un cauce que dimensiona el problema con mucha más amplitud y que si el horror del autor le impide articular más allá, eso no quita que se puedan aportar otras líneas de pensamiento que han tenido que surgir como respuesta a esa violencia apenas descubierta para unos, pero ya vieja conocida de otras.

No obstante, hay una sensación extraña de que las mujeres no estamos en condiciones de entrar en ese debate con argumentos críticos, de que este texto “es cosa de hombres”, tal vez porque sus receptores se plantean explícitamente en masculino. “Queridos machos ilustrados −les dice en el punto climático a sus destinatarios, que ya no son los trolls anónimos sino hombres específicos−: No importa el esfuerzo que hagan para callarlas porque ya ocuparon cuando menos la mitad de los lugares que antes eran sólo nuestros”. ¿”Nuestros”, dijo? ¿Quiere decir que está incluyéndose y revisándose a la luz de ese sistema que, quizá sin remedio, lo vuelve parte de ese machismo ilustrado? Eso sí sería un verdadero suceso, que un hombre visibilice un sistema que da privilegios a los hombres y reconozca en él su propio (y lógico) lugar.

Pero la esperanza se destruye cuando termina dedicándose un párrafo a sí mismo para denostar e invalidar de antemano lo que adelanta que podrían criticarle. El foco, pues, nunca está en las escritoras con las que quizá quería empatizar pero se vuelven un amasijo vago, Dulcineas cuyos nombres blande la andante caballería como símbolo simultáneo de tormento y perfección. Porque pese a todo, “la escritura literaria más significativa de México es la hecha por mujeres”, asevera el texto sin tomar en cuenta que ese sistema perverso que él mismo puso en el reflector también sienta las bases de una meritocracia que es convenientemente más rigurosa cuando se trata de las escritoras, quienes tienen que esforzarse más, disculparse más, buscar más, agradecer más, defenderse más. Que podamos maravillarnos ante lo escrito por mujeres mexicanas no implica que olvidemos este contexto del que ellas han dado testimonio en incontables ocasiones.

MARCELAS

Hay otro Quijote. El que después de encontrarse un escenario en el que aparentemente una perversa pastora ha provocado la muerte de un inocente pastor, presta todos sus sentidos cuando la aludida llega a callar bocas con un brillante discurso, y cambia completamente de parecer ante las “claras y suficientes razones” por ella expresadas. El episodio de la pastora Marcela funciona de manera atípica en un universo en el que las mujeres se dan por silenciadas, pues incluso el mismo Quijote que se la pasa hablando por Dulcinea respeta sin chistar las palabras de Marcela y dirige toda su atención a los hombres que ya iban muy puestos a seguirla sin su consentimiento, para advertirles que lo único que les corresponde es honrarla y estimarla ¡como una igual!

La única manera de dejar de hablar por otros es escucharles. No “darles voz”, sino reconocer la que ya ejercen y también aceptar cuando se está en una posición favorecida porque sólo así puede evitarse la propia toxicidad. No debería ser problemático aceptar que vemos desde ciertos filtros, elegidos y no, y cuestionarnos constantemente desde dónde hablamos. Si Enrigue deja claro en su texto que puede darse el lujo de silenciar a la misoginia derechista de la crítica literaria (que sigue muy viva, le avisamos) y que su circunstancia no es la del promedio de los mexicanos, extraña que no lo sume a su reflexión sobre un sistema que no se puede reducir al binarismo de héroes y villanos; y no se puede por la sencilla razón de que hacerlo sólo sigue beneficiando a los mismos y propiciando un simulacro asqueroso en el que, por ejemplo, un golpeador puede conmover con estados de Facebook en los que repudia la violencia de género para recibir likes que lo reafirmen. Por supuesto que pasa. Pensemos en los propios machos ilustrados, que tienen salidas muy creativas para evitar ser llamados misóginos. Hay algunos que hasta feministas se dicen.

Álvaro Enrigue tiene razón cuando dice que tal vez no le toque ser agredido, “o no tan duro”, como le tocaría a una mujer que dijera exactamente sus mismas palabras, porque ya ha sucedido. Ya se le ha dicho a quienes denuncian este tipo de acoso en primera persona que no sean exageradas, que no hagan caso, que es normal que eso pase a figuras públicas. Es cierto, cuando una mujer dice exactamente lo mismo que Enrigue es minimizada, pero lo dice él y de pronto todos ven clarísimo el escándalo: mientras eso no sea nombrado y puesto a discusión, poco podemos avanzar.

Espero no tener que firmar como Alejandro Eme Vázquez ni hablar en tercera persona por la mitad de la población para repetir lo que muchas mujeres antes que yo han dicho: que no necesitamos ser rescatadas sino tener espacios, que no necesitamos que hablen por nosotras sino que nos escuchen, que la solución para cualquier duda sobre el trato que ha de dársenos es ser receptivos a la respuesta individual en cada circunstancia, que declararse aliado no es como para aplaudirse acríticamente, que la propuesta no es construir una masculinidad superheroica sino una autocrítica, que requerimos que nuestra palabra sí pueda ser la última. Sólo queremos abolir ese poder que aparentemente autoriza a muchos hombres a tratarnos aleatoriamente como locas, mártires, perfectas o huecas a placer, y a cambio poder garantizar que se nos dé un trato horizontal, es decir, que nadie asuma a priori sobre nosotras una posición jerárquica de posesión, magnanimidad, proteccionismo, juicio, subestimación ni desdén. Esperamos, caballeros, que no sea mucho pedir: si van a ser el Quijote, no sean el que idealiza Dulcineas sino el que acompaña Marcelas.

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