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Soñar el mar

Por Deniss Villalobos:

El mar nos define, nos conecta y nos separa.
Philip Hoare

La primera vez que vi el mar me aferré con fuerza a la mano de mi madre porque temía que las olas me arrastraran. La tarde en que llegamos estaba nublada y gris, y aunque el clima mejoró al día siguiente, yo solo pensaba en el primer rostro que conocí del mar, uno que no se parecía a las postales y las playas de la televisión, un mar que me hacía sentir asustada y alerta. Durante esas vacaciones aprendí que la diversión relacionada al océano estaba en la orilla o en la superficie: construí castillos de arena, busqué conchas y caracoles con mi hermana, estuve en un barco y vi a los adultos usar motos acuáticas. Algunos valientes se aventuraban a nadar, pero siempre sin alejarse demasiado de las palapas y la arena.

Tuvieron que pasar varios años para que mi visión cambiara. Una noche, durante otras vacaciones, salí del hotel para caminar en la playa. Luego de un rato de andar por la orilla, me encontré con un grupo de tortuguitas que intentaban llegar al agua. Sabía que muchas personas se organizaban para liberar tortugas durante el verano en varias playas, pero no entendía exactamente de qué había que liberarlas hasta que las vi esa noche, desesperadas, intentando llegar a un lugar que nunca había visto pero que reconocían como su hogar. Aunque no estuvieran encerradas, no serían libres hasta que llegaran al mar.

¿Qué hay bajo el mar que cada año miles de tortugas intentan llegar a él? ¿No se suponía que la diversión estaba en tomar el sol a la orilla o en los medios de transporte que podían hacer que nos adentráramos en el océano sin tener que sumergirnos? Las vacaciones familiares me habían mentido, había un mundo que desconocía y que seguía aterrándome, pero que necesitaba conocer, al menos de alguna forma.

Philip Hoare es una de las personas que me han hecho conocer el mar de la forma que, por el momento, es la más cercana y barata para mí: leyendo. Los días que pasé con Leviatán, o la ballena entre mis manos fueron también noches que pasé en el mar: soñé que vivía dentro de una orca, que perdía mi mochila en un muelle pero luego aparecía en un faro y que viajaba en una barca de madera con mi abuela mientras ella me contaba historias de marineros. Me entristecí al saber que tuvimos la primera computadora personal antes que imágenes de un cachalote nadando libre en el océano, cuando vi la cantidad de ballenas que fueron asesinadas apenas el siglo pasado y en especial cuando compartí todo lo que estaba leyendo con un grupo de personas que me dijeron que si practicas esnórquel por media hora ya viste todo lo que hay que ver del mar.

Pero aunque existan personas para las que el mar no es importante, existen otras que le entregan su vida por completo. Una de ellas es Fernando Manzano, conocido como Papá Tortuga, que se encarga de liberar tortugas en Tecolutla, Veracruz. Fernando cuenta que cuando era niño vio un programa de Jacques Cousteau en el que el oceanógrafo ayudaba a criar tortugas. Cuando creció, Fernando se inspiró en ese programa para hacer lo mismo en Veracruz, además de estudiar por su cuenta leyendo todo lo que pudo al respecto. Caminaba 30 o 40 kilómetros en busca de nidos para proteger y la gente pensaba que estaba loco, pero Fernando estaba convencido de que ayudar a que las pequeñas tortugas llegaran al mar era un trabajo importante. Hoy en día Fernando sigue en Tecolutla, con las tortugas y los niños que cada año llegan a la playa para liberarlas.

Hoare dice que ver una ballena no se parece a, por ejemplo, ver una jirafa en África. Compartimos con las ballenas varias características: tienen corazón y pulmones, son mamíferos como nosotros, pero existen en un mundo completamente diferente al nuestro. Su tamaño hace casi imposible creer que estén vivas a menos que se muevan, y han estado en la Tierra desde antes de cualquier historia que los hombres conozcamos. Ver una ballena es una de las cosas más emocionantes que ha experimentado.

Son muy pocos quienes tienen la oportunidad y el interés de ver qué hay en el fondo del océano, de acercarse a los seres que viven ahí para comprobar si en realidad viven y asegurarse de que no sean un sueño. Desde Anton Dohrn y William Leach, pasando por Rachel Carson y Eugenie Clark hasta llegar a Sylvia Earle y nuestro Papá Tortuga; las fotografías de Thomas Peschak y Brian Skerry; asociaciones como Focused On Nature y aquellas que protegen a la ballena gris en Baja California Sur. Me alegra mucho que existan todas esas personas. Por eso no me importa si nunca puedo sumergirme en el mar, si no hago más que mojarme los pies, visitar acuarios, liberar tortugas y leer algunos libros. No importa si sigo siendo la niña asustada que aprieta la mano de su madre: el miedo a algo no nos impide amarlo.

Espero pasar, algún día, más tiempo cerca del mar. En una playa gris y nublada, como la primera vez que lo vi, en lugar de solo ir algunos días de vacaciones. Pero no dejaré de estar interesada en el océano solo porque no puedo estar cerca de él, ahora o nunca. Quizá ése es el amor más desinteresado que podemos experimentar: amar profundamente, como el mar mismo, sin necesidad de poseer. Lo único que deseo, con todo el corazón, es ver una ballena a lo lejos. Me gustaría presenciar una sola vez aquello que nos define, nos conecta y nos separa. Y seguir soñando con el mar, siempre.

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