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(1985)

Por Alejandra Eme Vázquez:

Vivo en una ciudad que se me escurre entre los dedos, todos los días, mientras la recorro como si fuera lo natural. Como si las estructuras de concreto resistiendo centellas, los kilómetros de drenaje conteniendo inundaciones y la capa de neblina artificial, humo del progreso, estuvieran dictados por un designio incontrovertible. Como si no fuera, la ciudad, una ruptura en sí misma, una interrupción del paisaje que en algún punto decidimos que no nos era suficiente: una grieta llena de grietas. Digo que vivo en una ciudad de grietas y me detengo, me pregunto: ¿no será que al decirlo estoy nombrando cada una de las ciudades que existen, aun sin conocerlas?

Yo estaba a catorce días de cumplir cinco años, el 19 de septiembre de 1985. Era jueves, la mañana. Mi madre me había dejado en la camioneta que me llevaría al kínder y apenas el motor arrancó, sentimos un movimiento extraño, pero nada particularmente aterrador porque estábamos sobre un empedrado y porque éramos, todos, demasiado pequeños. No sabíamos que Tierra podía cantar así su inestabilidad ni que a algunos kilómetros de distancia, la cara de la ciudad había cambiado completamente. Mi madre asustada regresó corriendo a donde la camioneta, para ver si nos había pasado algo. Estábamos en el sur, así que todo parecía menos grave: los derrumbes nos esperaban en otros sitios, acechantes, para tomarnos por asalto.

Ahora estoy a punto de cumplir treinta y cinco, lo que es decir que hace ya treinta años, ocho punto un grados Richter cimbraron el suelo de esta ciudad de México que si ya de por sí estaba destinada a cambiar a un ritmo vertiginoso, después del sismo no tuvo ni un momento para curarse, para llorar sus muertos, para quedarse en paz. Tras el temblor, no hubo más que grietas multiplicándose, ensanchándose, y gente que de pronto adquirió la conciencia de que una ciudad es más un nido de simulacros que un refugio.

Porque entre los argumentos que cada tanto nos obsequia Madre Natura, los temblores son de los más poderosos: no sólo quitan todo punto de apoyo a nuestros pies, sino que además usan a placer su derecho de réplica. Pregúntenle al 20 de septiembre de ese 1985 y a su terror de apocalipsis; pregúntenle a mis padres, que vieron su casa hecha un péndulo y en un síntoma de instinto envolvieron a su primogénita en una cobija rasposa que tampoco la protegía de nada. Sólo podíamos salir y quedarnos contemplando nuestras casas, sabiéndonos a merced de este lugar entre suelo y cielo que llamamos mundo.

La vida se trata de ir perdiendo vida en forma de años, oportunidades, hilos, cordura, nociones, esperanzas, inocencias; pero nos las hemos arreglado para que este continuo dejar ir no sea tan violento como para notarlo. Sólo en la tragedia sabemos en tiempo real todo lo que estamos perdiendo; sólo en la tragedia notamos cómo lo que antes estaba se esfuma de tajo y en su lugar queda un vacío que no alcanza siquiera a ser la nada sino que forma una grieta, y otra, y muchas. Tras el sismo de 1985 y sus réplicas, quienes vivíamos en la ciudad de México ya sabíamos que vivíamos entre ruinas, pero no podíamos mirarlas. Las rutinas se fueron, los lujos se fueron y nos quedó lo poco, quizá lo esencial. Yo no recuerdo por qué ni cómo, pero como no había luz, ni gas, ni teléfono, ni nada que me entretuviera, escribí sobre mis pérdidas en un texto que cuenta quizá como mi primera columna: «Lo del temblor ya pasó y mis cielos están para mí», dije con una letra también temblorosa a los cinco años, como queriendo estabilizar el universo desde una página en blanco.

Pero los cielos no estaban para mí ni para nadie: las calles habían sido invadidas por escombros y entre los escombros había historias, muchas de ellas todavía respirando y otras que hasta el día de hoy permanecen desconocidas, tal vez a espera de ser rescatadas siquiera como recuerdo. Lo del temblor no había pasado. Lo del temblor estaba apenas comenzando.

Las ciudades son cuerpos y como cuerpos, lo mismo bailan que se desmoronan. Y son memoria de sí mismas, de lo que se yuxtapone a lo que antes fue, de cada grieta que la puebla y su respectivo origen. Yo vivo en una ciudad que hace treinta años quedó herida de gravedad y que desde entonces, intenta curarse (a veces con memoria,  a veces con olvido) estas llagas que son de todos, todo el tiempo. Éstas que se abrieron cuando septiembre nos miró, desde lejos, derrumbarnos.

No miento.

Todos éramos niños de cinco años.

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