Looking for Something?
Menu

Réquiem de alquiler

Por Alejandra Eme Vázquez:

A Ángel Gilberto, por la nostalgia compartida.

En mis tiempos alquilábamos películas, eso hacíamos. Recuerdo todavía cuando mi padre me regaló mi primer reproductor VHS, que llegó flamante al departamento de Aguascalientes donde vivía con mi mamá y mi hermana, y de inmediato ubicamos el local más próximo de Plaza Video, en la avenida Mariano Escobedo, y rentamos El rey león. No había semana en que no visitáramos ese enorme lugar para elegir algo nuevo que ver y pronto conocimos a las encargadas, que ya cuando había confianza nos recomendaban películas según lo que habían entendido como nuestros gustos. Hasta que un buen día nos encontramos con que todas las películas estaban en venta porque el local cerraría: había llegado Blockbuster a Aguascalientes y el tiempo de los pequeños locales estaban expirando.

Pasaron algunos años, me independicé, cambié de vida y de casa, y un buen día me decidí a comprar un reproductor de DVD e inscribirme al Blockbuster de Santa Anita, aún en Aguascalientes. Al principio no me gustaba del todo; tuve la sensación de haber perdido un poco la cercanía física y emocional que me daba el negocio del barrio, pero al final me acostumbré porque descubrí que también ahí se hacía comunidad. Terminé conociendo bien a los empleados y ellos también me recomendaban qué ver con mucho entusiasmo. Cuando regresé a la ciudad de México, la mudanza incluyó el cambio inmediato de domicilio en mi membresía de Socio Distinguido, como si para tener un hogar fuera condición que los jueves pudiera ir a alquilar películas por quince pesos.

No podía creer cuando vi la noticia de que Blockbuster había quebrado en Estados Unidos, pero la natural negación al cambio me convenció de que eso no pasaría en México. Grave error. Más pronto de lo que hubiera imaginado, comencé a ver cómo iban desapareciendo, uno por uno, los locales que frecuentaba, sin aviso de por medio. Hice lo que pude: perseguí mi afición a alquilar películas hasta que no quedó ninguna opción cercana, ni lejana, y hace muy poco me di cuenta de que debía rendirme. Pero si cuando el Blue-ray amenazó con desbancar al DVD yo me negué rotundamente a comprar un nuevo aparato, ahora imaginen mi resistencia a Netflix, ese no-lugar en el que todo está, simultáneo, ilimitado, con recomendaciones basadas en algoritmos en lugar de observación humana, qué vértigo de inmediatez y exactitud. No como en mis tiempos, cuando tenías que esperar durante muchos meses para que estuviera disponible lo que deseabas ver y desplazarte, todavía con la incertidumbre de si lo encontrarías; cuando cualquier elección de entretenimiento aún involucraba objetos, cuerpos, sensaciones físicas. En mis tiempos. Qué tiempos.

Este párrafo comenzaba con un severo y contundente: “Odio Netflix”. Pero las circunstancias actuales del mundo se me desbordaron y me sentí obligada a cambiarlo: justo ahora, y quizá indefinidamente, la palabra odio está congelada junto con la sonrisa, ambas tan fáciles, tan a la mano, tan monedas corrientes que tantas veces suplen significados mucho más profundos a los que no llegamos porque nos instalamos en la superficie, cómoda por el poco esfuerzo que nos exige. Cuando nos quedamos vulnerables ante algo, cuando se cae o desaparece lo que creíamos verdadero e inamovible, surge un dolor chiquito que parece siempre terrible, insuperable; pero si nos detuviéramos a matizarlo veríamos que es miedo antes que resentimiento, resistencia al cambio antes que rencor, adrenalina antes que encono. Creo que hoy más que nunca no hay que dejar que gane el odio, ni siquiera en palabra.

Así que no, no “odio” Netflix, ni lo aborrezco, ni lo detesto, ni me es antipático, ni quiero que se vaya al infierno y ya sincerándome, tampoco creo que sea perjudicial de ningún modo o que haya arruinado algo en particular. Sólo me gustaba mucho mi horizonte anterior y no estaba preparada para soltarlo por la sencilla razón de que aún no lo consideraba materia de desapego: así pasa cuando caduca lo que aún considerábamos vigente. Tanto me aferré a aquel paradigma que pese a todas las señales adversas, en un acto de fe desproporcionada todavía renové mi Socio Distinguido cuando el Blockbuster cambió a B-store y todavía alquilé cuanto pude, lo devolví a tiempo y me negué a atiborrarme de las películas que estaban de remate en cinco y diez pesos, como si ese gesto garantizara que el lugar seguiría estando, aunque fuera nada más para mí. Alerta de spoiler: no fue así.

Ahora hay una farmacia en el último local del que me empeñé en ser clienta, como antes una pizzería y una librería suplieron a los sitios cuyos pasillos recorrí durante tanto tiempo, revisando las contraportadas de los estuches para decidir qué ver. Eso me gustaba: moverme, estar en contacto con los objetos, pasar media hora leyendo sinopsis, regresar al pasillo donde había creído hallar algo, ir en orden alfabético rezando por que estuviera el título que buscaba, saber que ese objeto que había alquilado había estado en otras manos como pasa en las bibliotecas, ganarme rentas gratis. Y lo voy a extrañar.

Antes de Netflix hubo Blue-ray. Antes del Blue-ray hubo DVD. Antes del DVD hubo VHS. Antes del VHS hubo Beta. Antes del Beta había sólo cine, y aun en el cine los formatos han cambiado radicalmente. Una vez que podemos ver tan claro un ciclo en retrospectiva, sabemos que en algún momento, lo esperemos o no, la nostalgia nos saldrá al paso y nos daremos cuenta de lo que era entrañable y ya no está. Entonces no queda más que despedirse de la forma más decente posible y prepararse no sólo para archivar recuerdos, sino para establecer la relación más sana posible con ese archivo. De manera que: adiós, alquiler de películas, para mí fuiste mucho más que una práctica capitalista enajenante. Y a ti, servicio de streaming multimedia, ya sé que ahí estás y estarás por un buen rato; deja que se me pase el duelo y yo te llamo.

Puede interesarte

Eterno Apocalipsis
Archivo sueño
El médico y los cerezos
Plan invernal
Como Antes
Caín

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter